sábado, 24 de julio de 2010

MARÍA ESTUARDO, Reina de Escocia ( III )



Las relaciones de María con Darnley se asentaron en una incómoda tregua hasta el nacimiento de su hijo. El alumbramiento del príncipe Jacobo fue largo, doloroso y difícil. Nació entre las diez y las once de la noche del miércoles 19 de junio de 1566, con una fina membrana extendida sobre la cara. A pesar de este peligro, y a pesar de la duración del parto, era una criatura notablemente robusta. Su nacimiento fue señalado con grandes fiestas en Edimburgo y se encendieron quinientas hogueras que iluminaban la ciudad y las colinas circundantes con sus alegres fuegos. Fueron disparadas todas las piezas de artillería del castillo y Lores, nobles y pueblo llano se congregaron en la iglesia de St.Gilles para dar gracias a Dios.


Jacobo VI de Escocia

La reina le mostró en público la criatura a su esposo y anunció: “ Mi señor, Dios os ha dado a vos y a mí un hijo que nadie sino vos habéis engendrado - y descubriendo el rostro del niño, continuó-: Afirmo aquí ante Dios , como responderé ante él en el gran día del juicio final, que éste es vuestro hijo y no de ningún otro hombre. Deseo que todos los aquí presentes, con damas y otros, den testimonio de ello ”. Y, como si quisiera remachar el asunto con una nota de desprecio hacia su marido, agregó: “ Pues tanto es vuestro propio hijo, que temo sea peor para él en el futuro ”.

Darnley no había corregido su conducta, mientras ella se recuperaba del parto, él “vagabundeaba todas las noches”. En estas circunstancias, era natural que la reina confiara cada vez más en los consejos políticos de los nobles que se le habían manifestado leales a lo largo de las dos crisis con que se había enfrentado durante el pasado año. En esta categoría entraba, en particular, Jacobo Hepburn, conde de Bothwell, que, al escapar de la boca del león en Holyrood y correr a convocar a los súbditos de María en su ayuda, pareció desplegar esa combinación de ingenio, lealtad y fuerza que tan persistentemente había buscado la reina entre sus nobles escoceses.

Bothwell procedía de la gran familia fronteriza de los Hepburn y, en términos feudales, su poder se extendía por el sudeste de Escocia, con ciertos dominios específicamente familiares y las tutorías de otros castillos reales dependientes del favor real. Su familia y el mismo, sufrían penuria económica y su contrato matrimonial con la rica Jean Gordon muestra que, a la sazón, se hallaba fuertemente endeudado. Se negó a casarse con Jean según el rito católico, pese a las presiones de la reina María, y era uno de los que con más energía se oponían a la celebración de la misa. Acabó divorciándose de su esposa. Sus detractores le acusaron de estar interesado en la magia negra, que se suponía había aprendido durante su educación en Francia.

Era aventurero por naturaleza, arrogante, orgulloso, rudo, violento, dotado de gran fuerza corporal, vicioso y disoluto en sus costumbres. Carecía de la hermafrodita belleza y esbeltez de Darnley, su cuerpo momificado que se conserva en Dragsholm mide 1’67 metros. Fue descrito como extraordinariamente feo como un mono vestido de púrpura, pero también hay quien tuvo una visión más favorable, opinando que era muy hermoso. Se convirtió en el consejero en quien confiaba la reina.


Bothwell había resultado gravemente herido en una incursión y se hallaba en peligro de muerte en el castillo de Hermitage. Cinco o seis días después, la reina acompañada por su medio hermano Moray y gran número de miembros de la corte, así como de soldados, decidió visitar a su consejero. Necesitaba consultar con él. Otras opiniones dicen que eran amantes y que María cabalgó como una loca para estar con él, en cuanto conoció la noticia de su herida. A su regreso, la reina cayó violenta y gravemente enferma. Primero se vio dominada por un prolongado acceso de vómitos, tan largo e intenso que en varias ocasiones quedó inconsciente; dos días después, no podía hablar ni ver, y sufría frecuentes convulsiones. Se creía que estaba agonizando y se dio por perdida la vida de la reina durante media hora. Encargaron vestidos de luto e hicieron preparativos para el funeral. Su hermano Moray fue acusado de intentar apoderarse de la vajilla de plata y de los anillos. El médico de la reina logró revivirla.




Desde el asesinato de Rizzio, la reina se consideraba permanentemente amenazada por alguna posible conspiración por parte de Darnley. La reina buscaba medios de conseguir un divorcio decoroso que no comprometiera al príncipe Jacobo. El rey no cesaba de intrigar, así como de fanfarronear. Carecía lo bastante de escrúpulos como para tratar de manchar la reputación de María a los ojos de las potencias católicas extranjeras, diciendo que ella era "dudosa en la fe", con el fin de erigirse en rey católico de Escocia por voluntad de una fuerte potencia católica extranjera, gobernar como tutor de su hijo, y con su esposa, naturalmente, derrocada.

La sombra de una conjura se cernió sobre el esposo de la reina. Darnley había caído gravemente enfermo de sífilis y se encontraba restableciéndose en una casa de Edimburgo, a la que le había llevado María con amables palabras e insinuaciones de felicidad, fingiendo una reconciliación. A la reina le parecía más seguro, para ella y para su hijo, tenerle alojado en Edimburgo, ante sus ojos, que dejarle libre en el oeste de Escocia, con plenas posibilidades de conspirar.




A las dos de la madrugada del 10 de febrero de 1567, una terrible explosión desgarró el aire reduciendo a un montón de escombros la casa. Una cierta cantidad de pólvora había sido apilada en un montón sobre el suelo del dormitorio de la reina (el piso bajo de la casa). En el jardín yacían los cadáveres de Darnley y de su sirviente. Ninguno de ambos cuerpos presentaba señal ni mutilación alguna, ni fractura, herida ni magulladura, así como tampoco rastros del efecto de la explosión. Habían sido estrangulados. Algunas mujeres que vivían en las casas próximas dijeron que habían escuchado la última y lastimera súplica del rey pidiendo piedad a los hombres de Douglas, quienes eran parientes suyos. La súplica fue desoída. Enrique Estuardo, duque de Albany, aún no había cumplido los veintiún años.

Bothwell, habiendo encendido las mechas, se retiró para presenciar la explosión. Como el reguero de pólvora no se encendía tan rápidamente como el conde había esperado, Bothwell empezó a acercarse de nuevo a la casa con impaciencia. Entonces, el reguero se inflamó de pronto y su ayudante, advirtiéndolo, pudo hacerle retroceder justo a tiempo antes de que la casa entera se derrumbase sobre él. Consumada la explosión, Bothwell regresó a Holyrood sin sospechar que Darnley no había muerto con su poderosa explosión.



Algo aterrorizó al rey, mientras yacía en el interior de la casa minada, que le hizo escapar precipitadamente de la residencia y trató de cruzar los jardines para ponerse a salvo. No había tenido tiempo de vestirse y, aunque su sirviente cogió una capa, Darnley no la llevaba puesta al morir, sólo llevaba su camisa de dormir. Tenían una daga entre ellos. Una silla arrojada al extremo de una cuerda por la ventana de la galería hasta el camino, indicaba el improvisado método de huida. La explicación sería que fue despertado por algún ruido ( posiblemente, la colocación del reguero de pólvora en las entrañas de la casa). Se asomó entonces a la ventana y vio la asamblea de los hombres de Bothwell y la facción Douglas en el jardín. Esta reunión de hombres habría sugerido al rey un inminente peligro de incendio o de asesinato. Quemar la casa del enemigo mientras éste se encontraba dentro era una práctica relativamente frecuente en la Escocia del siglo XVI.



La reina no se encontraba allí. Había asistido a una función de máscaras que se celebraba en honor del matrimonio de su amigo Bastian Pages, un alegre francés que compartía con María su afición a las funciones teatrales y de máscaras.

El cadáver de Darnley fue llevado sobre una tabla a Holyrood, embalsamado por un médico y un farmacéutico y expuesto ceremoniosamente durante varios días antes de ser enterrado en la cripta de la capilla real, como le correspondía en su calidad de rey de Escocia. María ordenó que la corte guardara luto, para lo que se encargó tela negra por valor de 150 libras. La reina no manifestó signo exterior alguno de alegría ni de tristeza cuando le fue mostrado el cadáver de su esposo, su extraña serenidad -tan diferente de sus habituales y prontas lágrimas- muy bien puede haberse debido a la conmoción sufrida. Se entregó de lleno al tradicional duelo de cuarenta días por su marido, permitiéndose, no obstante, asistir a la boda de su camarera favorita; ella había pagado el vestido de novia.





Los médicos exhortaron vivamente al Consejo Privado a que permitieran a la reina alejarse por algún tiempo de la trágica y lúgubre atmósfera de Edimburgo, haciendo hincapié en " los grandes e inminentes peligros que amenazaban su salud y su vida, si no se apresuraba a dejar aquella especie de vida sofocante y solitaria, para reponerse al aire libre ". De conformidad con ello, la reina marchó a Seton, uno de sus albergues favoritos, una semana después del asesinato, y pasó allí tres días recuperándose.




Fuentes:
Antonia Fraser, María Estuardo, reina de los escoceses
1972 PLAZA & JANES S.A. editores

domingo, 11 de julio de 2010

MARÍA ESTUARDO, Reina de Escocia ( II )

En agosto de 1561, regresó a una Escocia dividida por los enfrentamientos religiosos. Mientras María, católica devota, era apoyada por una parte del pueblo y mirada con simpatía por los católicos ingleses, la facción protestante escocesa, acaudillada por su hermano bastardo Jacobo, conde de Moray, desconfiaba de la joven reina. Y, contra lo que unos y otros esperaban, la reina optó por una política de tolerancia. Y, como muestra de su buena voluntad hacia sus súbditos protestantes, nombró consejero a su hermanastro.


Mientras la política interior de María había apuntado al mantenimiento de la paz y el orden, y el statu quo religioso, su política exterior había estado dirigida al objetivo de conseguir el reconocimiento de sucesora de la reina Isabel al trono inglés. En este empeño, en el que hasta el momento no se había logrado ningún auténtico progreso, el futuro marido de María era, evidentemente, una carta decisiva. Isabel le informó de que si se casaba con el príncipe don Carlos, heredero de la corona española, o con el archiduque Carlos o con cualquier otro candidato imperial, ella se convertiría en enemiga suya, si, por el contrario, se casaba a satisfacción suya sería una buena amiga y hermana para ella y la nombraría su heredera. La soberana inglesa le propuso a la reina de Escocia casarse con el noble protestante inglés Robert Dudley, conde de Leicester. Una candidatura que María rechazó, su elección fue otra: Enrique Estuardo, Lord Darnley, un noble inglés católico, primo hermano suyo, con sangre real inglesa y escocesa.


Lord Darnley era un joven elegante, de afeminada belleza, esbelto y de considerable estatura, medía más de un metro ochenta y cinco. Había sido bien educado en las artes consideradas convenientes para un caballero de la época: sabía montar a caballo, cazar, bailar graciosamente y tocar muy bien el laúd. Cuando sólo tenía ocho años estaba ya lo suficientemente instruido como para enviar una carta a la reina María Tudor, en la que le rogaba aceptase “ una pequeña fábula de mi propia pluma ” que llamaba Utopia Nova. Se le atribuye tradicionalmente la traducción al inglés de las obras de Valerius Maximus. Mejor comprobado está el hecho de que escribió algunos agradables poemas, habilidad que debió de heredar de su madre que era poetisa. Era mimado, obstinado, ambicioso y amante de los placeres. Fruto de una madre dominante y de un padre débil, había sido acostumbrado a considerarse un importante centro en torno al cual giraba el mundo.




María cayó en un violento, atolondrado y absoluto enamoramiento. En los años transcurridos desde la muerte de su primer esposo había llevado una vida de celibato, permitiéndose cortesanos coqueteos pero nada más. El amor florecía por primera vez en su corazón y no podía escuchar otra voz que la de sus propios apasionados sentimientos. La dispensa papal llegó a Escocia varias semanas después de su matrimonio pero no fue publicada, pues la boda se había efectuado ya presumiendo su existencia y hacer pública su verdadera fecha habría resultado embarazoso para la reina. A menos que María y Darnley realizaran una nueva ceremonia nupcial después de la fecha de concesión de la dispensa, de lo que no existe la menor constancia, su matrimonio era técnicamente inválido.

Isabel I de Inglaterra



Como súbdito inglés que era Darnley, para contraer matrimonio precisaba de la autorización de la reina Isabel, un trámite que no realizó y que enfureció a la soberana. Otro tanto pasó con el conde de Moray, que no pareció dispuesto a tolerar la presencia de un católico confeso en el trono y se levantó en armas acaudillando al bando protestante contra la reina María, si bien fue derrotado sin mucha dificultad. Lo que no podía figurarse María es que al lado de Darnley le esperaba un auténtico calvario.

Arribista y ambicioso, exigió recibir el título de rey al tiempo que no tenía reparos a la hora de humillar a su esposa en público. Su firma figuraba junto a la de la reina en todos los documentos. No era la embriaguez su única debilidad, circulaban rumores de aventuras amorosas con damas de la corte. Buscaba los placeres en muchos y diferentes campos de la experiencia humana. Se insinuó que en una fiesta había tenido lugar algo tan depravado que María dormía separada de su marido. Su carácter celoso y violento se manifestó en numerosas ocasiones hasta el punto de llegar a agredirla varias veces, una de las cuales provocó que la reina abortara. Es más, temeroso no tanto de perder a su esposa como el trono, levantó un estrecho cerco de vigilancia en torno a la reina, a la que acusaba de mantener una relación sentimental con su secretario privado, David Rizzio.


David Rizzio había llegado a Escocia en 1561 en el séquito del embajador de Saboya y procedía de una buena pero empobrecida familia saboyana. Era católico, aunque jamás se ha encontrado en el Vaticano ninguna prueba que confirme la sugerencia de sus enemigos de que fue durante cierto tiempo agente papal. Tenía unos treinta y cinco años y al parecer, según era descrito en las crónicas contemporáneas, era de una extrema fealdad. Se consideraba que su rostro era mal parecido, pequeño de estatura y encorvado. Era aficionado a los vestidos elegantes, después de su muerte se descubrió un extravagante y ostentoso guardarropa. También parece haber sido avaro y un músico excelente.

Entró al servicio de la reina cuando ella necesitaba un bajo para completar un cuarteto con los pajes de su servidumbre y cuando murió el secretario francés de María, pasó a ocupar su puesto. ¿Qué hay de verdad en las relaciones de la reina con su secretario? Todo cuanto sabemos de sus relaciones con Rizzio parece encajar en el marco de gobernante y confidente, más que en el de dos amantes. Ella encontraba placer en los consejos y la compañía de su secretario.


Una noche de un sábado, la reina celebraba una cena en sus apartamentos del palacio de Holyrood. Su avanzado embarazo y la mala salud hacían que cada vez tuviera menos ganas de ir a Edimburgo, prefiriendo la compañía de sus íntimos. En esta ocasión se encontraban con ella dos hermanastros, su palafrenero mayor, su paje y su secretario Rizzio. Quizás iba a haber música después o quizás era una de esas noches en que la reina y Rizzio se quedaban jugando a cartas hasta la una o las dos de la madrugada. La velada fue interrumpida por la aparición de Darnley y algunos hombres con pistolas y dagas.

Rizzio fue arrastrado, gritando y pataleando, fuera del cenadero, a través de la alcoba y de la sala de audiencia, hasta el comienzo de la escalera. Mientras tanto se oía su patética voz clamando: “ Justizia, justizia!. Sauvez ma vie, madame, sauvez ma vie! ”. Una vez allí, fue muerto por heridas de daga cuyo número se estimó entre 53 y 60 : una horrible carnicería para un menudo cuerpo. El acribillado y ensangrentado cadáver fue arrojado después por la escalera. Allí, mientras yacía sobre un arca, fue despojado de sus pertenencias por un portero.


María lejos de huir del peligro, se volvió furiosamente hacia Darnley, que había quedado con ella en el cenadero y le cubrió de improperios. Cuando uno de los asesinos, Lord Ruthven, regresó de la matanza, hubo una disputa entre la reina, Darnley y Ruthven. Éste último puso en tela de juicio su comportamiento como esposa pero la reina rehusó dejarse amedrentar de ninguna manera, llegando a decirle que ella tenía “ dentro de su vientre al que algún día se vengaría de él ”. El alboroto de Holyrood había alertado al pueblo de Edimburgo y se había hecho sonar la campana de alarma de la ciudad. Para calmar a los ciudadanos, Darnley salió a la ventana y les habló tranquilizadoramente con su familiar voz.

Cuando la reina trató de hacer oír la suya, la amenazaron brutalmente con “ cortarla en pedazos ” si hacía otro movimiento en dirección a la ventana. Una vez se marcharon y la dejaron sola, mandó a una de sus damas a que averiguara la suerte que había corrido Rizzio. Cuando supo que había muerto, lloró durante unos momentos pero al poco rato, secándose las lágrimas, observó con serenidad: “ No más lágrimas ahora, quiero pensar en la venganza ”. Conservó también la suficiente calma como para enviar una dama a la habitación de Rizzio, a fin de que se recuperase un cofre negro que contenía sus claves y escritos.


Durante el resto de su vida, María Estuardo creería que su propia vida también había estado amenazada durante el tumulto que había tenido lugar en el cenadero y que Darnley se había propuesto su propia destrucción, así como la de la criatura que llevaba en su seno, para convertirse en rey de Escocia. Es, en efecto, imposible comprender su posterior actitud hacia Darnley sin tener en cuenta esta firme convicción por parte de la reina. Después del nacimiento de Jacobo, le increpó furiosamente: “ ¡ He olvidado, pero no perdonaré jamás! ¿ Qué habría sido de él y de mí, si la pistola de Fawdonside hubiera disparado? ¿ O en qué posición habrías estado tú? Solo Dios lo sabe pero podemos sospecharlo ”. Era lógico que una mujer embarazada de seis meses y que había sufrido la traumática experiencia de verse apuntada en el estómago con una pistola abrigara estos sentimientos.



Fuentes:
Antonia Fraser, María Estuardo, reina de los escoceses. 1972 PLAZA & JANES S.A. editores
María Pilar Queralt del hierro, Mujeres de Vidas Apasionadas. 2010 La Esfera de los Libros S.L

viernes, 9 de julio de 2010

MARÍA ESTUARDO, Reina de Escocia ( I )




El 8 de diciembre de 1542 daba a luz la reina María de Guisa, en el palacio de Linlithgow, a una niña que nació prematuramente y muy débil. Durante los diez primeros días de su vida, circularon toda clase de rumores en el sentido de que la pequeña María Estuardo era una criatura excepcionalmente endeble y que era poco probable que sobreviviera, al igual que sus hermanos. Su padre Jacobo V de Escocia, enfermo de cólera, falleció en el palacio de Falkland seis días después del nacimiento de su hija. Sus contemporáneos creyeron que su muerte fue causada por la pena y la humillación de que los escoceses hubiesen sido derrotados por el ejército inglés en la batalla de Solway Moss. Antes de morir, tuvo tiempo de saber que el recién nacido era una niña y se dice que dedicó sus últimas energías a exclamar: “ ¡ Por todos los diablos! ¡ Comenzó con una mujer y acabará con otra!”.



Jacobo V y María de Guisa


Tras el fallecimiento del rey, Escocia se encontró bajo la autoridad de una reina de apenas seis días de vida. Se designó como regente a James Hamilton, conde de Arran, pero la reina viuda, una mujer enérgica y poderosa, no tardó en desplazarle de su cargo para ejercer en persona la regencia. La pequeña María era objeto de deseo de las ambiciones inglesas. Enrique VIII codiciaba el reino de Escocia tanto por expansión territorial como por contar con un firme aliado frente a Francia. Para ello propuso a la reina regente la concertación de un precoz matrimonio con el heredero de la corona inglesa, el futuro Eduardo VI. Durante la regencia, María de Guisa se enfrentó, apoyada por las tropas francesas, a la expansión del protestantismo, lo que hizo que se negara al proyectado matrimonio entre su hija y el heredero del rey Enrique VIII.

Decidido a forzar el matrimonio, el soberano inglés no dudó en realizar una serie de incursiones militares destinadas a doblegar la voluntad de la regente de Escocia. Así, en mayo de 1544, un destacamento inglés llegó a las costas escocesas con intención de secuestrar a la reina-niña y llevarla a Inglaterra, pero tras una rocambolesca escapatoria, María de Guisa logró trasladarla al castillo de Stirling y de ahí al priorato de Inchmahome. Poco después, María Estuardo partía hacia Francia, donde su madre sabía que iba a estar a buen recaudo.


Francisco II de francia y María Estuardo


El traslado de la reina-niña al país galo no hizo más que reafirmar el pacto al que había llegado la regente con Enrique II de Francia. El rey francés se había comprometido a velar por la niña y a educarla en su país para que, en el momento en que cumpliera la mayoría de edad, contrajera matrimonio con su hijo y heredero, el delfín Francisco. María partió de Escocia en julio de 1548. Nunca más volvería a ver a su madre. Residió en Francia durante diez años. Posiblemente, los más felices de su vida. 

En la corte francesa, la pequeña era tratada como la joya de la corona. Acompañada por dos nobles escoceses, dos jóvenes miembros de la familia Estuardo, y cuatro damas de su misma edad – las llamadas “cuatro Marías”, ya que todas se llamaban así y pertenecían a los más nobles linajes escoceses: Beaton, Seaton, Fleming y Livingston-, la niña presidía una auténtica corte en miniatura, donde ella reinaba como soberana indiscutible.



Enrique II de Francia


Tal como se había prometido, Enrique II le proporcionó una educación exquisita que le permitió hablar francés, español, italiano y escocés, además de latín y griego clásicos. Tocaba varios instrumentos, era una excelente bailarina, experta amazona y dominaba el arte de la cetrería, así como la pintura y el bordado. Le complacía la poesía y gustaba de la compañía de poetas, que escribieron odas en alabanza de María. Era, además, muy bonita, vivaz, ingeniosa y de elevada estatura, debía de medir alrededor de un metro ochenta. Disfrutó de la celosa protección de su familia materna, los Guisa. El 24 de abril de 1558 contrajo matrimonio con el delfín de Francia, en una solemne y vistosa ceremonia, en la catedral de Nôtre Dame de París.



Las señales de aviso que habían existido durante su adolescencia en indicio de una mala salud no habían desaparecido del todo. Se mencionaba que la reina de Escocia estaba muy enferma, muy pálida y verdosa y se murmuraba que no podría vivir mucho tiempo. En junio de 1559, se dijo que se había desmayado dos veces; en una, hubo de dársele vino en el altar y en la segunda ocasión, el embajador español dijo que había oído que padecía de enfermedad no especificada pero incurable. Sin embargo, fuera cual fuese el padecimiento de la joven reina en esta época, es evidente que, pese a su palidez, sus desmayos y su aliento entrecortado, María estaba dotada de una intensa energía nerviosa que le permitió desarrollar una vida extraordinariamente activa cuando no estaba sufriendo. 

Un peligroso accidente acaecido en diciembre de 1559, al ser derribada de su caballo cuando se encontraba cazando, puso de manifiesto tanto su temerario valor como las dificultades a que podía conducirle. Esta combinación de cuerpo débil y voluntad indomable la compartía, en cierto grado, con su marido Francisco y debió de hacer nacer un lazo entre ellos.

Se ha sugerido que, en su juventud, María padeció clorosis o “enfermedad verde”. Sin embargo, la clorosis suele asociarse con una alimentación insuficiente y falta general de ejercicio, aire libre y sol en adolescentes que viven en suburbios. En la corte francesa, María no careció de ejercicio, aire puro ni sustanciosas comidas: y ninguna de las descripciones contemporáneas de su aspecto se menciona la hinchazón de la cara, generalmente asociada con la clorosis.



Tras la muerte de Enrique II en julio de 1559, el delfín Francisco se convirtió en rey de los franceses a la edad de quince años y medio. Su esposa tenía entonces dieciséis años. María se vio convertida en reina de Francia y de Escocia y, aún más, en candidata al trono de Inglaterra, puesto que la falta de hijos de Isabel I la colocaba a ella en primer lugar en la línea sucesoria como nieta de Margarita Tudor, hermana de Enrique VIII. Es más, según la iglesia católica, María debía ostentar por legítimo derecho la corona inglesa puesto que Isabel estaba considerada bastarda a causa de haber nacido del nunca reconocido matrimonio entre el rey Enrique y Ana Bolena. Sin embargo, el testamento del monarca impedía el acceso al trono de un extranjero, lo cual excluía de la sucesión a María.



Se ha hablado mucho acerca de la rivalidad entre Catalina de Médicis y María, o, al menos, sobre los celos que sufría su suegra. En realidad, las fantasiosas historias que corrieron acerca del deseo de la Médicis de librarse de su nuera – hasta se murmuró que la reina madre planeaba envenenar a su propio hijo para sacar a la joven esposa de su posición de poder- son mera ficción romántica. Si bien Catalina podría haber deseado reducir la influencia de su nuera sobre el joven rey, siempre se mostró amable y cariñosa con ella, al menos en vida de su hijo. No sólo le entregó las joyas de la corona sino que agregó unas fabulosas gemas de su propiedad.

Era frecuente ver a las dos reinas juntas, a veces escuchando el sermón diario en el comedor que compartían o en la capilla. Por otra parte, atendían juntas muchas visitas y cuando Francisco salía para hacer una de sus frenéticas expediciones de caza, era frecuente que se quedaran juntas. Se dice que María tenía una actitud torpemente despectiva con respecto al origen familiar de la reina madre, inferior en rango al suyo y en la época se le atribuyó – junto con otras personas- el famoso y difundido comentario de que Catalina no era si no la hija de un comerciante florentino.




Cuando María era ya reina de Francia y la necesidad de un heredero se hacía cada vez más apremiante, le resultaba fácil persuadirse a sí misma de que los síntomas de su mala salud eran síntomas de embarazo. Sin embargo, el físico subdesarrollado y, probablemente, deforme del rey y su constitución generalmente infantil hace muy probable que sólo tuvieran lugar entre ellos los más desmañados y torpes abrazos. Fuera o no María técnicamente virgen cuando regresó a Escocia, lo era sin duda mentalmente, ya que su relación física con Francisco difícilmente puede haberle dado ninguna idea real del significado del amor físico.
Entre junio y diciembre de 1560 fallecieron sus dos pilares más firmes, su madre y su esposo. A la muerte de Francisco II, el trono francés pasó a su cuñado Carlos IX, mientras su suegra, la reina Catalina, se convertía en regente. Partidaria de restablecer las buenas relaciones con Inglaterra, retiró las tropas de Escocia y reconoció el derecho de Isabel I a gobernar. Sólo María, de dieciocho años de edad y aún en Francia, rehusó firmar el tratado.



Fuentes:
Antonia Fraser, María Estuardo, reina de los escoceses. 1972 PLAZA & JANES S.A. editores

Leonie Frieda, Catalina de Médicis. 2006 SIGLO XXI DE ESPAÑA EDITORES S.A
María Pilar Queralt del Hierro,
Mujeres de Vidas Apasionadas. 2010 La Esfera de los Libros S.L

miércoles, 7 de julio de 2010

La historia de las hermanas Teles de Meneses


María fue el paradigma de la mujer entregada por completo a sus obligaciones de esposa y madre, carente de ambiciones de todo tipo, que resulta castigada por un destino trágico y a todas luces injusto. Todo lo contrario de lo que le sucedió a su hermana Leonor, la ambiciosa e intrigante reina de Portugal, que a la postre acabó por ser su verdugo. Ambas eran hijas de Aldonza de Vasconcelos y de Martín Alfonso Teles de Meneses, hombre de confianza de la que fuera reina de Castilla, María de Portugal, y que, como tal, mantenía buenas relaciones con la casa real portuguesa. No era de extrañar que sus hijas frecuentaran la corte.

María, la mayor, lo hizo muy joven en calidad de esposa de Álvaro Dias de Sousa, señor de Mafra y Ericeira, de quien enviudó apenas un año después del nacimiento de Lope, el único hijo del matrimonio. En cuanto a la menor, Leonor, fue a Lisboa para consolar a su hermana viuda, que ejercía de camarera de la infanta Beatriz, hija de Inés de Castro y Pedro I. Dejaba atrás un marido, Juan Lorenzo da Cunha, heredero del señor de Pombeiro, y un hijo, Álvaro, lo que no fue óbice para seducir al rey Fernando I. Mediante la compra de voluntades eclesiásticas, logró la anulación del matrimonio de su amada para convertirla en su esposa y reina de Portugal.


María, entretanto vivía al margen de los arreglos de su hermana. Siempre discreta, siempre prudente, era una de las mujeres más solicitadas de la corte, si bien ella se negaba a contraer nuevo matrimonio. Un propósito que se quebró cuando apareció en escena el hermano de su señora, es decir, el mayor de los hijos varones de Pedro I e Inés de Castro: Juan, señor de Eça. Hombre atractivo, ambicioso y galante, venció toda resistencia y, a los pocos meses de conocerse, contrajeron matrimonio. Un año después, en 1378, nació un hijo, Fernando, llamado así en honor al rey. Su presencia fue el detonante de la tragedia.

Por entonces Juan de Eça acaudillaba la facción cortesana que, disgustada por los amores de Leonor Teles con Fernando I, acusaba al rey de ser un títere en manos de su esposa, y en consecuencia de desatender los asuntos de Estado y de gobierno. Preocupaba, además, la cuestión sucesoria. De la real pareja había nacido en 1372 una hija, Beatriz, que se reputaba como ilegítima, puesto que, pese a que Leonor y Fernando habían contraído matrimonio secreto, el nacimiento se había producido antes de que la Santa Sede anulara la anterior boda de la reina. En esta coyuntura, el pequeño Fernando y por ende su padre se presentaban como los candidatos ideales para suceder al rey Fernando en el trono.


La ambiciosa Leonor, dispuesta a todo con tal de preservar los derechos dinásticos de su hija, decidió desacreditar al señor de Eça. Poco le importó que fuera su cuñado, ni que se pusiera en entredicho el nombre de su hermana. Así, urdió una compleja intriga con la colaboración de cortesanos fieles al llamado “ partido fernandino” que, mediante pruebas falsas, convencieron a Juan de Eça de que su esposa le era infiel. Enfurecido viajó hasta Coimbra, donde se encontraba María y, sin mediar palabra, entró en la sala donde departía con sus damas y la apuñaló.

Fue el trágico final del sueño de María. Una mujer dulce y poco ambiciosa que creyó que la vida le daba una nueva oportunidad. La reina, sin embargo, consiguió su propósito: su cuñado, totalmente desacreditado una vez se demostró la inocencia de su esposa, perdió el favor de los suyos y tuvo que refugiarse en Castilla, donde, recluido en un convento, quiso expiar su culpa entre rezos y penitencias. Pero como no hay mal ni bien que cien años dure, se recuperó y, contando con el perdón de la Iglesia, contrajo segundo matrimonio con una infanta castellana.


La intrigante Leonor, por su parte, tras la muerte de su esposo en 1383, se convirtió en regente de Portugal en nombre de su hija Beatriz. Portugal parecía entonces destinado a desaparecer como reino, visto que la sucesión dinástica recaía sobre Beatriz casada con Juan I de Castilla, pero las clases populares y gran parte de la nobleza portuguesa se opusieron rotundamente a que Portugal se uniera territorial y políticamente con Castilla. Finalmente y luego de un período de incertidumbre, las cortes portuguesas reunidas en Coímbra declararon rey a Juan, Maestre de Avis e hijo ilegítimo de Pedro I. Este nombramiento fue visto como una clara declaración de guerra contra Castilla, ya que se desheredaba a Beatriz y al esposo de ésta.

La impopularidad de Leonor Teles creció a causa de sus amores con el conde de Andeiro y, una vez asesinado éste en el transcurso de un alzamiento popular, debió huir a Castilla donde residía su hija. No encontró el refugio que buscaba. Por el contrario, fue confinada en un monasterio de Tordesillas por su yerno Juan I de Castilla. Las pretensiones a la corona portuguesa del rey castellano se vieron frustradas por la derrota de Aljubarrota, episodio que consagró finalmente el triunfo de la causa de Juan I de Avis en el trono lusitano.



Fuentes:
María Pilar Queralt del hierro, Mujeres de Vidas Apasionadas
2010 La Esfera de los Libros S.L

http://es.wikipedia.org/wiki/Juan_I_de_Portugal

domingo, 4 de julio de 2010

CATALINA DE AUSTRIA, La dura infancia de la última hija de Juana de Castilla ( III y última)

Carlos V había partido rumbo a Alemania, dejando a su antiguo preceptor, el flamenco Adriano de Utrecht, a cargo de la regencia. El pueblo, harto de los abusos de los extranjeros, aprovecha para rebelarse y el 24 de agosto de 1520, al grito de “ Juana, soberana nuestra ”, un grupo de comuneros guiados por Pedro Lasso de la Vega y Juan de Padilla franquea las rejas de Tordesillas para liberar a su reina prisionera y expulsar al marqués de Denia. El alejamiento del marqués es recibido con alegría por todo el personal de Tordesillas. No cabía duda de que la entrada victoriosa de los comuneros en Tordesillas había producido un notable cambio en la reina. Los signos de mejoría de Juana eran también evidentes en su forma de vestir y en sus deseos de salir de palacio, para ir al menos al convento de Santa Clara acompañada de su hija Catalina.



Los primeros informes desde Tordesillas proclamaron eufóricamente la capacidad de Juana para gobernar. Los servidores y las damas de Juana informaron que nadie, excepto los gobernadores de Juana, había visto a la reina en los últimos siete años y alegaron aún mas, que la reina era tan capaz de reinar como lo estaba la reina doña Isabel, su madre. El embajador portugués informó que, a su modo de ver, la transformación de la reina había sido grande lo mismo en la conversación, respondiendo en las entrevistas que concedía no muy fuera de propósito, como en su comportamiento en el vestir y en el comer, y hasta en el arreglo de su aposentamiento, estando sus casas muy limpias y aderezadas.



Si, un cambio notable pero no suficiente. Porque para cambiar las cosas, a nivel del reino, hubiera sido preciso que doña Juana se decidiera al fin a gobernar, o al menos a ratificar con su firma los acuerdos de la Junta comunera. Y eso, nadie sería capaz de conseguirlo. Escuchó a todos, dio la razón a alguno, pero nunca firmó nada. Al observar que Juana defendía a su hijo y que impedía que los Comuneros hablasen en contra de él, Adriano de Utrecht recordó a Carlos el singular amor que la reina siempre había mostrado a su persona y sucesión. Con la caída de Tordesillas en manos imperiales, otra vez volvió el marqués de Denia a sus funciones de carcelero y otra vez se reanudó el cautiverio de Juana de Castilla. Su libertad duró ciento tres días.




A raíz de ciertas insinuaciones que el marqués de Denia desliza en su carta, Carlos V reprende severamente a su joven hermana por haber tenido una actitud favorable respecto a los rebeldes. La muchacha, dando pruebas de sangre fría y firmeza, envía a su ilustre hermano un notable memorial, a través de un emisario de su confianza, para aclarar su situación en el momento de la revuelta. Aprovecha la ocasión para denunciar el abusivo comportamiento del marqués y las crueldades que ella y su madre tienen que sufrir por su culpa. Es una llamada de la infanta al corazón de su hermano. De entrada le advierte que en sus otras cartas tranquilizadoras que le había escrito no le había dicho la verdad, por que le habían forzado a escribirlas los Marqueses. El memorial se cruzará con la carta en la que el emperador la acusa injustamente. Entonces la infanta responde con firmeza:

Ninguna necesidad había que V.M. me enviase a mandar esto, porque yo desde que nascí nunca más cosa he procurado ni deseado que lo que conviene a la salud y servicio de la Reyna mi Señora y al servicio de V.A.; y por esto, las cosas de la comunidad y sus liviandades nunca me parescieron bien … y las personas con quien yo trato son muy servidores de V.M y tienen más voluntad al servicio de V.M. que no los que le han hecho tales informaciones tan apartadas de la verdad.

¿Qué había hecho la infanta? Pedir a los de la Junta comunera que no echasen a los Marqueses. También había firmado una carta cuando Padilla había sido destituido por la Junta, pidiendo que volviese, porque le habían dicho que eso sería bueno para la reina, en lo que habían sorprendido su buena fe. Eso era lo que había ocurrido.


La vida para Juana y la infanta se ha vuelto insoportable. El marqués ha ordenado que nadie entre en contacto con la reina y hasta le impide que pueda salir de su cámara si no es en la compañía que él decida. Este aislamiento ha afectado incluso a Catalina, que no puede hablar con su madre sino en presencia de testigos, los cuales la acompañan hasta sus habitaciones teniéndola de la mano cuando va a visitarla. Los marqueses la maltratan y le impiden su trato normal, tanto con los servidores del palacio como con las gentes de fuera que vienen a visitarla o que le escriben. Denia abre su correspondencia y reduce al mínimo sus salidas. Su confesor, el piadoso Juan de Ávila, es apartado de su lado.

La marquesa obligaba a la infanta a pedir al emperador vestidos y joyas que nunca paraban en sus manos. Su camarera se pone sus vestidos y las hijas del marqués sus joyas. Denia expulsa a su institutriz. Sus guardianes le prohíben escribir y leer. Y cuando la infanta responde a una carta, la marquesa furiosa le quiere sacar los ojos. La humillaban en público no dándole el rango que merecía. Y eso la dignidad de aquella hija y nieta de reyes y hermana del emperador no lo podía sufrir.



El 2 de enero de 1525 abandonaba para siempre Catalina la casa de doña Juana camino de su nuevo destino como esposa del rey Juan III de Portugal. Todavía no había cumplido los dieciocho años, pero había sido tan probada por la vida que a la fuerza había madurado, convirtiéndose en toda una mujer como sería también una gran reina de Portugal. Había tenido una dura escuela y no la había desaprovechado. La infanta se desmayó a la hora de partir y no tuvo valor para besar a su madre. Sabía que difícilmente volvería a verla.

Para Juana la marcha de su hija fue un desgarrón. Se quedará dos días y dos noches pegada a la ventana, con la mirada fija en el camino por el que se ha marchado el cortejo que se ha llevado a Catalina. A partir de ese momento, salvo en las fugaces apariciones de algún que otro familiar, la reina Juana no conocería más que la soledad.






Fuentes:
Catalina de Habsburgo, las Austrias. 2006 La Esfera de Los Libros S.L
Vicenta Marquez de la Plata, El trágico destino de los hijos de los Reyes Católicos. 2008 Santillana Ediciones Generales S.L.
Bethany Aram, La reina Juana, gobierno, piedad y dinastía. 2001 Marcial Pons, Ediciones de Historia S.A.
Manuel Fernandez Alvarez, Juana La Loca, La cautiva de Tordesillas. 2000 Espasa Calpe S.A

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