
Las relaciones de María con Darnley se asentaron en una incómoda tregua hasta el nacimiento de su hijo. El alumbramiento del príncipe Jacobo fue largo, doloroso y difícil. Nació entre las diez y las once de la noche del miércoles 19 de junio de 1566, con una fina membrana extendida sobre la cara. A pesar de este peligro, y a pesar de la duración del parto, era una criatura notablemente robusta. Su nacimiento fue señalado con grandes fiestas en Edimburgo y se encendieron quinientas hogueras que iluminaban la ciudad y las colinas circundantes con sus alegres fuegos. Fueron disparadas todas las piezas de artillería del castillo y Lores, nobles y pueblo llano se congregaron en la iglesia de St.Gilles para dar gracias a Dios.

Jacobo VI de Escocia
La reina le mostró en público la criatura a su esposo y anunció: “ Mi señor, Dios os ha dado a vos y a mí un hijo que nadie sino vos habéis engendrado - y descubriendo el rostro del niño, continuó-: Afirmo aquí ante Dios , como responderé ante él en el gran día del juicio final, que éste es vuestro hijo y no de ningún otro hombre. Deseo que todos los aquí presentes, con damas y otros, den testimonio de ello ”. Y, como si quisiera remachar el asunto con una nota de desprecio hacia su marido, agregó: “ Pues tanto es vuestro propio hijo, que temo sea peor para él en el futuro ”.
Darnley no había corregido su conducta, mientras ella se recuperaba del parto, él “vagabundeaba todas las noches”. En estas circunstancias, era natural que la reina confiara cada vez más en los consejos políticos de los nobles que se le habían manifestado leales a lo largo de las dos crisis con que se había enfrentado durante el pasado año. En esta categoría entraba, en particular, Jacobo Hepburn, conde de Bothwell, que, al escapar de la boca del león en Holyrood y correr a convocar a los súbditos de María en su ayuda, pareció desplegar esa combinación de ingenio, lealtad y fuerza que tan persistentemente había buscado la reina entre sus nobles escoceses.
Bothwell procedía de la gran familia fronteriza de los Hepburn y, en términos feudales, su poder se extendía por el sudeste de Escocia, con ciertos dominios específicamente familiares y las tutorías de otros castillos reales dependientes del favor real. Su familia y el mismo, sufrían penuria económica y su contrato matrimonial con la rica Jean Gordon muestra que, a la sazón, se hallaba fuertemente endeudado. Se negó a casarse con Jean según el rito católico, pese a las presiones de la reina María, y era uno de los que con más energía se oponían a la celebración de la misa. Acabó divorciándose de su esposa. Sus detractores le acusaron de estar interesado en la magia negra, que se suponía había aprendido durante su educación en Francia.
Era aventurero por naturaleza, arrogante, orgulloso, rudo, violento, dotado de gran fuerza corporal, vicioso y disoluto en sus costumbres. Carecía de la hermafrodita belleza y esbeltez de Darnley, su cuerpo momificado que se conserva en Dragsholm mide 1’67 metros. Fue descrito como extraordinariamente feo como un mono vestido de púrpura, pero también hay quien tuvo una visión más favorable, opinando que era muy hermoso. Se convirtió en el consejero en quien confiaba la reina.
Bothwell había resultado gravemente herido en una incursión y se hallaba en peligro de muerte en el castillo de Hermitage. Cinco o seis días después, la reina acompañada por su medio hermano Moray y gran número de miembros de la corte, así como de soldados, decidió visitar a su consejero. Necesitaba consultar con él. Otras opiniones dicen que eran amantes y que María cabalgó como una loca para estar con él, en cuanto conoció la noticia de su herida. A su regreso, la reina cayó violenta y gravemente enferma. Primero se vio dominada por un prolongado acceso de vómitos, tan largo e intenso que en varias ocasiones quedó inconsciente; dos días después, no podía hablar ni ver, y sufría frecuentes convulsiones. Se creía que estaba agonizando y se dio por perdida la vida de la reina durante media hora. Encargaron vestidos de luto e hicieron preparativos para el funeral. Su hermano Moray fue acusado de intentar apoderarse de la vajilla de plata y de los anillos. El médico de la reina logró revivirla.

Desde el asesinato de Rizzio, la reina se consideraba permanentemente amenazada por alguna posible conspiración por parte de Darnley. La reina buscaba medios de conseguir un divorcio decoroso que no comprometiera al príncipe Jacobo. El rey no cesaba de intrigar, así como de fanfarronear. Carecía lo bastante de escrúpulos como para tratar de manchar la reputación de María a los ojos de las potencias católicas extranjeras, diciendo que ella era "dudosa en la fe", con el fin de erigirse en rey católico de Escocia por voluntad de una fuerte potencia católica extranjera, gobernar como tutor de su hijo, y con su esposa, naturalmente, derrocada.
La sombra de una conjura se cernió sobre el esposo de la reina. Darnley había caído gravemente enfermo de sífilis y se encontraba restableciéndose en una casa de Edimburgo, a la que le había llevado María con amables palabras e insinuaciones de felicidad, fingiendo una reconciliación. A la reina le parecía más seguro, para ella y para su hijo, tenerle alojado en Edimburgo, ante sus ojos, que dejarle libre en el oeste de Escocia, con plenas posibilidades de conspirar.

A las dos de la madrugada del 10 de febrero de 1567, una terrible explosión desgarró el aire reduciendo a un montón de escombros la casa. Una cierta cantidad de pólvora había sido apilada en un montón sobre el suelo del dormitorio de la reina (el piso bajo de la casa). En el jardín yacían los cadáveres de Darnley y de su sirviente. Ninguno de ambos cuerpos presentaba señal ni mutilación alguna, ni fractura, herida ni magulladura, así como tampoco rastros del efecto de la explosión. Habían sido estrangulados. Algunas mujeres que vivían en las casas próximas dijeron que habían escuchado la última y lastimera súplica del rey pidiendo piedad a los hombres de Douglas, quienes eran parientes suyos. La súplica fue desoída. Enrique Estuardo, duque de Albany, aún no había cumplido los veintiún años.
Bothwell, habiendo encendido las mechas, se retiró para presenciar la explosión. Como el reguero de pólvora no se encendía tan rápidamente como el conde había esperado, Bothwell empezó a acercarse de nuevo a la casa con impaciencia. Entonces, el reguero se inflamó de pronto y su ayudante, advirtiéndolo, pudo hacerle retroceder justo a tiempo antes de que la casa entera se derrumbase sobre él. Consumada la explosión, Bothwell regresó a Holyrood sin sospechar que Darnley no había muerto con su poderosa explosión.


La reina no se encontraba allí. Había asistido a una función de máscaras que se celebraba en honor del matrimonio de su amigo Bastian Pages, un alegre francés que compartía con María su afición a las funciones teatrales y de máscaras.
El cadáver de Darnley fue llevado sobre una tabla a Holyrood, embalsamado por un médico y un farmacéutico y expuesto ceremoniosamente durante varios días antes de ser enterrado en la cripta de la capilla real, como le correspondía en su calidad de rey de Escocia. María ordenó que la corte guardara luto, para lo que se encargó tela negra por valor de 150 libras. La reina no manifestó signo exterior alguno de alegría ni de tristeza cuando le fue mostrado el cadáver de su esposo, su extraña serenidad -tan diferente de sus habituales y prontas lágrimas- muy bien puede haberse debido a la conmoción sufrida. Se entregó de lleno al tradicional duelo de cuarenta días por su marido, permitiéndose, no obstante, asistir a la boda de su camarera favorita; ella había pagado el vestido de novia.

Los médicos exhortaron vivamente al Consejo Privado a que permitieran a la reina alejarse por algún tiempo de la trágica y lúgubre atmósfera de Edimburgo, haciendo hincapié en " los grandes e inminentes peligros que amenazaban su salud y su vida, si no se apresuraba a dejar aquella especie de vida sofocante y solitaria, para reponerse al aire libre ". De conformidad con ello, la reina marchó a Seton, uno de sus albergues favoritos, una semana después del asesinato, y pasó allí tres días recuperándose.
Fuentes:
Antonia Fraser, María Estuardo, reina de los escoceses
1972 PLAZA & JANES S.A. editores











