sábado, 22 de mayo de 2010

MARIA TUDOR, La educación de una futura reina


La reina Catalina fue la responsable indiscutible de la educación de su hija. Eligirá a Thomas Linacre, amigo y compañero de su médico Fernando Vitoria, para que fuera tutor de su hija. Además de velar por la salud de la princesa, se encargaría de organizarle un plan de estudios. Fruto de este cometido será el texto en latín Rudimenta Grammaticis ( 1524), que escribió para ella y que le dedicó alabándola por su docilidad y amor al saber en tan tierna edad. Esta gramática, muy famosa en su tiempo, fue una de sus últimas publicaciones porque Linacre muere al poco tiempo. La reina pidió entonces al humanista Juan Luis Vives que trazase un plan de estudios para la princesa con el fin de prepararla para su papel doméstico de esposa y madre, y también para su posible papel público de futura reina de Inglaterra.
 



En aquel tiempo eran pocas las mujeres a las que se educaba – Catalina de Aragón era un ejemplo notable pero raro de mujer instruida- pero las actitudes estaban empezando a cambiar. Muchos teóricos consideraban a la mujer de “sustancia débil” y, por lo tanto, incapaz de asimilar el sentido de la educación. La instrucción de las féminas se centraba hasta entonces en la obediencia, sus labores caseras y, si acaso, la lectura. Sin embargo, en la corte de Isabel la Católica, Catalina había visto como se formaba a las damas y a las princesas con total éxito. Ella y sus hermanas habían sido educadas para ser mujeres hacendosas capaces de hilar, coser y bordar, y al tiempo, capaces de discutir en griego y latín sobre abstracciones canónicas. Sabían de Juvenal y Séneca, de Ovidio y Virgilio, se les había enseñado historia y política; en una palabra: se las había preparado para ser reinas, cosa insólita hasta entonces.



Catalina, creemos, deseaba una justificación a la enseñanza femenina cuando encargó a Luis Vives su Instrucción de la mujer cristiana. El resultado fue un tratado que causó sensación en toda Europa, un tratado transformador y novedoso. Defendió la idea de que la mujer puede ser docta y adoctrinada a la vez, en contradicción con la idea de que la virtuosa debe ser ignorante. Hoy sus teorías nos parecen triviales pero en aquella época eran tan avanzadas que parecían revolucionarias. La principal virtud de la mujer es la castidad. La ignorancia no garantiza esto, sino lo opuesto. Sugiere Vives que la educación de las niñas empiece a los siete años en su casa; para las huérfanas propone la fundación de escuelas llamadas del socorro de los pobres, un proyecto revolucionario y sensacional en el sentido de que propugna una especie de enseñanza para todas las niñas, aun las pobres, desfavorecidas o huérfanas.

 


Vives iniciará su tutoría con la presentación de un método instructivo fácil y elemental: De ratione studii puerilis. Recomienda que la princesa lea los Evangelios día y noche, las Actas de los Apóstoles y las Epístolas, junto a una selección del Antiguo Testamento. De los Santos Padres se fija en las obras de S. Cipriano, S. Jerónimo, S. Ambrosio, S. Agustín ( La ciudad de Dios pero no Las Confesiones). Asimismo propone las lecturas de Platón, mostrando específico interés por sus Diálogos de la Política. Junto a Cicerón, las Máximas y Tragedias de Séneca, Plutarco, La Farsalia de Lucaro y selecciones de Horacio, Valerio Máximo, Justino y Floro. A estos autores los elige porque no solo enseñan a leer bien sino a vivir bien”. Señala a Erasmo como excelente editor de los clásicos y como autor de las Paráfrasis de los Evangelios. Añade una obra de mayor actualidad, la Utopía de Tomás Moro, publicada el año en que nació la princesa.

Las historias de contenido doctrinal, político y apologético son sus preferidas. Vives supervisa; no se encarga de toda la educación de María. Advierte que dos o tres niñas de su edad deberían acompañarla en sus clases para fomentar el estímulo de la competición y se opone a la lectura de los libros de caballería y romances, Libri pestiferi, corruptores de la moral femenina. Dará reglas para la pronunciación del griego y del latín y exigirá que las lecciones de estas lenguas las memorice la princesa cada día y las lea dos o tres veces antes de acostarse para facilitar la retención. Insiste en los ejercicios de traducción del latín y pide que converse con su tutor en esa lengua; también facilita los nombres de los diccionarios que debe utilizar, Perotti o Colepin. Para su recreo sugiere narraciones clásicas, históricas o sagradas, como las de Papyrus de Aulio Gelio, Lucrecia de Livio, José y sus hermanos o la paciente Griselda.



La reina Catalina dio una copia del tratado de Vives a Tomás Moro, cuyas propias hijas eran probablemente las jóvenes mejor educadas de su clase en Inglaterra, y le pidió que lo tradujese o hiciese traducir al inglés para que sus ideas pudieran ser accesibles a cualquier persona que quisiera aprovecharlas. En cuanto Catalina aprendió la teoría de la educación femenina, no se limitó a aplicarla a su hija. Comenzó a formar en torno a María una escuela para las hijas de nobles, según el esquema de la que en su día se formó para hijos de nobles alrededor de su hermano Juan. Incluso convenció a un cierto número de las damas de la corte de mayor edad, señaladamente a su cuñada, la duquesa de Suffolk, para que volviera a estudiar el latín y siguiera un serio curso de estudios.

Su interés por la educación de las mujeres no careció totalmente de resultados. Podemos admitir que los tiempos fueron favorables a la participación femenina en la educación y también suponer que si no hubiera iniciado con tanto cuidado la educación de María, la hija menor de Enrique, Isabel, podría haber carecido de parte de su rigurosa preparación; que hijas de nobles, como Lady Jane Grey, podrían haber sido menos instruidas.

 



La princesa compartiría sus lecciones con un puñado de compañeras elegidas cuidadosamente. A todas se les enseñaría latín, francés, un poco de italiano y griego, gramática, música, danza tradicional, administración doméstica y buenos modales, y todos los días se les haría leer pasajes escogidos de la Biblia. Parece que Vives en persona enseñó latín a María; de todas las demás asignaturas se encargó el devoto y amable Richard Fetherston, el ex capellán de la reina, a la vez que Catalina leía regularmente con su hija y la ayudaba a hacer sus traducciones.

Pronto la princesa adquirió el dominio del latín; a sus nueve años pudo alcanzar el nivel que se exigía a los doce. A los once años ya podía traducir una oración de Santo Tomás de Aquino. Conoció y estudió el griego. El francés lo aprendió muy pronto y lo habló con facilidad; a este efecto Giles Duwes había sido comisionado por la reina para que compusiese An Introduction for to lerne to reade, to pronounce and to speke Frenche trewly. El español le era familiar y querido por oír hablar a su madre con las damas y servidores españoles que todavía se encontraban junto a ella, que siempre rezaba en castellano. El italiano lo llegó a practicar la princesa pero con menor perfección.


 


María estaba bien dotada para la música. El organista veneciano fray Dionisio Memmo debió de ser el primer maestro de la princesa y quien hizo prender en ella una rara afición musical. Desde muy pequeña le habían enseñado a tocar el virginal - a los cuatro años ya lo dominaba- y el laúd, y a su orgulloso padre le encantaba hacer gala del talento precoz de la niña.

El bordado iba constituyendo otra fuente de ocupación y origen de muchos regalos; en las cuentas de su Casa abundan los materiales para confeccionar adornos de libros, de mesas o de vestir, convertidos en obsequios para las ocasiones apropiadas.


Tampoco se le escatimaba a la heredera el ejercicio físico en la programación de sus ocupaciones. La reina Catalina hizo que la adiestraran muy pronto en la cetrería, el deporte de la realeza; a sus cinco años ya sabía montar a caballo y acompañaba a su padre en alguna cacería.

Había sido acostumbrada por su madre a dirigirse con sencillez hacia los más necesitados. Con el mismo entusiasmo apadrinaba a niños encumbrados y desvalidos; más de cien ahijados se le contaban ya, a quienes solía prodigar cuantos regalos le permitían las ordenanzas de su Casa. Su primera ahijada fue su prima Frances Brandon cuando María solo contaba un año.

Cuidadosa como madre de la dignidad real de su hija, la reina Catalina también la había acostumbrado a besar la mano de los sacerdotes y a no dejársela besar por ellos. Así lo hacía la princesita con el franciscano John Forest, a quien besaba además el cordón de su hábito.


Fuentes:
Maria Jesús Pérez Martín, Maria Tudor: La gran reina desconocida. 2008 Ediciones Rialp, S.A
Alison Weir, Enrique VIII, el rey y la corte. 2003 Editorial Ariel S.A.
Garrett Mattingly, Catalina de Aragon. 1998 Ediciones Palabra, S.A.
Vicenta Marquez de la Plata, El trágico destino de los hijos de los Reyes Católicos. 2008 Santillana Ediciones Generales, S.L

miércoles, 19 de mayo de 2010

LEONOR DE AQUITANIA ( V )


A Leonor su vida le parecía gris. Y alrededor de la reina, esa atmósfera de reprobación que ya notaba desde el desastre del monte Cadmos y más aún desde Antioquía; y por todo consuelo un marido cortés y siempre solícito pero que no le había devuelto su confianza. Tras el viaje de regreso Luis demostró claramente su intención de gobernar en adelante por sí solo. Leonor no reinaría ya, Luis sería en adelante un marido respetuoso, lleno de ternura y atenciones pero un rey firme. Indudablemente éste era el marido que había dejado de agradar a Leonor, si es que alguna vez le había amado, ahora que ella ya se sentía capaz de ejercer el poder sin dejarse llevar, como antes, por sus caprichos femeninos. Se la apartaba del Consejo precisamente cuando hubiera podido desempeñar con plena lucidez su papel de reina. La estancia en Oriente, con todos sus peligros y fatigas, indudablemente seguía siendo para Leonor la visión deslumbrante de una vida que hubiera podido ser la suya.

Luis, cuando regresó, llevó a cabo una peregrinación expiatoria a la ciudad de Vitry, se denominaba Vitry-le-Brûle ( Vitry la Quemada). En la parte alta de la pequeña ciudad ya reconstruida había plantado con sus propias manos unos cedros traídos de Tierra Santa. Sus días transcurrían entre actos de devoción y las múltiples exigencias de la vida feudal: las cuentas de su dominio, la administración de justicia, a veces algunos paseos militares sin rumbo fijo, a los que Leonor no prestaba más que un interés distante. Con todo estaba a punto de llegar el momento en que ella iba a poner en Francia más interés del que hubiera creído.


Luis estaba en desacuerdo con uno de sus vasallos más poderosos, Godofredo el Hermoso, conde de Anjou. El asunto tomó tan mal cariz que el rey estaba decidido a realizar un ataque a Normandía. Godofredo Plantagenet estaba casado con Matilde, la hija del rey de Inglaterra Enrique Beauclerc, a la que se seguía llamando emperatriz por haber estado unida en primeras nupcias al emperador Enrique V de Alemania. Quince años mayor que Godofredo, esta mujer de personalidad fuera de serie y con energía ilimitada, aportaba como dote sus pretensiones a la herencia de su padre, rey de Inglaterra y duque de Normandía, y era la única descendiente del soberano inglés.

Pero había alguien más que le disputaba la herencia: el conde Esteban de Blois, que por su madre Adela, era también nieto de Guillermo el Conquistador. Residía en Inglaterra, donde algunos barones se habían puesto de su lado mientras que otros eran partidarios de Matilde; su rivalidad mantenía al país prácticamente en estado de guerra civil, en todo caso en una anarquía cada vez más lamentable, y la lucha pasaba al continente.


En 1150, Godofredo acababa de entregar solemnemente el ducado de Normandía a su hijo mayor Enrique, de diecisiete años de edad. Dirigiendo sus ejércitos contra Mantes, el rey de Francia, que hasta entonces había ejercido de árbitro entre sus dos poderosos vasallos, se inclinaba resueltamente por Esteban de Blois. La actitud de Luis estaba tanto más justificada, cuanto que Enrique no parecía tener prisa en rendir homenaje al rey de Francia por el ducado de Normandía, ni en reconocer su soberanía. Suger, a pesar de su avanzada edad, hacía lo imposible por mantener la paz y encontrar vías de conciliación. Pero este incansable luchador de la paz moriría pronto con gran desolación por parte del pueblo francés.

Las hostilidades se reanudaban en Normandía, se complicaban con otras quejas personales del rey contra su vasallo angevino. Por encima de la refriega se elevó la solemne voz de Bernardo de Claraval. Exhortaba al rey y a sus barones a hacer un nuevo esfuerzo en pro de la paz y ofrecía su arbitraje. Finalmente, la situación se resolvió y Enrique, duque de Normandía, rindió homenaje al rey. Unos veían en ello un milagro debido a la intercesión del abad Bernardo, otros insinuaban que la reina no era ajena al desenlace de las negociaciones.

Enrique II de Inglaterra


Desde la muerte de Suger el foso era cada vez más profundo entre Luis y Leonor. Un concilio reunido bajo la autoridad del arzobispo de Sens, declaró la nulidad de la boda contraída quince años antes en Burdeos. Leonor se despidió y dijo que quería volver enseguida a sus propios estados, que se le devolvían según el uso. Sin más tardar, tomó con algunos allegados el camino de Poitiers y el rey quedaba solo con sus dos hijas. Era el primer día de primavera, 21 de marzo de 1152. No había terminado la estación, cuando una noticia que produjo verdadero estupor llegó a la corte de Francia: Leonor se había vuelto a casar con Enrique Plantagenet, conde de Anjou y duque de Normandía.

Los preparativos de la ceremonia se habían hecho en secreto y la misma boda no tuvo el esplendor que hubiera convenido a la dignidad de los nuevos esposos. Habían evitado convocar, como hubieran hecho en otras circunstancias, a sus vasallos y a los vasallos de éstos. Sólo los más íntimos asistieron al banquete, servido en la gran sala del palacio de los condes de Poitiers. Los recién casados se hallaban en posición delicada y nadie lo ignoraba, comenzando por ellos mismos: en menos de dos meses, después de reconocida la nulidad de su primer matrimonio, Leonor volvía a casarse con un vasallo de aquel mismo rey de Francia del que acababa de separarse. Ella hubiera debido, como toda vasalla, pedir el parecer de su soberano antes de la boda y tenía buenas razones para omitir el cumplimiento de esta formalidad. Al menos tanto ella como su nuevo esposo eran lo bastante sagaces como para no dar a la ceremonia de sus esponsales un aire desafiante.


Él era diez años menor que ella: Leonor se acercaba a los treinta y Enrique no tenía veinte. Era un hombre apuesto, de estatura mediana y fuertes músculos, cabello rubio rojizo y ojos grises un tanto saltones que se inyectan en sangre cuando se encoleriza. Diestro en ejercicios físicos, no por ello dejaba de ser un príncipe letrado. Leía en latín y hablaba varias lenguas extranjeras. Tuvo en su infancia preceptores reputados: primeramente cierto maestro, Pedro de Saintes, que, decíase, conocía mejor que todos sus contemporáneos la ciencia del verso. A los nueve años, su padre, dominado siempre por su ambición hacia Inglaterra, le había enviado a Bristol donde tuvo como preceptor a otro clérigo, el maestro Mateo, canciller de su madre Matilde.

Leonor, a su lado, podía satisfacer su gusto por la poesía y las letras. Su linaje era ilustre. La idea de dominar entre ambos un vasto dominio, era suficiente para seducir una imaginación ambiciosa, pero Leonor también se sintió atraída por Enrique; era muy mujer para no sentirse turbada por la fuerza viril que se apreciaba en él. En cuanto a él, el poder territorial que aportaba Leonor sin duda contó mucho en su decisión pero esta reina de Francia tan bella, a la que un halo aventurero hace más atractiva, tenía con qué seducir a un hombre tan ardiente y Enrique tuvo que sentirse más atraído por una mujer experimentada que por una ingenua jovencita.

Luis VII de Francia


Desconcertado al principio por la afrenta que se hacía a su autoridad, consternado después ante la magnitud del desastre, Luis acabó por serenarse. Como esposo era una dura humillación ver casada otra vez a la mujer que tanto había amado, menos de dos meses después de la separación. Pero como rey, verla casada con Enrique Plantagenet era intolerable, porque ahora la nueva pareja reunía más del doble de la extensión territorial que la Francia real. Luis reunió a toda prisa un consejo que comprobó la falta cometida contra las costumbres feudales: Leonor no podía contraer matrimonio sin autorización de su soberano. Enrique y Leonor fueron citados a comparecer ante la corte del rey de Francia.

Luis VII, irritado al ver que su vasallo normando no había respondido a sus requerimientos, invadió Normandía. Se vio entonces que, en el campo de batalla, Enrique Plantagenet se mostraba digno de sus antepasados. Los enfrentamientos se prolongaron un tanto, y después, cansado y enfermo, el rey de Francia dio los primeros pasos para conseguir una paz que todos pedían. Luis sintió la necesidad de casarse por segunda vez solo para asegurar la perpetuación dinástica y miró hacia Castilla, tomando por esposa a la infanta Constanza, hija del emperador Alfonso VII y nieta de la legendaria reina Urraca. Mientras, Leonor se convertía en reina de Inglaterra.


Fuentes:
Régine Pernoud, Leonor de Aquitania
2005. Éditions Albin Michel, S.A.

lunes, 17 de mayo de 2010

LEONOR DE AQUITANIA ( IV)


Tras unos días de descanso, que fueron de fiesta, los barones de la cruzada se reunieron para discutir su plan de combate. Los proyectos de Raimundo eran muy claros y su objetivo era la reconquista de Edesa, cuya pérdida había provocado la cruzada. El emperador Conrado, tras estar a punto de abandonar la cruzada, reagrupó lo mejor que pudo sus fuerzas y se encaminaba también hacia Tierra Santa.

Luis VII se declara opuesto al plan: ha hecho voto de ir a Jerusalén y allí es donde primero ha de dirigirse. Raimundo reunió por segunda vez una asamblea en la que figuraban todos los caballeros llegados a Antioquía. No hay nada que hacer, el rey de Francia anuncia solemnemente su intención de partir lo antes posible de Antioquía.

Arthur Hugues


Y es entonces cuando Leonor entra en escena. Raimundo trata de conseguir una última entrevista y esta vez asiste la reina. Apoya resueltamente a su tío y muy pronto sube el tono entre los esposos. Si se le niega la ayuda de la cruzada, ella, Leonor, se quedará en Antioquía con sus propios vasallos. La discusión se torna cada vez más personal y apasionada, hasta el momento en que Luis amenaza a Leonor con ejercer sus derechos de esposo y hacerle abandonar por la fuerza el territorio de Antioquía. Entonces, estupefacto, recibe esta inesperada respuesta: haría bien en demostrar sus derechos de esposo pues a los ojos de la Iglesia su matrimonio era nulo. Eran parientes en grado prohibido por el derecho canónico.

Cortando por lo sano la disputa, Luis se retiró y pidió consejo a uno de sus íntimos, el templario Thierry Galeran; otro motivo de desacuerdo entre el rey y la reina, pues ésta detestaba a Thierry, quien le correspondía en igual medida. Sabía el templario que, a sus espaldas, Leonor se burlaba de él cruelmente, pues era eunuco. Pero Luis seguía de buen grado sus consejos. Thierry y los demás barones no vacilaron en indicar al rey que la única solución era la de proceder con dureza. Esa misma noche el ejército franco dejaba Antioquía llevando consigo, de grado o por la fuerza, a la reina Leonor.

Arthur Hugues



La cruzada fue un fracaso y los reyes de Francia embarcaron en naves distintas rumbo a Europa. El rey de Sicilia estaba entonces en guerra declarada con el emperador de Bizancio y con la llegada de la primavera se reanudaron los combates navales. El navío que llevaba a Leonor y su séquito cayó en poder de los griegos, pero un nuevo ataque de los normandos de Sicilia la liberó. Tres semanas estuvo el rey sin noticias de su esposa, y por fin supo, al cabo de este tiempo, que estaba en Palermo sana y salva.

Los reyes se encontraron de nuevo en Potenza, donde fueron recibidos con muchos honores por el rey normando de Sicilia. Allí supieron del fallecimiento de Raimundo de Poitiers. Las fatigas, las emociones (acaso también el pesar) minaron la fortaleza imperturbable que hasta entonces había mostrado Leonor. Cayó enferma, y, para cuidarla, el regreso se hizo en cortas jornadas con una parada un poco más larga en la célebre abadía benedictina de Montecasino.


El papa Eugenio III estuvo informado de las desgracias del ejército cruzado y de la llegada a Italia de la real pareja. Recibieron la más calurosa acogida. El Papa tuvo una prolongada conversación con cada uno de ellos, pues deseaba con toda su alma volver a unir a la joven pareja, ayudarla a reanudar la vida en común a la que se habían comprometido para el bien de sus pueblos, escuchar sus quejas, apaciguarlos, reconciliarlos. En cuanto al asunto del parentesco, no había que pensar en ello, pues la Iglesia sabía que había casos especiales y podía dispensarles. Luis se sintió visiblemente aliviado: su escrupulosa conciencia estaba inquieta, sin duda, por la cuestión del parentesco, que era cierta. El rey seguía enamorado de Leonor pese al rencor que podían despertar en él los incidentes de Antioquía.

Terminada la entrevista, los esposos parecían haber vuelto el uno al otro. El papa les condujo a la alcoba que habían hecho disponer para ellos: era suntuosa, adornada con cortinajes de seda - conocía los gustos de Leonor - y con un solo lecho. Los esposos pasaron algunos días en Túsculo y, finalmente, marcharon colmados de regalos y de las solícitas palabras del Pontífice.

El 11 de noviembre de 1149, los reyes llegaban de nuevo a orillas del Sena y como prueba tangible de su reconciliación había de nacer un segundo vástago al año siguiente. Pero no era el heredero del trono que ambos deseaban vivamente; como la primera vez, se trataba de una niña, Alix.


Fuentes:
Régine Pernoud, Leonor de Aquitania
2005. Éditions Albin Michel, S.A.

domingo, 16 de mayo de 2010

MERCEDES DE ORLEÁNS, Reina de España ( I )


El séptimo vástago de los duques de Montpensier, la infanta Luisa Fernanda de Borbón y el príncipe Antonio de Orleans, vino al mundo en Madrid el 24 de Junio de 1860. Resultó ser una niña a la que llamaron María de las Mercedes, siendo declarada infanta de España. Su tía era la reina Isabel II de España. Fue bautizada al día siguiente de su nacimiento, dentro de un gran ritual digno de una Infanta, en la capilla de Palacio. El 18 de julio del mismo año, con apenas un mes desde su nacimiento, sale por primera vez de su real residencia, para, siguiendo una tradición que llega hasta nuestros días, visitar y ser presentada a la Patrona de la Corte, Nuestra Señora de Atocha.

La familia Montpensier residía generalmente en Andalucía, donde gozaba de bastante popularidad y la infancia de Mercedes transcurrió entre Sevilla, Sanlúcar de Barrameda y el campestre palacio de Villamanrique, viajando a la Corte de Madrid en vacaciones. De ahí que Mercedes conserve desde sus primeros años el ceceo andaluz, ese inconfundible acento del sur. Contando siete años de edad, en Madrid todavía, se despertó un día bañada en lágrimas abrazando a su madre y diciéndole que acababa de soñar que su tía la reina había sido destronada “ y que tenían que huir todos a otro país”.



Un año justo después estalló “La Gloriosa” y se cumplió la pesadilla de la niña. La revolución que arrebató la corona a la reina Isabel II en el otoño de 1868 supuso también el exilio para todos los miembros de su familia y los Montpensier se exiliaron primero a Portugal y después a Francia, residiendo desde entonces en el castillo de Randan, en Auvernia. El intrigante duque de Montpensier haría alguna esporádica aparición en España, pretendiendo ser incluido en la lista de candidatos al trono en aquella búsqueda de Rey a la que se lanzó el general Prim y Mercedes, a los diez años de edad, supo que su padre había matado de un tiro en la cabeza al infante Enrique de Borbón, en un duelo en un descampado de Carabanchel. El infante Enrique era cuñado de Isabel II y también pretendía el trono. Las Cortes votan para elegir al rey de España el 16 de noviembre de 1870, quedando descartado Antonio de Orleans al ser elegido Amadeo de Saboya.

El príncipe Alfonso se educaba en el prestigioso colegio Theresianum de Viena y hasta allí acudió Montpensier para visitar a su sobrino y fotografiarse con él, enviando centenares de copias de la fotografía a los partidarios borbónicos, pues a pesar de que por aquellas fechas ya había sido entronizado Amadeo I, los alfonsinos auguraban que no pasaría mucho tiempo en ser llamado a ceñir la corona el joven hijo de Isabel II. Y Montpensier deseaba aparecer como la persona más adecuada para desempeñar la regencia de su sobrino, si era todavía menor de edad cuando fuese proclamado Rey.


Los Montpensier invitaron a Isabel II y a su hijo el príncipe Alfonso a pasar unos días en el castillo de Randan en las navidades de 1872. El joven Alfonso tiene quince años y Mercedes doce, pero su tía Isabel no puede por menos que exclamar al verla ahora:

- ¡Cómo ha crecido esta niña! ¡ si parece ya una mujer!.

Y una mujer debió parecerle al regio adolescente, puesto que se enamoró de ella. Mercedes era una muchacha bajita, de cara muy redonda, cabellos y ojos negros, linda, gentil, alegre y desenvuelta, heredera del carácter desenfadado de su madre y, sobre todo, de su tía. La estancia de la Reina y su hijo en Randan solamente duró tres días y Mercedes despide a su primo con estas palabras:

- Un día te llamarán los españoles y te despertarás siendo Rey y todos regresaremos a España.




En el verano de 1873 vuelven los dos jóvenes a encontrarse en París y se las ingenian para verse fuera del ambiente familiar, acudiendo Mercedes al Bois de Boulogne acompañada de una dama y Alfonso escoltado de un ayudante. La joven pareja de enamorados caminaban por los senderos llevando enlazadas las manos, seguidos a una distancia prudencial por la dama y el ayudante. Mercedes estaba persuadida de que su primo sería proclamado Rey y le decía una y otra vez:

- Cuando entres en Madrid te arrojarán flores desde los balcones y tu irás montado en un caballo blanco, completamente blanco.

De nuevo se separaran al comenzar el curso y casi un año permanecerán sin verse. Isabel II rehusa con tontos pretextos la invitación que le hacen los Montpensier para pasar unos días en Randan, como la vez anterior, acompañada de su hijo. Es lo suficientemente intuitiva y sagaz para sospechar que su hijo "anda sorbiendo los vientos detrás de esa cucamonas". No está dispuesta a facilitar en absoluto semejante noviazgo, sino todo lo contrario, por lo que con su desparpajo habitual dice a las personas de su mayor intimidad, refiriéndose a Mercedes : “ ¿Con que una mosquita muerta, eh? ¡Sí, una mosquita muerta pero de cuidado! ” y que su hermana Luisa Fernanda es una “ intrigante casamentera ”, a quien ella está decidida a chafar los planes.

Mercedes escribe en su diario íntimo estas palabras:
"Seré suya o de nadie".
Un día en el colegio, cae en manos de la madre superiora el retrato del joven Alfonso con una encendida dedicatoria a su novia, ordena llamar a Mercedes y la reprende "que es demasiado joven para pensar en noviazgos y frivolidades que conducen invariablemente al pecado mortal". Le devuelve el retrato pero ese día Mercedes lloraría sin comprender nada en la soledad de su pequeña alcoba conventual.

Alfonso XII


Isabel II resuelta a impedir por las buenas o por las malas todo lo que signifique un posible matrimonio de su hijo con la joven Montpensier, ordena a dos mayordomos de su máxima confianza que se pongan en guardia y vigilen los pasos de su hijo. En el verano de 1874, nuevamente coinciden Alfonso y Mercedes en París por unos días y éste logra reanudar secretamente los paseos con su prima por el Bois de Boulogne, escoltados por la discreción de la dama de la infanta y del ayudante del príncipe. Alfonso debía partir a Inglaterra para iniciar su formación militar en la prestigiosa Academia de Sandhurst y una tarde, poco antes de la hora en la que la pareja se despedía habitualmente, el príncipe estrecha entre sus brazos a Mercedes y le expresa con un largo beso un deseo que está acariciando desde hace tiempo:

- Quiero que tengas un recuerdo mío .

La joven le responde que lo lleva en el corazón y que, además, cada noche al acostarse besa su retrato.

- No basta - añade él-. Mereces algo más que un retrato.

Y los dos, seguidos a discreta distancia por la carabina y el ayudante, entran en una joyería. Mercedes elige un sencillo brazalete con un trébol pero Alfonso había calculado mal sus posibilidades económicas, por lo que al decirles el joyero el precio de la pulsera, hubo de renunciar a adquirirla. Mercedes, sonriente y divertida, se encoge de hombros y Alfonso susurra en sus oídos ante el perplejo joyero:

- Es un poco cara y yo casi no llevo dinero, ¿sabes?… Tendrás que esperar. Te la compraré cuando sea Rey.




El 29 de diciembre de 1874, Alfonso es proclamado rey de España y el 4 de Enero los duques de Montpensier ofrecen una comida de despedida en honor del nuevo monarca que reúne a las dos familias y a numerosos españoles residentes en Francia. Alfonso aparta a Mercedes del grupo y en privado le dice:

- Nada ha cambiado para mí; si soy rey, tú serás mi reina, y prefiero dejar de serlo antes de que dejes de ser mi mujer.

La conversación, que ha sido escuchada por alguien cercano, llegará también a oídos de Isabel II, aún reticente a dar su visto bueno a la relación. Dos días después, cuando la familia real dice adiós a Alfonso en la estación de ferrocarril de París, en su camino a España, éste insiste nuevamente a su prima:

- Mercedes, espérame; me esperarás, ¿verdad?.




El 14 de Enero, el joven monarca hace su entrada triunfal en Madrid a lomos de un caballo blanco como la nieve y desde los balcones y terrados arrojan flores a su paso entre vítores, tal y como había augurado Mercedes. Alfonso XII pese a su decidido propósito de llevar a Mercedes al altar, intención que solamente ha confiado a sus hermanas las infantas Eulalia e Isabel, comprende que es mejor aguardar algún tiempo, ocupándose entre tanto de poner fin a la guerra civil que dura casi tres años e ir luego, bajo la inteligente dirección política del gran estadista don Antonio Cánovas del Castillo, poniendo las bases para otro período de la Monarquía a la que era necesario dotar de una nueva constitución.


Isabel II de España


Los Montpensier regresan pronto a España y se instalan en el sevillano palacio de San Telmo, pues Cánovas no quiere que el intrigante Duque de Montpensier pulule por Madrid. En el verano de 1876 volvía también del exilio la reina Isabel II y al año siguiente Alfonso XII pone a disposición de sus tios y de sus hijos, el palacio de la Granja. Tiene así ocasión de ver con cierta comodidad a Mercedes, ya que el Monarca reside en estas fechas en El Escorial con su madre y sus hermanas, pero acude a la Granja con frecuencia pretextando que también pasa allí el verano su hermana Isabel.

El jefe del Gobierno proyectaba casar al joven monarca con la princesa Beatriz de Inglaterra, hija menor de la reina Victoria, e incluso parece ser que, sin dar de ello previo conocimiento a su soberano, inició Cánovas algunos tanteos en tal sentido. Pero Londres dio inmediatamente una respuesta negativa, ya que se exigía que la princesa británica había de abjurar del anglicanismo e ingresar en el seno de la Iglesia Católica antes de convertirse en Reina de España.


Alfonso demostrará excepcionalmente su voluntad de ser "hombre antes que rey", espetándole a su madre aquellas palabras:

- Existen dos cosas en las que jamás voy a ceder aunque me cueste la corona: la libertad religiosa, que nunca suprimiré, y mi libertad personal a la hora de elegir una esposa.

El Rey le respondería a Cánovas, ante sus objeciones al compromiso con la hija del duque de Montpensier:

- Me tiene por completo sin cuidado un azar incierto. Quiero casarme con la mujer que amo y ésta es una princesa real mucho mejor que cualquier otra y espero envejecer con ella en el trono.




El rey Alfonso visita en El Escorial a su madre para rogarle que otorgue su consentimiento al matrimonio con Mercedes. La soberana se niega, llora y discute amargamente con su hijo haciéndole ver la humillación que para ella supone ver convertida en reina a una hija de Montpensier, un traidor a la familia cuyo dinero sirvió para derrocarla. Pero Alfonso está decidido y no dará marcha atrás.

Sin embargo, Isabel II está dispuesta a presentar batalla contra Montpensier manifestando públicamente su hostilidad hacia el noviazgo: " Contra la muchacha no tengo nada pero con los Montpensier no transigiré nunca ", declara tajante ante los embajadores de Francia, Alemania y Rusia, a los cuales ha convocado en El Escorial para explicarles las razones de su oposición y pedirles ayuda internacional para bloquear el compromiso del rey de España, así como fotografías y nombres de princesas casaderas de sus respectivos paises.

Alfonso defiende su noviazgo contra viento y marea. El 24 de septiembre reúne a las dos familias con motivo de un almuerzo campestre en el real sitio de El Escorial y ante todos ellos adquiere el compromiso formal de casarse con Mercedes, a la cual entrega como regalo un medallón de brillantes con la fecha del día y un mechón de su cabello.


Los Montpensier se trasladan a Sevilla y es cuando Mercedes escucha la predicción de una gitana:

- Gracia y Hermosura rodean tu vida y veo en tu diestra una corona de reina. Veo que con ella serás coronada por gracia de tus virtudes y por virtud de tus gracias. Un rey y un pueblo se pondrán de rodillas a tus pies, pero ...

Repentinamente, la gitana enmudece y aparta los ojos de la mano de Mercedes. La envuelve con una extraña, indescifrable mirada y desaparece sin más. Es inútil que la joven, que corre tras la nigromante sin dar con ella, exclame:

- ¿Qué más has visto en mi mano?.

Una pregunta que queda para siempre flotando en el aire.



Antonio Cánovas del Castillo



Isabel II disgustada por la determinación de su hijo decide irse del país y se traslada a París, dejando que su ausencia alimente aún más la polémica de esta boda, cuyos preparativos avanzan con rapidez. Tras su reciente separación, los enamorados se intercambian cartas diariamente que un criado del rey se encarga de llevar y recoger en el tren que viaja entre Madrid y Sevilla. Alfonso guarda esas cartas en un cofre que hasta el final de sus días esconderá debajo de la cama y poco antes de su muerte hará quemar para que nadie más pueda jamás leerlas.

El Consejo de Ministros se reúne para dar una resolución definitiva a su boda y discutir otras opciones de matrimonio de Estado. Cánovas sabe que el soberano será capaz de abdicar si se le obliga a prescindir de Mercedes y, como gran político, presenta ante sus ministros la cuestión de forma tal que ninguno de ellos se atreve a oponerse. El 6 de diciembre se anuncia oficialmente el compromiso matrimonial. El pueblo se complace con las circunstancias de que la elegida sea española y que el rey se case por amor. La boda se convierte en un acontecimiento extraordinariamente popular.


Aunque el rey no necesita la aprobación parlamentaria para casarse, la nueva constitución prevé que el gobierno debe al menos comunicarlo a las cortes, donde será objeto de debate y votación. Cánovas lee ante los diputados la determinación del rey de casarse con su prima y a continuación se escuchan las duras intervenciones de algunos diputados que se oponen tajantemente argumentando que la familia Orléans será dañina para la monarquía española y que este matrimonio real no aporta al Estado ningún beneficio en relaciones internacionales y convierte en suegro del rey a Montpensier, uno de los diputados diría que nada tiene contra la novia pues "los ángeles no se discuten".

Para contrarrestar las críticas, Cánovas anuncia por sorpresa que en atención a la precaria situación de la Hacienda Real, Mercedes renuncia a la asignación económica que le corresponde como reina y financiará sus gastos personales del capital privado del rey. El duque de Montpensier ha concedido a su hija una espléndida dote que comprende fincas, acciones, joyas y dinero en efectivo por valor de más de un millón de pesetas. Cinco días después las Cortes votan: 311 votos a favor del casamiento y cuatro en contra. El matrimonio real queda aprobado por abrumadora mayoría. Se celebrará en Madrid al cabo de ocho días, el 23 de enero de 1878.



Una comisión encabezada por el marqués de Alcañices parte de inmediato a Sevilla para pedir al duque de Montpensier la mano de su hija. Al margen de las correspondientes formalidades y contestación oficial, el duque responde a Alfonso breve y contundentemente por la vía privada: "Sabes que la contestación será un "sí" como lo deseas y lo desea también tu respetuoso y afectísimo tío. Antonio de Orleans". La infanta se siente a ratos abrumada por el interés que su persona despierta. Comisiones de toda Andalucía solicitan audiencia en San Telmo para conocerla en persona y felicitarla. Mercedes, vestida y enjoyada con sencillez, recibe a todos con amabilidad y dulzura, confirmando la buena fama que la precede.

Alfonso pasa las fiestas navideñas con ellos cuando ya se ha fijado la fecha de la boda. Acompañado de su hermana Isabel, cómplice y consejera, disfrutará de unos días de radiante felicidad, en los que se suceden comidas familiares y saraos de todo tipo en los cuales la presencia de los novios arranca efusivos aplausos de muchos concurrentes.




Se ha acordado que la madrina de la boda sea la anciana ex reina Maria Cristina, abuela de ambos prometidos, la cual llega a Madrid con Francisco de Asís de Borbón, esposo de Isabel II, que actuará como padrino. El día de la boda real, Madrid amanece soleado. Desde primeras horas de la mañana las calles se encuentran abarrotadas de gente, hasta el punto de que los balcones por donde pasará el cortejo nupcial se alquilan a elevados precios. Mercedes se viste en Aranjuez con el traje de novia cosido en Andalucía y regalo del rey, que también se ha ocupado de que esa misma mañana le llegue un ramo nupcial de flores frescas de azahar y jazmín traídas directamente de Sevilla.

En el zagúan del palacio de Aranjuez se ha habilitado un apeadero donde se espera el lujoso vagón de tren, enteramente tapizado en blanco, que traslada a la futura reina y su familia hasta la Estación del Mediodía en la capital, a donde llega a las diez de la mañana. Se ausentará la anciana María Cristina, que se ha puesto enferma y no podrá asistir a la ceremonia, lo que obliga a improvisados cambios: su nieta la infanta Isabel, princesa de Asturias, ejercerá de madrina en su representación. El cortejo de carrozas se pone en marcha hacia la basílica de Atocha, donde la espera el rey. Y a mediodía en el altar mayor de la basílica de Atocha, ella y Alfonso XII se convierten en marido y mujer.


Al terminar la ceremonia religiosa, el fastuoso cortejo recorre las calles hasta el palacio real. Su paso fue saludado en más de una esquina por rondallas que cantaban con aire de jota:

Quieren hoy con más delirio
a su Rey los españoles,
pues por amor se ha casado,
como se casan los pobres.


Se suceden los saraos en Palacio y en algunas mansiones de la nobleza, alternando con festejos populares y corridas de toros. El día de la boda se inaugura en algunos puntos de Madrid el alumbrado eléctrico y las plazas que han gozado del privilegio de tal primacía; Puerta del Sol, Cibeles y Neptuno, aparecen en la noche con una animación inusitada, atrayendo de todos los barrios de la Villa y Corte a la gente deseosa de bañarse en el resplandor luminoso tan distinto del mortecino que irradiaban las viejas farolas de gas. Isabel II desde Paris escribió una conmovedora carta a sus hijas las infantas rogándoles que transmitieran a Alfonso “ la certeza de su cariño en fecha tan significativa ” y disculpándose por no poder ser testigo presencial del fausto evento.


Fuentes:
Fernando Gonzalez-Doria. Las Reinas de España. 1989 Editorial Bitacora S.A
José Antonio Vidal Sales. Crónica íntima de las reinas de España. 1993 Editorial Planeta S.A
María José Rubio. Reinas de España, Siglos XVIII-XXI de María Luisa Gabriela de Saboya a Letizia Ortiz. 2009 La Esfera de los Libros S.L
http://www.archimadrid.es/catedral/reina/default.htm

MERCEDES DE ORLEÁNS, Reina de España ( II )



El 31 de enero los Reyes acuden a inaugurar el Hipódromo instalado al final del paseo de la Castellana y el 17 de febrero solemnizan con su presencia la sesión de Cortes, para comenzar una nueva legislatura, pronunciando el monarca uno de los mejores discursos de su reinado. La pareja real, sentada en el trono colocado en el testero principal del salón de sesiones del Congreso, no podía ni quería disimular su felicidad. Hasta que la enfermedad de Mercedes vino a cubrir con negro nubarrón la dicha de los Reyes, puede decirse que los cinco meses que había de durar su matrimonio fueron de ininterrumpida luna de miel.

La nueva Reina atendía sus deberes de soberana y acogió entusiasmada la idea de un gran templo para cobijar a la Virgen de la Almudena de la que era devota, que también contó con las simpatías de su suegra la Reina Isabel II, quien donó para ella parte de sus joyas. La Reina Mercedes cedió para tal fin los terrenos adyacentes a la Plaza de la Armería, así desde su ventana podría cada día divisar la silueta del templo.




La personalidad cándida de Mercedes se impone tímidamente en la vida de la corte. La nueva reina no quiere rodearse de excesiva parafernalia sino, ante todo, ser la esposa del rey. Un inusual aire de frescura y alegría domina en este tiempo en palacio, debido a la juventud de la familia que lo habita: el rey tiene sólo veintiún años, Mercedes diecisiete y las hermanas del rey: Isabel, Pilar, Paz y Eulalia; veintiséis, dieciséis, quince y trece, respectivamente. A la soberana le encanta pasar el tiempo junto a sus primas menores, asistir a sus clases y pasear con ellas por los jardines de palacio, donde a veces el propio Alfonso se suma a los divertimentos, hasta que la princesa de Asturias les riñe y recuerda la compostura y las obligaciones a que se deben.

Mercedes no tiene interés por entrometerse en política ni cuestiones de Estado. Todo lo que hace Alfonso le parece bien y su principal motivación personal es que los asuntos que rodean a su esposo se lleven con puntualidad y a su gusto. La reina quiere a su lado damas de su generación, a las cuales piensa distinguir con una insignia de piedras preciosas, diseñada por el pintor Madrazo, que llevará las iniciales "R.M" entrelazadas. Mercedes tiene un acusado sentido de la caridad y es extremadamente generosa, escuchando cualquier petición de ayuda y favores. Dice un cronista que: La jornada de la reina era muy sencilla. Se levantaba pronto y, después de oír misa, desayunaba, disponía el arreglo de las flores en las habitaciones, despachaba la correspondencia y, acompañada de sus cuñadas, se desplazaba a los barrios para hacer la caridad por sí misma, llevando su presencia al necesitado y al enfermo. Las hermanas de Alfonso XII la idolatraban.


En su diario dejó escrito la infanta Paz: “Mercedes era para nosotras como una hermana mayor. Me enseñó a hacer labores para los pobres. Ella y Alfonso estaban muy enamorados”. Y la infanta Eulalia dice en sus memorias que “ … aquella historia de amor era quizás demasiado bella para ser duradera. Su matrimonio fue una continua luna de miel…”.

Dos meses después de la boda, se siente indispuesta y el médico de palacio dictamina después de examinarla que acaba de sufrir un aborto, del cual es inmediatamente tratada. Alfonso se siente contrariado por este primer embarazo frustrado. La reina tarda casi dos semanas en recuperarse recluida en sus habitaciones y promete tener más cuidado e incluso prescindir de sus paseos a caballo si es necesario, con el fin de lograr que una nueva gestación salga adelante sin contratiempos. Mercedes es sometida a un legrado que, según opinión posterior de otros eminentes médicos de la época, no fue bien practicado y supuso el detonante de una infección que mermó su salud. Desde ese momento la joven soberana no parece la misma; el cansancio y la debilidad la atenazan.

Las ceremonias de la Semana Santa la agotan. El Jueves Santo cumple con la tradición del "lavatorio de pies" a doce mujeres pobres, en el salón de columnas de palacio, que la somete al esfuerzo de levantarse y arrodillarse numerosas veces, recién salida de su convalecencia. A esta ceremonia sigue el recorrido a pie por las calles de Madrid para visitar los sagrarios en diferentes iglesias, la procesión del Corpus y la corrida de toros.



A finales de abril, Mercedes reconoce abiertamente su fatiga, que sigue arrastrando días después en visitas a establecimientos benéficos. A principios de mayo, la familia real se traslada por dictamen médico al palacio de Aranjuez durante unos días pues se supone que un cambio de aires y una vida más sosegada pueden mejorar la salud de la reina. La acompañan sus cuñadas y aunque Alfonso tiene que permanecer en Madrid por sus obligaciones, acude frecuentemente a visitar a su esposa. Los paseos al aire libre parecen reconfortarla y a mediados de mayo se encuentra suficientemente repuesta como para regresar a Madrid y soportar el intenso programa de actividades de la feria de mayo.

Los reyes están felices pero Mercedes no supera su malestar y cansancio crónico, lo cual hace pensar a los médicos que está de nuevo embarazada. Nadie imagina que la soberana es víctima de una grave infección y durante varias semanas los vómitos, mareos y fuerte dolor de cabeza que padece se achacan a su estado de buena esperanza y se le exige paciencia.



La reina, siempre discreta, no quiere alarmar a Alfonso y se presta muchas veces a acompañarlo en actos oficiales a pesar de sentir fiebre y escalofríos. Su extraña palidez así como su aire melancólico, impropio de ella, comienzan a ser notorios en público. Los comentarios sobre la salud de Mercedes están ya en la calle aunque nada se deja traslucir desde la casa real. Cuando en el Teatro Real se estrenó el drama de López de Ayala titulado “Consuelo”,
los Reyes estaban en el palco de honor y sería una de las últimas apariciones que hizo en público la reina.

El dia de San Antonio se suspende un almuerzo en palacio debido al grave malestar de la reina. El monarca se inquieta ante la falta de un diagnóstico claro sobre sus dolencias. Esa noche, alarmado por los vómitos que sufre su esposa, el rey ordena despertar a los médicos para que acudan con urgencia a la cámara real a atenderla pero éstos insisten en que no hay mejor tratamiento que el reposo absoluto hasta que los incómodos síntomas pasen. La joven soberana lleva ya más de un mes enferma pero en palacio cunde un absoluto mutismo. Los rumores que se escuchan sobre el asunto obligan a la Gaceta, el 18 de junio, a publicar el primer parte médico oficial reconociendo que la reina viene sufriendo molestias asociadas a embarazo, que lejos de remitir, han dado lugar a un extraño proceso de altas fiebres.




Alfonso, alarmado por la repentina gravedad de Mercedes, anula toda actividad de gobierno para centrarse en su curación para lo cual ordena incluso suspender la música de trompetas del Alcázar y cubrir de arena la calle Bailén para que el ruido de las carrozas no perturbe el sueño de la enferma, que apenas ha podido dormir en unos días. El 20 de junio se envía un telegrama a los duques de Montpensier, que se encuentran fuera de España, para que regresen con urgencia. Mercedes es ya consciente de que la vida se le escapa y, en su debilidad, reza con devoción. La reina quiere tener constantemente a su lado a Alfonso, al cual agarra de la mano y ruega dulcemente, entre delirios de fiebre, que no se vaya. El rey parece consternado e incrédulo ante la situación. Durante la noche del 22 de junio la reina sufre una fuerte hemorragia intestinal.

Pronto las habitaciones de la mayordomía del Palacio Real se vieron invadidas de cortesanos, políticos, militares y diplomáticos, que estampaban sus firmas en las blancas páginas de grandes libros. El pueblo se congregaba silencioso y triste ante el Palacio Real, atestando la plaza de Oriente. Y hasta las vendedoras de frutas y verduras de la calle de Toledo encabezaron una suscripción para ofrecer un donativo a la Virgen de la Paloma a fin de que, por su intercesión, la reina recobrara la salud y pudieran verla por las calles derrochando su alegría de vivir. Alfonso, hundido moralmente, no se aparta del lecho de su moribunda esposa, quien cumple el día 24 de este mes de junio de 1878 los dieciocho años de edad. Disparan las baterías artilleras, desde la Casa de Campo, las salvas de ordenanza en el cumpleaños de la soberana cuando el cardenal primado de España le está dando la extremaunción, preguntándole luego:

- ¿ Sentiría Vuestra Majestad dejar este mundo … ?.
 

Y Mercedes con aquella sencillez que le había ganado tantos corazones e intentando aún sonreír, responde: 

- Sí, Eminencia, lo sentiría … sobre todo por Alfonso …



El 25 de junio la joven soberana se despierta por la mañana con leve mejoría y renacen las esperanzas de curación. El patio de palacio se llena de gente interesada por su salud, los políticos acuden a informarse personalmente con verdadera preocupación. Por la tarde, sin embargo, los partes médicos resultan cada vez más desalentadores, porque la reina presa nuevamente de la fiebre pierde el conocimiento y no reacciona a ningún tratamiento de choque. Su agonía va a ser larga, más de trece horas, durante las cuales Alfonso se aferra a las manos de su esposa implorando un milagro. A las doce y diez minutos del mediodía del 26 de junio dejaba de existir la reina Mercedes.

El cadáver de la joven soberana fue amortajado según sus deseos con hábito de la Orden de la Merced. En el espléndido salón de columnas del palacio real se instala su capilla ardiente, por la cual desfilan más de setenta mil personas deseando ver por última vez el rostro de la reina. El rey acude una sola vez a la sala funeraria pero no resiste la visión de su esposa muerta. Sus restos fueron llevados a El Escorial, siendo sepultada en un nicho labrado en la propia basílica escurialense, concretamente en una pequeña capilla lateral junto al altar mayor del templo. Alfonso XII encargará personalmente la lápida con estas palabras: “ Maria de las Mercedes de Alfonso XII, la dulcísima esposa”. El 8 de noviembre de 2000 los restos mortales de María de las Mercedes fueron trasladados a la Catedral de la Almudena de Madrid, cumpliendose la voluntad de la soberana de ser enterrada a los pies de la Virgen.




¿Se pudo haber evitado su muerte? 

El parte oficial que publican los periódicos, firmado por el médico de cámara, marqués de San Gregorio, dictamina como causa del fallecimiento una fiebre gástrico-nerviosa, acompañada de grandes hemorragias intestinales. Algunos historiadores creen probable que la reina haya muerto de tifus, quizás contraído a raíz de la debilidad que le causó la infección del primer aborto. Sin embargo, el eminente doctor Rubio, que acudió a palacio a petición expresa del duque de Montpensier para reconocer a la reina en los días previos a su muerte, aunque no se atrevió a plasmarlo por escrito, reconoció ante su familia en privado que la reina se moría como consecuencia final de aquel mal legrado que le practicaron tras el aborto.

El impacto social que produjo la prematura muerte de la reina María de las Mercedes y la desolación del rey que abandonó la Corte, retirándose al Palacio Real de Riofrío, hizo popular una tonadilla, basada en un antiguo romance español, que convirtió en mito la historia de amor entre Alfonso y María de las Mercedes. El romance real fue llevado al cine en dos ocasiones, con las películas ¿Dónde vas Alfonso XII? y ¿Dónde vas triste de ti?. En 2003, María Pilar Queralt del Hierro publicó la novela histórica "De Alfonso la dulcísima esposa" (Editorial Lumen) donde se narra con amenidad pero con gran rigurosidad documental, la vida y los amores de la malograda reina de España.



Fuentes:
Fernando Gonzalez-Doria, Las Reinas de España. 1989 Editorial Bitacora S.A
José Antonio Vidal Sales, Crónica íntima de la reinas de España. 1993 Editorial Planeta S.A
María José Rubio, Reinas de España, Siglos XVIII-XXI de María Luisa Gabriela de Saboya a Letizia Ortiz. 2009 La Esfera de los Libros S.L
http://www.archimadrid.es/catedral/reina/default.htm

sábado, 15 de mayo de 2010

LEONOR DE AQUITANIA ( III )

A unas cuantas etapas de Constantinopla, en los alrededores de Nicea, los cruzados se toparon con la vanguardia del ejército alemán: las tropas estaban en un estado lamentable, hambrientas y extenuadas. En realidad, el día en que Manuel Comneno anunciaba al rey de Francia la pretendida victoria acababa de saber que los cruzados alemanes habían sido derrotados. Se habían extraviado por culpa de los guías bizantinos. Quedaba de manifiesto que el emperador de Bizancio estaba en connivencia con los turcos y que negociaba con ellos mientras colmaba de honores a los reyes de Francia. Para evitar un destino semejante al del emperador germánico, Luis eligió un itinerario más largo pero más seguro. Se dio la orden de avanzar en filas tan apretadas como fuera posible; se confió la vanguardia al conde de Maurienne, tío del rey, y a Godofredo de Rancon, que era uno de los vasallos de la reina.



Cuando llegaron a los desfiladeros de Pisidia, el rey Luis, que vigilaba la retaguardia, encareció a todos los combatientes doblar la prudencia pues era un paso peligroso. Había que franquear angostos desfiladeros donde estarían expuestos a la amenaza de los turcos. ¿Qué ocurrió exactamente? ¿ Desatendió la consigna Godofredo de Rancon? De todos modos fue él quien se aventuró por los desfiladeros que no se habían de pasar hasta el día siguiente y perdió el contacto con el grueso de la tropa. Esto era lo que esperaban, desde unos altos cercanos, los escuadrones turcos que, protegidos por las cimas, espiaban y aguardaban el momento en que les sería propicio sorprender al enemigo.

El grueso de la tropa, que formando una estrecha hilera escoltaba el equipaje, se vio de súbito rodeado por guerreros con armas ligeras y bajo una lluvia de flechas, no pudo ponerse en formación de batalla. En un espantoso desorden, en medio de los chillidos de las mujeres, se produjo verdadero pánico y hubo de pasar algún tiempo antes que la retaguardia, el rey y sus allegados, se percataran de lo que estaba pasando.


Ya en el lugar del combate, al rey le bastó una ojeada para apreciar la catástrofe a la que se exponía su ejército. Aquel día Luis se comportó como un caudillo y dio muestras de su valor. Reunió de nuevo a los soldados y formó con ellos un grupo que liberó los lugares más expuestos. De pronto se encontró completamente aislado, separado de sus tropas, y pudo salvarse con una hazaña digna de los cantares de gesta: se agarró de las ramas de un árbol que pendían a su altura y las usó como un resorte para saltar a lo alto de un peñasco y, pegado a la montaña, desde allí hizo frente él solo a toda una jauría que se le abalanzaba aullando. Por suerte para él, los enemigos no le reconocieron, pues, cuando fue sorprendido, sólo llevaba la cota de mallas, un escudo ligero y la espada al cinto, sin ninguna insignia que le distinguiera de sus hombres. Esto le salvó la vida; los asaltantes se cansaron y, como anochecía, los turcos empezaron a replegarse para ganar otra vez las alturas.


Al día siguiente, Godofredo de Rancon y los suyos, inquietos por verse separados del resto de la tropa, bajaron al valle y pudieron medir el desastre que había causado su negligencia: faltó poco para que se les cortara la cabeza. Se ignora si la reina se hallaba, como algunos han insinuado, en la vanguardia que se había comportado con tanta insensatez o si estuvo, con todo su séquito, con la parte del ejército que sufrió el ataque pero bastó que uno de sus vasallos favoritos estuviera al frente de la vanguardia para que la responsabilizaran del incidente. Se los miró con rencor a ella y a los aquitanos en general. Al cabo de algunos días consagrados a enterrar a los muertos, a curar a los heridos y a reparar bien o mal los estragos, el ejército reanudó su marcha.


Arthur Hugues, La Belle Dame Sans Merci



Por fin, tras tantas fatigas, retrasos y peligros, el rey y la reina de Francia se hallaban en territorio amigo y pisaban Tierra Santa. Era el 19 de marzo de 1148. Hacía diez meses que se habían puesto en camino; para ellos y para sus compañeros Antioquía era un excelente refugio. Los reyes fueron acogidos con expresivas muestras de amistad por una multitud de caballeros, entre los que destacaba, por su elevada estatura, hermoso rostro y elegante túnica de seda, el tío de Leonor: Raimundo de Poitiers, príncipe de Antioquía.

Era, según los cronistas, “alto, mejor constituido y más apuesto que ninguno de sus contemporáneos; a todos sobrepujaba en el oficio de las armas y en asuntos de caballería”. Por su fuerza física y sus hazañas en los torneos, rivalizaba con Manuel Comneno. Además, le gustaba la poesía, los trovadores, la vida cortés y, como su padre, tenía el don de transformar los malos recuerdos en relatos divertidos. Había en su corte una atmósfera alegre. Luis y Leonor no iban a pasar más que diez días en la ciudad. Pero esas diez jornadas tendrían tan gran importancia en el curso de la historia y en su destino personal.


Saint George and the princess Sabra por Dante Rossetti



Parece indudable que en Antioquía la reina ganó una mala reputación. La acusaron de mantener relaciones con su joven tío, el apuesto Raimundo de Poitiers. Se dedicaron alegremente a hacer de ella una mujer de costumbres ligeras, una suerte de Mesalina que pasa de un amante a otro haciendo ostentación de su mala conducta, ya con los principales barones, como Godofredo de Rancon, ya con subalternos, como el condestable de Aquitania, Saldebreuil. ¿Tuvo realmente deslices con su tío? Un cronista, y no de los menores, Guillermo de Tiro, la acusa de ello; los demás testimonios son menos claros.


Fuentes:
Régine Pernoud, Leonor de Aquitania
2005. Éditions Albin Michel, S.A.


viernes, 14 de mayo de 2010

LEONOR DE AQUITANIA ( II )

El mismo año del nacimiento de su primera hija, Luis y Leonor, en el transcurso de los solemnes festejos que como todos los años reunían a su alrededor en navidades a los principales feudatarios, anunciaron en Bourges su intención de tomar la cruz. Luis creía que de esta manera cumplía con un voto que años atrás había hecho su hermano mayor Felipe, cuya prematura muerte hizo de él el heredero del reino de Francia. Sin duda alguna, el remordimiento que le había causado el terrible incendio de Vitry no era ajeno a esta resolución. La decisión del monarca francés causó gran sorpresa. Era el primer rey que se ponía en camino para la peregrinación armada.


Leonor había tomado parte muy activa en los preparativos. Un gran número de gentes del Poitou participaron en la expedición. Esto se deriva, probablemente, de que ella misma había hecho una gira por sus posesiones personales. Había recogido subsidios y animado a los hombres. En varias ocasiones vemos a Leonor, durante su gira por Aquitania, confirmar los privilegios de las abadías a cambio, sin duda, de una ayuda económica para la cruzada. Igualmente hace una donación a la abadía de Fontevraud. Antes de partir, los cruzados acostumbraban implorar las oraciones de monjes y monjas dándoles limosna. El tío de Leonor, Raimundo de Poitiers, y antiguo compañero de juegos – pues sólo le llevaba ocho años - estaba en Tierra Santa al frente del principado de Antioquía. Sin duda la perspectiva de volverle a ver no era ajena a la actividad que demostraba la reina.

La ruta a Tierra Santa estaba ya jalonada por los cadáveres de aquellos caballeros o pobres gentes que se habían reclutado desde las primeras expediciones que habían permitido la reconquista del feudo común de la cristiandad a los infieles y no se desconocían los sufrimientos que habían soportado quienes realizaron de punta a punta la primera de estas peregrinaciones armadas: tres años de camino por desiertos o desfiladeros repletos de emboscadas, teniendo por compañía el hambre, la sed y las flechas turcas. Pero su sacrificio les había valido la gloria ante Dios y ante los hombres, y entonces se tornaban sedientos de esta gloria celestial o terrenal que justifica todos los excesos.


Leonor tomó la cruz al mismo tiempo que su esposo. En contra de lo que a veces se opina, no hubo nada extraordinario. Desde la primera expedición fueron numerosos los señores que llevaron consigo a sus esposas. Desde luego no fue por haber llevado consigo a su mujer por lo que algunos de sus contemporáneos censuraron a Luis VII, sino porque Leonor y, arrastradas probablemente por su ejemplo, las demás mujeres que formaban parte en la expedición no se avenían a prescindir de sus doncellas ni a renunciar a un relativo bienestar en el curso del prolongado viaje. De ahí el exagerado número de carros que atravesaron las llanuras de Europa Central hacia Hungría. La reina precisaba tapices para cada etapa, varias tiendas en caso de pérdida o de mal tiempo, vestidos para cambiarse a menudo, pieles para abrigarse y velos ligeros contra el bochorno, sillas y arreos de recambio, tinas, jofainas, joyas, toda clase de avíos para su adorno personal, para sus cocinas, etc… Por otra parte, tenía veinticuatro años, una salud a toda prueba y una extraordinaria resistencia para las largas cabalgadas.

Mientras, los guerreros imaginaban los desastres que podría sufrir un ejército sobrecargado de tantas bocas inútiles y pesados convoyes, los eclesiásticos censuraban los inevitables desórdenes que iban a resultar de ello. El hecho de que hubiese muchas doncellas y camareras en el séquito tendría como consecuencia que, desde el atardecer, en el vivac, hubiera muchas risas sospechosas y muchas idas y venidas furtivas en torno a las tiendas cuando fuese ya noche cerrada. La moral no saldría ganando nada con esas gentes comprometidas en una marcha piadosa.


Las dificultades se presentaron desde el principio: poco tiempo después de haber atravesado el Rhin, a la altura de Worms, estallaron aquí y allá altercados y peleas con la población alemana y no se dejaría de acusar a los alemanes de todas las fechorías imaginables. Más adelante, en Hungría, en Bulgaria, tuvieron dificultades para procurarse víveres, y también por culpa de los alemanes, que habían pasado antes por allí y habían agotado los mercados. Todo ello porque el emperador de Alemania, Conrado de Hohenstaufen, también se había hecho cruzado por la exhortación de San Bernardo.

Luis VII había prohibido rigurosamente el saqueo, pero se asustaba viendo que los gastos sobrepasaban sus previsiones en todas partes; en cada etapa tenía que enviar mensajeros a Suger - encargado en su ausencia del cuidado de su reino - en petición de dinero. Se necesitaron casi cinco meses para llegar a Constantinopla, el 4 de octubre de 1147.


Estando a una jornada de marcha de Constantinopla, la pareja real había sido acogida por los enviados del emperador de Bizancio, Manuel Comneno, con grandes saludos, honrosas deferencias y felicitaciones de bienvenida. Un cortejo de dignatarios les esperaba para escoltarles hasta el palacio de las Blanquernas. Y una multitud de personas curiosas acudió a su encuentro. Los reyes de Francia se dirigieron al palacio seguidos de una reducida escolta: el hermano del rey, Roberto de Perche, algunos de los grandes feudatarios y las doncellas de la reina.

Durante las tres semanas de su estancia, el rey y la reina iban a ver cómo se sucedían las fastuosas recepciones, los banquetes, las cacerías, en un escenario de cuento oriental. Para Leonor toda esta serie de imágenes mágicas fueron una verdadera revelación: Constantinopla eclipsaba cuanto había visto hasta entonces, sus sueños de esplendor se hicieron realidad. Las damas francesas tenían fama de elegantes y causaron gran impresión en los altos dignatarios de la corte. Quizá fue la misma Leonor la que introdujo una moda en aquel tiempo: la de los vestidos de mangas largas, que a veces llegaban al suelo y se abrían sobre un forro de seda para dejar libre el antebrazo, ceñido apretadamente de raso claro, que ponía de relieve la finura de la muñeca.


Tres semanas en este marco suntuoso habrían sido como estar en la gloria, si no fuera porque se presentaron algunos motivos de inquietud. La vecindad de la infantería franca con la población bizantina no carecía de roces. En el campamento de los cruzados, éstos se quejaban de los precios desmedidos que los comerciantes bizantinos cobraban por los víveres. Bajo la apariencia de una cortesía afectada, todos, del más humilde al más grande, experimentaban el profundo desprecio que se les tenía.

Luis, consumiéndose de impaciencia, no soportaba esta estancia en Constantinopla. Los refinamientos de la etiqueta bizantina le irritaban. Sus consejeros le pusieron en guardia: circulaban extraños rumores sobre las conversaciones del emperador Manuel Comneno con misteriosos emisarios de quienes se decía que eran turcos. Así, en cuanto pudo, organizó la partida. Al ir a despedirse Manuel, con semblante risueño, le dio cuenta de las noticias que había recibido del emperador Conrado: acababa de conseguir una gran victoria sobre los turcos en Anatolia y el enemigo había perdido más de catorce mil hombres. ¿Decía la verdad? …

Fuentes:
Régine Pernoud, Leonor de Aquitania
2005. Éditions Albin Michel, S.A.

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