domingo, 28 de febrero de 2010

LA PRINCESA DE ÉBOLI ( II y última )

Ana de Mendoza y de la Cerda



Don Juan de Austria mandó a Juan de Escobedo a Madrid en julio de 1577 para solicitar ayuda al rey. El hermano del soberano tenía el proyecto de casarse con María Estuardo pero incluso mostró inclinación de hacerlo con Isabel de Inglaterra, con el consiguiente disgusto de Felipe II. Tal actitud de su hermano sembró el recelo y la desconfianza en el monarca. Y Antonio Pérez procuró que esa desconfianza fuera cada vez mayor. Escobedo estaba obligado a visitar a la princesa de Éboli, como antiguo criado que había sido de aquella Casa y sin duda le debió de sorprender la familiaridad con la que entraba y salía de aquella casa, Antonio Pérez. Escobedo descubrió los amores ilícitos entre el secretario del rey y la princesa de Éboli e incluso se atrevió a reprochar a Ana de Mendoza sus escandalosas relaciones y la amenazó con denunciarla. La princesa replicó a esta amenaza de una forma chulesca: " Haced lo que queráis, Escobedo, que más quiero al trasero de Antonio Pérez que al Rey ".


Es posible también que Escobedo sospechara algo de las intrigas que allí se fraguaban e incluso de las filtraciones de graves materias de Estado. Ahora bien, si Juan de Escobedo había descubierto algo peligroso, esa noticia podía llegar a oídos del rey. Y de ello hizo alarde y fue entonces cuando firmó su sentencia de muerte. Antonio Pérez no podía estar bajo la amenaza de una delación. Tras decidir asesinar a Juan de Escobedo, el intrigante Pérez hizo creer al rey que Escobedo era quien empujaba a don Juan de Austria a las más atrevidas ambiciones, incluso a la de la rebelión para convertirse en el nuevo rey de España y que era necesario eliminar a Escobedo por razones de Estado. Se pensó primero en el veneno.



Tras dos intentos fallidos de envenenar a Escobedo, el primero como invitado en una comida en la casa de campo de Antonio Pérez y el segundo en otra comida en la casa madrileña del insistente Pérez, se introdujo al servicio de Escobedo a un sicario fuertemente sobornado para que envenenase su comida en la cocina. El pobre Escobedo lo pasó tan mal que tuvo que intervenir la justicia y como una esclava morisca estaba al servicio de Escobedo trabajando precisamente como pinche en la cocina, se la acusó de ser la malvada ejecutora de aquel envenenamiento. Como Escobedo volvió a salir airoso de ese percance, Pérez ideó otro plan.



El 31 de marzo de 1578, tres sicarios se apostaron en las cercanías de la casa de doña Brianda de Guzmán, amante de Escobedo. De allí vieron salir, ya entrada la noche, a Escobedo acompañado por varios criados todos con sus hachones para alumbrar el camino. Asaltándolos por sorpresa les fue fácil dispersar a los criados y uno de los asaltantes le dio una estocada en el pecho a Escobedo que le hizo caer del caballo, moribundo. Los criados de Escobedo dieron voces pidiendo auxilio alertando a los vecinos, escapando a duras penas de allí los tres asesinos, perdiendo sus capas en la precipitada fuga y algunos de ellos fueron reconocidos.

La familia de Escobedo alentada por Mateo Vázquez, otro secretario real rival de Pérez, pidió justicia al rey. Doña Constanza, viuda de Escobedo, acusó a Antonio Pérez y a la princesa de Éboli como culpables por sus tratos infames descubiertos por su marido.




Poco después, el 4 de agosto de 1578, murió el rey Sebastián de Portugal. Parece probable también, según Marañón, una intriga compleja de Ana y Antonio relacionada con la sucesión al trono vacante de Portugal. Intentaban casar a una hija de la princesa de Éboli con el primogénito del duque de Braganza, familia con posibilidades de heredar la corona contra los intereses de Felipe II. El rey conoció poco a poco los manejos políticos de Antonio Pérez a través de Mateo Vázquez y fue preparando pacientemente su caída. Para sustituirle en los asuntos de estado mandó llamar desde Italia al anciano político cardenal Granvela.

En mayo de 1579, Felipe II ya tiene en su poder toda la correspondencia de su hermano Juan de Austria que había fallecido hacía cinco meses en los Paises Bajos y pudo comprobar entonces la inocencia de su hermano y su lealtad, asi como el engaño en que había caido. Sus ambiciones habían sido grandes pero nunca había sido un traidor ni había maquinado rebelión alguna contra su regio hermano. Sin duda, esta revelación creo un problema de conciencia en Felipe II por su comportamiento injusto con su hermano.


Juan de Austria



Cuando el cardenal Granvela llegó el 28 de julio a Madrid, el rey hizo arrestar a Antonio Pérez y Ana de Mendoza al día siguiente. La princesa de Éboli fue arrestada en su casa, cerca de la medianoche, y llevada fuertemente custodiada al torreón de Pinto en penosas condiciones de encarcelamiento. Jamás se procesó judicialmente a Ana de Mendoza, sin que pudiese defender su inocencia y pedir una sentencia justa, aunque no dejara de reclamarla.

Algunos autores indican que la princesa no fue cómplice de los manejos políticos de Antonio pero los tuvo que conocer necesariamente y compartir algunos, de ser cierta su implicación directa en la sucesión portuguesa. En la documentación aparece la frase
" la hembra es el fermento de todo ". Además la situación para Antonio y Ana era diferente, pues Pérez poseía, o hizo creer al rey, papeles de estado comprometedores que impedían su reclusión sin proceso o su ejecución.

El primer proceso y condena contra Pérez fue por corrupción y no sería acusado hasta diez años después del asesinato de Escobedo. Por otro lado, la princesa de Éboli era una "Grande de España" con tratamiento de "prima" y los nobles de su nivel intercedieron durante su primer encierro en Pinto, como el duque del Infantado o su yerno el duque de Medina-Sidonia. Felipe II se vio obligado a sacarla de la prisión de Pinto por la intercesión del anciano rey-cardenal
Enrique de Portugal y sería trasladada a Santorcaz.


Felipe II de España, retrato de Sofonisba Anguissola



Una de las medidas más severas contra la princesa era que no podía ver a sus hijos. En la primavera de 1580, el rey ordena un régimen más benigno para Ana, le quitará al fiero guardián, don Rodrigo Manuel y a sus guardas y mandará, para que le releve, a un antiguo criado de la Casa de Éboli llamado Juan de Samaniego y le permite ver a sus hijos. La humillación para la princesa no podía ser mayor, ser vigilada y gobernada por un antiguo criado suyo. Ana de Mendoza lo tomó mal, de forma que decidió dejar de hablarle y no tratar ninguna cosa con él. El rey conquista Portugal y ella tiene esperanzas de recibir alguna merced de su parte, de hecho Felipe II tuvo sus dudas respecto a concederle la libertad. Pero todo siguió igual en Santorcaz y la princesa enfermó, tan grave que estuvo al borde de la muerte. El rey da la orden de que la princesa fuese desterrada a su palacio de Pastrana.

A los pocos meses de instalada en su palacio, la princesa parece que se está recuperando físicamente. En la Semana Santa de 1581, Ana de Mendoza había decidido salir de palacio para hacer la visita a la iglesia el día de Jueves Santo. El entorno de aquella villa tan grata para ella, sin duda contribuyó a levantar su ánimo, y tan rápidamente, que hasta se sospechó que no había estado tan enferma en Santorcaz e incluso que había montado una buena comedia, cuando todo el mundo hablaba de que tenía los días contados. Incluso se dice que la princesa fue tan insensata que se rodeó en su palacio de Pastrana de una cuadrilla de facinerosos capaces de cualquier maldad, manteniendo además un trato continuo con Antonio Pérez y derrochando su fortuna. Eso es lo que afirman historiadores como Gaspar Muro y Gregorio Marañón, basándose en documentación del tiempo.



En 1582 Felipe II despoja a Ana de Mendoza de la tutoría de sus hijos y de la administración de sus bienes pero meses antes había planeado recluirla en un convento. Es curioso que mientras la actitud de Felipe hacia ella podría tildarse de cruel, siempre protegió y cuidó de los hijos de ésta y su antiguo amigo Ruy. Desde Pastrana, Ana escribe repetidos memoriales al rey y se interesa por sus hijos Diego y Ruy, pero apenas por el heredero Rodrigo. En sus cartas llamaba " primo " al monarca y le pide en una de ellas que le protegiera como caballero. Felipe II se referirá a ella como " la hembra " y no varió su dura actitud con ella.

El destierro de Pastrana, donde hasta entonces había vivido la princesa de Éboli a su antojo, se convierte en una auténtica prisión y el palacio ducal en una cárcel relativamente confortable. La servidumbre que atendía directamente a la princesa estaba formada por dos dueñas, dos criadas y tres criados. La asistía también su hija menor Ana de Silva, que viviría todos los últimos años de su madre en aquel encierro de Pastrana. El resto del servicio doméstico quedaba ya bajo el mando de la gobernadora de la casa, la mujer del Gobernador y Justicia Mayor.


Balcón del palacio ducal de Pastrana



Una y otra vez Ana de Mendoza pide perdón al rey pero el soberano ni siquiera le contestará y ese perdón nunca le llegaría. La salud de la princesa cada vez sería mas precaria. Tras la fuga de Antonio Pérez a Aragón en 1590, el rey descargó su furia contra Ana de Mendoza ordenando su más severa reclusión con el mayor rigor. Poniendo rejas y contrarrejas en todos los balcones y ventanas del piso que habitaba la princesa en su palacio ducal de Pastrana. Mientras los albañiles procedían con su labor, Ana de Mendoza con su hija, las dueñas y las criadas gritaban desde las ventanas diciendo que se las trataba como si estuvieran en tierras de luteranos y que se morían de sed. Y el resultado fue convertir la prisión de la princesa de Éboli en un lugar oscuro e insano.

La leyenda dice que Ana de Mendoza se asomaba una sola hora al día por la reja de un balcón que daba a la Plaza, que se llama desde entonces "Plaza de la Hora". El encierro y el trato final agravaron su enfermedad y su escaso deseo de vivir, falleciendo después de hacer testamento el 2 de febrero de 1592. Los restos de Ana y Ruy Gómez fueron trasladados por su hijo fray Pedro y están enterrados juntos en la cripta de la antigua Colegiata de Pastrana.




¿ Hubo un romance entre Felipe II y Ana de Mendoza ?


El historiador Manuel Fernández Alvarez sospechaba que Ana de Mendoza fue amante ocasional del rey durante un corto tiempo y que el hijo de la princesa llamado Rodrigo, nacido en 1562, pudo haber sido engendrado por Felipe. El cabello rubio del muchacho fue uno de los detonantes que hicieron extenderse la creencia de que era hijo del rey. El propio monarca lo distinguió siempre de sus hermanos e incluso le procuró un buen destino tras el encarcelamiento de su madre. A favor de la existencia de los amores entre el rey y la dama están también la soltura con la que la princesa de Éboli interpeló al monarca al verse involucrada en el asesinato de Escobedo, pero también la frase de la carta que el rey dirige a su secretario Mateo Vázquez, el 28 de julio de 1578: ( ...) de ella me habréis visto andar siempre bien recatado porque ha mucho que conozco sus cosas. Es evidente, pues, que el monarca jamás negó conocer a fondo a la princesa.

Si existió esta breve relación entre Felipe y Ana de Mendoza coincide en el tiempo con el matrimonio con Isabel de Valois, que tardó en consumarse dada la juventud de la reina. Amores de los que no tendría conocimiento la reina Isabel - de cuyo séquito formaba parte la princesa de Éboli y eran amigas -, o bien si los rumores llegaron a oídos de la reina, se comportó como si no le importaran, no hizo ningún reproche. El punto final a este romance tal vez lo puso el amor del rey hacia su joven esposa, pero también la pasión de Ana de Mendoza por el poder. Es muy probable que el rey, al advertir que la princesa, además de hermosa, era inteligente y ambiciosa, temiera que los asuntos de estado acabaran por confundirse con los secretos de alcoba y, rey ante todo, pusiera fin a la relación. Cierto es que la historiografía no apuesta de pleno por este romance, un buen número de historiadores niegan toda relación amorosa del monarca con la enigmática princesa de Éboli.





¿ Cuáles fueron los motivos de Felipe II para dar tan duro castigo a la princesa de Éboli y mostrarse tan inflexible ?

Antonio Pérez, en su famosa obra que publicó cuando estaba en Paris, escribió que el rey había sentido hacia Ana una pasión amorosa que no fue correspondida por la princesa y es este despecho la causa de la persecución posterior que la princesa de Éboli sufrió de manos de Felipe II. La desmesurada reacción de Felipe II al condenarla al ostracismo tal vez se debió, más que al despecho, al hecho de saber que la princesa era cómplice del intrigante y ambicioso secretario y al temor de que hablase e hiciera pública la implicación real en el asesinato de Escobedo.



Fuentes:
Fernandez Alvarez, Manuel. La princesa de Eboli . 2009 Editorial Espasa Calpe S.A
Queralt del Hierro, María Pilar. Las Mujeres de Felipe II. Deber y pasión en la casa del rey. 2011 Editorial Edaf S.L.U
http://www.uam.es/personal_pdi/ciencias/depaz/mendoza/anaeboli.htm
http://www.nachoares.com/html/princesa-eboli/html/protagonistas/juan-escobedo.html
http://valentin-corpus.blogspot.es/img/DonJuandeAustria.jpeg
http://gatopardo.blogia.com/upload/FelipeII.JPG

viernes, 26 de febrero de 2010

LA PRINCESA DE ÉBOLI ( I )


Ana de Mendoza y de la Cerda es el personaje femenino más enigmático, controvertido y atractivo de la Corte de Felipe II pero también uno de los más desventurados. La apodaban “ La Tuerta ” y es conocida como la princesa de Éboli. Por esos vaivenes de la fortuna y los caprichos del destino, pasó de ser la principal dama de la Corte a caer en desgracia, muriendo en la lóbrega prisión de Pastrana.

Nació el 29 de junio de 1540 en Cifuentes ( Guadalajara), en el seno de una de las familias más poderosas del siglo XVI. Era hija única de
don Diego Hurtado de Mendoza, segundo conde de Melito, y de doña Catalina de Silva, hija de los condes de Cifuentes. En su partida de bautismo consta que fue bautizada como Juana de Silva, este cambio de apellido se debe a la esperanza del conde de Melito de tener más tarde un hijo varón para el que quiere reservar el apellido de los Mendoza. Mas como no llegó el anhelado hijo varón, se produjo el trueque del apellido materno por el paterno y de esta forma la niña bautizada como Silva acabaría siendo en el mundo una Mendoza. Ahora bien, ha pasado a la historia conocida como Ana. ¿ Su verdadero nombre era Juana o hubo un error en su partida de bautismo?.



Educada por su madre, su infancia y juventud estuvo muy influida por las peleas y separaciones entre sus padres, en gran parte debidas al carácter mujeriego de don Diego y que llevarían a una separación de hecho. Ana tomaría partido por su madre, generalmente. Se la educó sin escatimar esfuerzos. Es más, su completa formación abarcaba campos muy diversos e incluso propios de la preparación que, por entonces, se limitaba a los varones. Así, por ejemplo, era una espléndida amazona y conocía las artes de la esgrima. Desarrolló un carácter orgulloso, dominante y altivo pero también voluble, rebelde y apasionado. Una mujer de la que se dice que no se amilanaba ante nada y ante nadie, y sobretodo una adelantada a su tiempo.

Con tan sólo trece años, el monarca
Felipe II la eligió para casarse con Ruy Gómez de Silva. En los cinco años siguientes, Ruy se mantuvo fuera de España en diferentes misiones que le llevaron a Inglaterra o Flandes. Mientras esperaban que la joven tuviera la edad necesaria para consumar el casamiento, se fue a vivir con sus padres a Valladolid y allí se producen nuevos escándalos entre sus padres, debido al amancebamiento público de éste con una nueva amante que al salir de la Corte se llevaría con él a Pastrana, llegando a tener con ella su segunda hija ilegítima. Valladolid era la Corte de la monarquía escogida por la princesa Juana para gobernar desde allí, en nombre de su hermano, los reinos de España. Una Corte que estaba animada con la presencia de dos reinas: Leonor y María, las hermanas de Carlos V que habían vuelto con él cuando el emperador había decidido su retiro a Yuste.


En Valladolid, Ana entraría por primera vez en contacto con libros de magia y esoterismo. Se cree que durante estos años, acostumbrada a jugar y a entrenar con las espadas con sus lacayos, sufrió un grave accidente que la llevó a perder su ojo derecho. Se queda tuerta entre los doce y los diecinueve años, pero el misterio que envuelve a esta mujer es tal, que ni siquiera los especialistas se ponen de acuerdo en este dato.

La causa pudo ser un accidente de esgrima, una caída del caballo o una enfermedad degenerativa, debida a la cual el ojo se le fue deteriorando hasta ponerse casi blanco y no ver con él. También se dice que Ana era tan frívola y presumida, que era bizca y no quería que la gente viese como un ojo se le iba de un lado a otro. Sea cual fuese la causa, la joven Ana se colocó un parche en el ojo derecho.




En 1557, Ruy regresó a España un breve tiempo, suficiente para dejar embarazada a su esposa, que dio a luz unos meses más tarde en medio de la desolación producida por la fuga de su padre con una doncella de la corte. Este escandaloso asunto destrozó la familia Mendoza, pues don Diego desmanteló su casa dejando a su mujer e hija prácticamente en la ruina y abandonadas a su suerte en la fortaleza de Simancas. En 1559, Ruy volvió a España para recibir, gracias a su buen trabajo, el título de príncipe de Éboli.

Establecidos en la corte madrileña, Ana de Mendoza sabe ganarse el afecto de la tercera esposa de Felipe II, la reina Isabel de Valois, siendo compañeras de diversiones y aficiones comunes hasta la muerte de la soberana. Acompaña a la reina en sus excursiones campestres y en sus cacerías. La joven reina, en más de una ocasión, la invitaba a comer a su mesa. Allí entraban las sobremesas y los juegos de cartas. Y tal es la amistad que se profesan que Catalina de Médicis, madre de la reina, enviará como presente a la princesa de Éboli una sortija.

Tan estrecha relación de Ana con Isabel de Valois daría como resultado que, inevitablemente, el rey se viera con gran frecuencia con la princesa de Éboli, la dama de la Corte que más llamaba la atención por su juventud, su vitalidad y su belleza. Su rostro de facciones proporcionadas y su esbelta figura la hacían destacar entre el resto de damas, pero sobre todo, lo que la convertía en el centro de atención era su inteligente conversación y sus exquisitos modales.



Ana de Mendoza fue enemiga del partido de la Casa de Alba, el opuesto al liderado por su marido y que tras su muerte dirigirá Antonio Pérez, quien le sucederá como secretario de Felipe II. Ambos partidos siempre en pugna intrigando por el poder. La mayor parte de los Mendoza fue afín al partido " Ebolista ". Los príncipes de Eboli mantuvieron amistad con don Juan de Austria, siendo en su casa madrileña dónde conoció a María de Mendoza, amante y madre de su hija Ana de Austria. Durante el periodo de su matrimonio la vida de Ana fue estable y no se le conocen andanzas ni problemas, salvo los encontronazos con la duquesa de Alba o Santa Teresa de Jesús. El matrimonio tuvo seis hijos vivos en los trece años que duró, de un total de al menos diez embarazos.

En 1564 el rey apartará de la corte a los príncipes de Éboli, nombrando a Ruy Gómez de Silva Mayordomo mayor de su hijo el desventurado príncipe don Carlos. Los tiempos de la gran privanza de Ruy Gómez habían pasado y con ellos, los triunfos, las galas y los esplendores de Ana de Mendoza. En estos años se produce el sombrío suceso de la rebelión, la prisión y la muerte entre rejas del príncipe don Carlos, el heredero de la corona.

Los príncipes de Eboli compraron Pastrana, donde crearon un pequeño reino en miniatura. Además de establecer una serie de talleres textiles que se encomendaron a expertos artesanos flamencos e italianos, favorecieron el enriquecimiento de la Colegiata, urbanizaron la villa e incluso llamaron a su presencia a Teresa de Jesús con intención de que las carmelitas abrieran allí un nuevo convento. El tiempo, sin embargo, puso en evidencia que la santa y la princesa eran dos genios demasiados parecidos para llegar a entenderse.


En aquél tiempo apareció en España una extraña mujer, su nombre Catalina de Cardona. Había vivido su juventud en Nápoles, donde se había casado. Al enviudar entró al servicio de la princesa de Salerno y, a su muerte, logró el amparo de los príncipes de Éboli. Fue entonces cuando empezó con sus rigurosas penitencias, se fustigaba el cuerpo para purgar sus pecados, y a tener visiones. A partir de ese momento, mediada la década de los sesenta, Catalina vive como una ermitaña y extrema los rigores de sus penitencias, se alimentaba solo de raíces del campo y vestía un tosco sayal, prefiriendo incluso el hábito de fraile al de monja. Un comportamiento que influyó y mucho en los frailes carmelitas descalzos de Pastrana. Lo cierto es que su fama, como de santa, fue creciendo y hasta el propio rey quiso conocerla.

En mayo de 1571 vuelve a Pastrana, al palacio de los príncipes de Éboli. Seguramente la admiración que sentía Ana de Mendoza por aquella extraña mujer penitente la llevó, al enviudar, a tomar la decisión de meterse ella misma a un convento. La caída en desgracia del duque de Alba ayudó al príncipe de Éboli a recuperar la gracia del rey y en 1572 Felipe II concedió a Ruy Gómez de Silva el título de duque de Pastrana, que lo convertía en Grande de España.


La muerte de su esposo en 1573, la hizo entrar en una depresión que la llevó a querer ser religiosa, encerrarse entre cuatro muros y vivir el misticismo de las carmelitas. Tomó un nuevo nombre: Ana de la madre de Dios. Ante el mismo cadáver de su esposo y en presencia del prior del convento carmelitano descalzo de Pastrana y de otro fraile, Ana exigió a este que se quitase su hábito y, al momento, ella se lo puso. De ese modo salió de Madrid al frente de la comitiva fúnebre que llevaba a su marido para ser enterrado en Pastrana. Y para hacer más ostentación del desprendimiento de las cosas del mundo, no salió en su coche, sino en una carreta. No iba sola, la acompañaba su madre, doña Catalina de Silva y con igual determinación: entrar como monja en las carmelitas descalzas de Pastrana. " ¡ La princesa monja, yo doy la casa por deshecha ! ", parece que dijo la priora Isabel de Santo Domingo.


La princesa de Éboli hizo una asombrosa petición al rey, que tomara la tutoría de sus hijos para que ella pudiera meterse monja. Manuel Fernández Alvarez cree ver aquí un indicio que apoya la teoría de una supuesta paternidad del rey. El ruego de la princesa de Éboli era inusitado si se trataba de una súbdita a su rey pero comprensible en el caso de una antigua amante al padre de uno de sus hijos. El rey no rechazó esta demanda, le contestó que en cuanto los grandes negocios de Estado se lo permitieran la tendría en consideración.

Nada más llegar al convento la princesa dio signos de su prepotencia. De entrada ordenó que todo se pusiese a punto para que pudieran tomar el hábito de monja dos criadas jóvenes que llevaba consigo. Su esposo fue sepultado en la iglesia del convento y al acabar la ceremonia, Ana de Mendoza recibió a las autoridades locales que le querian expresar su pésame. Y eso rompiendo la clausura del convento, con gran escándalo de las monjas. De nuevo, exigió que le pusiesen a su servicio dos criadas, aparte de aquellas otras dos a las que había hecho tomar los hábitos. La priora, consternada, trató de evitar aquel nuevo quebranto de la normas por las que se regia el convento y acudió a la madre de la princesa pidiendo su apoyo. Pero no hubo nada que hacer, Ana se mantuvo firme en sus exigencias.


La priora prefirió negociar con la madre, doña Catalina, que una parte del convento quedase para aquellas dos grandes señoras, con las criadas que quisiesen tener a su servicio y con la posibilidad de mantener el trato que quisiesen del mundo pero que el resto del convento pudiese seguir conservando su clausura y las austeras normas por las que hasta entonces se había regido.

Y Ana de Mendoza aceptó pero siguió mostrando sus aires de gran señora feudal. Cuando una monja debía hablarle, o cuando era llamada, debía hacerlo con todo acatamiento de respeto y humildad, de rodillas. En vano la priora trató de entrar en razón a la princesa y hasta Santa Teresa tuvo que intervenir escribiendo a Ana. Armándose de valor y haciéndose acompañar de otras dos monjas, se presentó la priora ante la princesa y le advirtió que si no cambiaba de actitud la madre Teresa las sacaría del convento de Pastrana. Ana de Mendoza, muy enojada, abandonó el convento aposentándose en unas ermitas que había en la huerta del monasterio y les retiró todo el apoyo económico que hasta entonces les había ido dando. Y como esos eran los únicos ingresos que tenían las monjas, empezaron sus dificultades hasta el punto de pasar necesidad.


El propio rey y las autoridades religiosas también trataron de persuadir a Ana de que cejara en su actitud tan hostil y que se saliese de monja, pero todo resultó inútil. No había otra solución que deshacer el convento, llevando a las monjas a otro fuera de la jurisdicción de la princesa. Santa Teresa encomendó la misión a dos hombres de toda confianza, grandes admiradores de la Orden, valientes y llenos de recursos: Julián de Ávila y Antonio Gaitán, ambos hidalgos y vecinos de Segovia. Los cuales salieron dispuestos a afrontar aquel serio peligro: entrar en la capital del señorío de la princesa de Éboli para sacar a las monjas carmelitanas de Pastrana de su encierro.

Por mucho sigilo que trataron de poner en aquella operación, no pudieron evitar que alguien diese cuenta a Ana de Mendoza de lo que estaba pasando, la cual inmediatamente mandó a su mayordomo para impedirlo. Por suerte salió en defensa de las monjas un fraile carmelitano que supo replicar a las fuertes voces del mayordomo con otras más fuertes todavía. Y aprovechando aquella confusión, los dos hombres sacaron a las monjas a toda prisa del convento. Refugiadas en cinco carros entoldados, se puso la comitiva en marcha toda aquella noche para escapar lo más pronto posible de la jurisdicción de la princesa y tras muchas dificultades por el camino, las monjas de Pastrana llegaron al convento carmelitano de Segovia.


Finalmente, Ana abandonará el claustro para gobernar la hacienda familiar y el señorío de Pastrana, apartada de la corte y apoyando a otras fundaciones religiosas, en especial a la orden de San Francisco. La princesa mantenía una estrecha relación con el secretario Juan de Escobedo, al que los príncipes de Éboli debían algunos favores. Ana de Mendoza traspasó a Escobedo unas casas que poseía en Madrid como pago de dicha deuda y hasta le otorga poder para tasar el ducado de Francavila, sito en el reino de Nápoles.

En 1576 fallece en Madrid su madre doña Catalina de Silva, aquella mujer maltratada por su marido de cuyos atropellos Ana de Mendoza trató siempre de proteger. En su afán por lograr un heredero varón, su padre se casó con Magdalena de Aragón, hija del Duque de Segorbe. Aunque don Diego murió en 1578, dejó a su mujer embarazada para susto de su hija Ana quien no perdió la herencia paterna pues Magdalena tuvo una hija que murió a poco de nacer. Otro pariente, don íñigo López de Mendoza, pleiteó contra la princesa reclamando sus derechos a una parte de la fortuna de la Casa de Melito. La princesa, obligada a defender sus propios bienes, comprendió que tenía que volver a Madrid, alojándose en su casa palaciega en la parroquia de Santa María. Parece que el rey Felipe vio con disgusto la llegada de la Éboli a la Corte.



Entre Ana de Mendoza y Antonio Pérez se estableció de inmediato una enorme afinidad. Ambos eran inteligentes y ambiciosos. Él era un antiguo protegido de su difunto esposo que le había sucedido como secretario de confianza de Felipe II y era su ministro preferido por su habilidad para tratar los altos negocios de Estado. Pero no era honesto, las dádivas y los sobornos más o menos encubiertos llegaban continuamente a su morada. Todo aquel que quería que prosperase algún negocio suyo en la Corte debía recompensar previamente y de forma espléndida al secretario del rey.

Antonio Pérez, como secretario de confianza de Felipe II, conocía tanto los problemas debidos a la rebelión de Flandes como la desconfianza del rey hacia su hermanastro don Juan de Austria por su popularidad tras sus éxitos militares y al que creía ver con demasiadas ambiciones. Para acompañar y espiar a don Juan en Italia, Pérez sugirió mandar allí a Juan de Escobedo, amigo suyo desde cuando ambos estaban al servicio de Ruy Gómez de Silva. Pero Escobedo se pasó en cuerpo y alma al servicio de don Juan tras conocerle. Respecto a don Juan, mantenía la amistad con Pérez desde los tiempos en que vivía Ruy Gómez, incluso se alojó en "La Casilla", la finca de Pérez en Madrid, cuando vino por sorpresa a la corte en agosto de 1576 antes de marchar a Flandes seguido de Escobedo.



La rebelión de Flandes no había podido ser terminada por el duque de Alba, y la situación había empeorado por los motines y saqueos de las tropas sin paga. Antonio Pérez prometió a don Juan mediar entre él y el rey, pero en realidad hizo un doble juego entre ambos. Se cree que pudo ser incluso un "triple juego" pues Antonio mantenía un tren de vida y lujos superiores a su sueldo. Se piensa que pudo vender secretos de estado a los rebeldes protestantes y se sabe que alteraba las cartas que se enviaban mutuamente el rey y don Juan, pues todas pasaban a través de él. Nótese que se va a mezclar un problema amoroso con otro político, unido a envidias y tráfico de influencias.

La situación en 1577 era de un rey que desconfiaba de su hermanastro pero le mandaba al punto más conflictivo, con un secretario real, Antonio Pérez, que manejaba la relación entre ellos como quería. Entre medias, Pérez frecuentaba la casa de Ana de Mendoza y compartían una intimidad que parece difícil que no incluyera también la política que pasaba por las manos de Antonio. Ana hizo unos regalos muy lujosos a Antonio durante su amistad. Y, además, recordemos la acusación de que Pérez proporcionaba bajo mano información de Estado a los holandeses.



Tradicionalmente se ha dado por supuesto que Ana de Mendoza vivió una intensa historia de amor con Antonio Pérez, quien era seis años mayor que ella. No se sabe realmente si su relación, desde finales de 1576 a 1579, fue simplemente una cuestión de amor, de política o de búsqueda de un apoyo que le faltaba desde que muriera su marido. La princesa, que conocía a Pérez de antiguo, lo había tratado públicamente de petimetre, solía llamarle " oloroso insoportable ", a causa de su afición por los perfumes, y lo acusaba sin recato de querer medrar en la corte. Sin embargo, al quedarse viuda, la relación se hizo más estrecha.

Ana no se privó de alabar públicamente las cualidades de Pérez, intensificar sus encuentros e implicarse en la vida del secretario del rey, hasta el punto de verse salpicada en el espinoso tema del asesinato de Juan de Escobedo. Pero esta relación estuvo oculta al rey. Pudo ser porque la sociedad de entonces era menos permisiva si alguno de los amantes estaba casado, consintiendo en secreto cuando ambos fueran solteros. Antonio Pérez estaba casado con Juana Coello, que siempre fue fiel a su marido, le defendió cuando fue arrestado y luchó hasta su muerte por defender su memoria y la honra de sus hijos.



Fuentes:
http://www.ikerjimenez.com/especiales/eboli/index.html
http://www.uam.es/personal_pdi/ciencias/depaz/mendoza/anaeboli.htm
Fernandez Alvarez,
Manuel. La princesa de Eboli . 2009 Editorial Espasa Calpe S.A
Queralt del Hierro, María Pilar. Las Mujeres de Felipe II. Deber y pasión en la casa del rey. 2011 Editorial Edaf S.L.U

lunes, 22 de febrero de 2010

MARGARITA DE AUSTRIA, Gobernadora de los Paises Bajos ( II )


Resignada a someterse a la voluntad paterna, Margarita aceptó casarse con el duque Filiberto II de Saboya. Enlace que tuvo lugar el 3 de diciembre de 1501 y su corazón volvió a ser conquistado por su nuevo esposo que, al igual que su hermano, era llamado “El Hermoso”. Filiberto era alto, fuerte, atlético, le apasionaba la caza, el buen vivir, la bebida y la comida pero no por ello descuidaba los negocios de Estado. Los esposos se conocían desde la infancia, dado que ambos pasaron juntos sus primeros años de vida en Amboise. Tras la boda, Margarita se viste con más coquetería, se peina a la moda italiana y es feliz. Su vida en Saboya discurrió placenteramente en una corte rica y culta. Con Filiberto descubrió los placeres de la caza al mismo tiempo que las sutilezas de la política, pues en ocasiones el Duque deja en sus manos las riendas de Saboya. Pero su dicha le durará pocos años, una vez más pierde a un esposo al que amaba.

El 10 de septiembre de 1504 muere Filiberto, a la edad de veinticuatro años, en los brazos de su esposa por una fiebre palúdica. Margarita en su honor mandó construir con gran fasto el Monasterio Real de Brou, en donde depositaron finalmente los restos mortales de Filiberto II de Saboya. Recluida en su ducado, viuda por segunda vez y sin hijos, la duquesa de Saboya se dedica a dar rienda suelta a su amor por las artes. Rodeada de poetas, músicos, escultores y arquitectos, compone canciones y escribe poemas. A pesar de que se pensó en otras posibles uniones para Margarita -como Enrique VII de Inglaterra, viudo de Isabel de York-, ella no quiso volver a casarse.



El 25 de septiembre de 1506 fallecía inesperadamente su hermano Felipe El Hermoso. Según parece se encontraba en Burgos jugando a pelota cuando tras el juego, sudando todavía, bebió abundante agua fría, por lo cual cayó enfermo con fiebre alta y murió unos días después. Maximiliano I confía a Margarita la regencia, con plenos poderes, de los Países Bajos y la tutela de su sobrino el futuro Carlos V. El 17 de abril de 1507 toma posesión de su nuevo cargo ante el Consejo de los Estados Generales reunidos en Lovaina. Sin retirarse el velo de viuda se dedicará a educar a cuatro de sus sobrinos en ausencia de su madre. Su objetivo era hacer de ellos grandes hombres y mujeres, así como dignos soberanos. Será el francés la lengua principal que ella elegirá para hablar con sus sobrinos: Leonor, Carlos, Isabel y María. Crecieron en Malinas, donde se había establecido y tenía su corte Margarita.

La regente había hecho de aquella urbe, alejada de las ciudades más mercantiles de los Paises Bajos y cercana a la ciudad de Bruselas, un emporio de artistas que amaban las letras y las artes. Margarita vivía rodeada de músicos, poetas y pintores en un ambiente culto y refinado. Era una mujer llena de energía y sensatez y una gobernante astuta, juiciosa, valerosa y decidida. Margarita hacía que Carlos le acompañase en todos sus viajes para que fuera familiarizándose con la diversidad de gentes y culturas sobre las que algún día habría de gobernar.

Cuando Carlos tuvo más edad, y para favorecer su formación política, asistía a las reuniones del Consejo y se le mandaba leer previamente los despachos que habrían que discutirse en las sesiones. En 1509 el emperador dispuso que Guillaume de Croy, señor de Chiévres, sustituyese a su primo Charles de Croy como gentilhombre de cámara del príncipe Carlos y Adriano de Utrecht, deán de la Universidad de Lovaina y futuro papa Adriano VI, fue nombrado su maestro.



En sus relaciones con el exterior Margarita conduce una política basada en la prudencia y la sabiduría. Favorecerá las relaciones comerciales con Inglaterra, en lo que toca al floreciente mercado textil, puesto que ambos países se intercambian lanas y paños. En 1513, a raíz de la victoria sobre las tropas francesas de las huestes inglesas, Enrique VIII y sus cortesanos pasaron tres días como invitados de Margarita en Lille. Se celebraron torneos y el Tudor justó ante la archiduquesa y su joven sobrino Carlos, será esta la primera vez que el monarca inglés se reúna con el futuro emperador y rey de España. En las veladas, Enrique Tudor tocaba diversos instrumentos de música para la archiduquesa y después, a medida que avanzaba la noche, bailaba magníficamente al estilo francés con Margarita y sus damas, una vez se acaloró tanto que tuvo que quitarse el jubón y los zapatos.

Se produjeron algunas situaciones violentas por culpa de los intentos de Enrique de concertar el matrimonio de la archiduquesa y Charles Brandon, duque de Suffolk. No cabe duda de que Brandon albergaba esperanzas en ese sentido pese a estar prometido a Elizabeth Grey y en un banquete intercambió juguetonamente anillos con Margarita. La archiduquesa se tomó el gesto en broma, aunque el rey recomendó sinceramente a Brandon como esposo. Al enterarse de ello Maximiliano I de Austria se enfadó y Margarita tuvo que tranquilizarle diciéndole que los rumores sobre sus supuestos planes matrimoniales eran “viles mentiras”. No obstante, los chismorreos persistieron y más adelante Enrique se vio obligado a escribir a Margarita para pedir perdón por las molestias que le había causado y ordenó a sus enviados que pusieran punto final al asunto.



La influencia de Guillaume de Croy en el príncipe llegó a ser tan grande, que éste le consintió dormir en su propio cuarto cuando aquél insistió en que no quería que se sintiera solo si se despertaba durante la noche. Las astutas maniobras del favorito, adversario político de Margarita, lograron incluso que en 1515 el emperador Maximiliano I permitiese a su nieto asumir la regencia de los Paises Bajos, alcanzada su mayoría de edad, dejando de lado a Margarita. La archiduquesa se retira a su Palacio de Malinas, donde gracias a su exquisita educación pasa su tiempo escribiendo, enriqueciendo su biblioteca, recibiendo a humanistas como Erasmo de Rotterdam y protegiendo a pintores y a poetas.

Su extensa biblioteca se compone de libros de poemas, misales, tratados históricos y morales así como las obras de Christine de Pizan. Atesora el precioso libro iluminado de “Très Riches Heures de Duc de Berry”. Amante también de la música e intérprete de distintos instrumentos, encarga manuscritos musicales a Pierre Alamire para enviar como regalos a miembros de su familia. Guarda para sí Cancioneros con obras de los mejores compositores de la escuela franco-flamenca como Josquin Desprez, Johannes Ockeghem, Jacob Obrecht y Pierre de la Rue, su músico preferido.



En 1519 a raíz de la muerte de su padre, Margarita vuelve a la actividad política para ocuparse de las negociaciones con los príncipes electores que deben elegir al futuro Emperador, apoyando la candidatura de su sobrino Carlos I de España. Pero la diplomacia francesa trabaja desde hace tiempo en Alemania, donde cuenta con un buen número de adeptos, y el Vaticano se muestra favorable al rey Francisco I de Francia. En cierto momento cuando Margarita cree que las cosas se vuelven contrarias a su sobrino, piensa en proponer la candidatura del hermano de éste, Fernando.

Pero Carlos resuelto a tomar el asunto en sus manos, recuerda a los príncipes electores la palabra dada a su difunto abuelo. Les promete respetar sus privilegios y les ofrece tentadoras recompensas si lo eligen a él. Margarita obediente continúa dirigiendo desde Bruselas un ejército de diplomáticos que negociarán con mucha habilidad. El 28 de junio de 1519 Carlos era elegido como nuevo Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en Frankfurt y confía de nuevo a Margarita el gobierno de los Países Bajos.

La archiduquesa verá con muy buenos ojos el acuerdo matrimonial entre su sobrino Carlos y la princesa inglesa María Tudor, hija de Catalina de Aragón y Enrique VIII, diez años menor que él. El mismo año del pacto con Inglaterra, a Carlos le nacerá una hija natural que será llamada Margarita en honor a su tía. Criada con ella en la corte de Bruselas, la joven deberá a su tía no sólo su educación sino también el hecho de que su padre la reconociera y legitimara, será conocida como Margarita de Parma.



La rivalidad entre Carlos V y Francisco I de Francia por erigirse en el monarca más poderoso de la Cristiandad desencadenó en 1521 un conflicto bélico que se prolongará durante cerca de una década y cuyo objetivo fundamental será el dominio de los territorios italianos. Actitud inestable del Papado que se aliaba con uno u otro bando según conviniera a sus intereses, ruptura de pactos y tratados e incluso la detención del rey francés que vivió la humillación de ser encarcelado en Madrid, son el panorama referencial de una guerra que en 1529 había arruinado las arcas de ambos estados y que, por encima de todo, venía a dar al traste con el proyecto de pax christiana que tanto anhelaba Carlos. Por tanto y viéndose incapaces de resolver la situación en el campo de batalla, toda vez que la balanza parecía inclinarse definitivamente del lado español, se decide recurrir a la vía diplomática enviando como delegadas a dos mujeres de gran sagacidad e ingenio unidas además entre sí por lazos familiares.



Fue Luisa de Saboya y Margarita de Austria quienes se enzarzan en unas negociaciones que habrían de orientarse, a través de ajustes y regateos, promesas y amenazas, hacía unos acuerdos que eran inteligentes y lo que convenía a las dos partes en ese momento. Las cesiones eran recíprocas, las renuncias muy dolorosas. Se ha dicho que en realidad se trataba del mismo acuerdo de Madrid, liberando Borgoña y tachando algunas otras humillaciones. Fue en el verano de 1529 cuando Margarita y Luisa harían su entrada en Cambrai para dar los últimos ajustes a una paz ciertamente anhelada por todos.

El tratado sería firmado el 3 de agosto, conocido popularmente como la Paz de las Damas, gracias a la habilidad política y a la sagacidad de estas dos mujeres y sería el gran éxito político de Margarita de Austria. Por este acuerdo, el emperador Carlos V renunciaba al ducado de Borgoña y el rey Francisco I renunciaba definitivamente a toda soberanía en Flandes, Artois y el condado de Charolais, también abdica de todos sus derechos sobre el Milanesado y el reino de Nápoles. Se fija económicamente el precio del rescate de los dos hijos de Francisco I retenidos en España a dos millones de escudos de oro. Con la boda con Leonor de Austria y su disposición a cooperar con el Emperador en la guerra contra el turco, se completaba el acuerdo.



La llegada al mundo del tercer hijo de Carlos e Isabel de Portugal, le produce a Margarita una de las alegrías más grandes de su vida. El emperador le ha prometido que será educado por ella en Bruselas para que se nutra de la cultura de los países que un día le tocará gobernar. Margarita se ve ya envejecer al lado de ese niño. Desgraciadamente, el infante Fernando morirá poco tiempo después. En 1527, Margarita había sido sometida a una pequeña cirugía a causa de una herida que había aparecido en su pierna. Dos años más tarde, mientras se encontraba en Cambrai negociando el tratado de paz con Francia, la herida se reabrió. En el otoño de 1530, los síntomas se vuelven más preocupantes y los médicos diagnostican que se trata de la gota, enfermedad de la que sufrían varios miembros de su familia, incluido el propio emperador. El 20 de noviembre de este año, la archiduquesa es víctima de un fuerte ataque de fiebre.

Carlos recibe una carta desde Malinas en la que se le comunica que el temor por la muerte de la enferma se acrecienta y ya se le han administrado los sacramentos. Margarita de Austria dejó este mundo el 1 de diciembre, después de declarar heredero único y universal a su sobrino Carlos. Sus restos mortales reposan en el Monasterio Real de Brou junto a los de su segundo esposo Filiberto II de Saboya, Sus estatuas yacentes los representan eternamente jóvenes y hermosos. Podría resumirse su intensa vida en la divisa que ella misma escogió: “Fortune et Infortune Fort Une”.

Fuentes:
Catalina de Habsburgo, Las Austrias. 2006 La Esfera de Los Libros S.L
Alison Weir, Enrique VIII, el rey y la corte. 2003 Editorial Ariel S.A.
Antonio Villacorta, La Emperatriz Isabel. 2009 Editorial Actas S.L
http://es.wikipedia.org/wiki/Real_monasterio_de_Brou
http://es.wikipedia.org/wiki/Margarita_de_Austria_(1480-1530)
http://www.diomedes.com/carlosv_8.htm
http://es.wikipedia.org/wiki/Margarita_de_Austria_(1480-1530)
http://www.sigojoven.com/grupos/munidores_de_la_historia/articulo/margarita_de_austria_gobernadora_de_flandes_y_tutora_de_carlos_vhttp://es.wikipedia.org/wiki/Filiberto_II_de_Saboya

domingo, 21 de febrero de 2010

MARGARITA DE AUSTRIA, Gobernadora de los Paises Bajos ( I )


En su tiempo fue considerada, junto a Ana de Bretaña, Luisa de Saboya y Catalina de Aragón, una de las mujeres más inteligentes de la realeza europea. Era la hija menor del entonces archiduque Maximiliano de Austria y de María de Borgoña. La archiduquesita Margarita, con sólo tres años de edad, es llevada a Francia por su compromiso matrimonial con el delfín Carlos. En el pacto de Arrás firmado entre su padre y el rey Luis XI de Francia se acordó que la dote de Margarita incluiría el Franco Condado y la región de Artois.
 
El mismo año de la llegada de la niña a la corte francesa tuvo lugar el ascenso al trono de su prometido el delfín Carlos, de trece años de edad, tras el fallecimiento de su padre el rey. En la corte francesa sería educada por Jeanne de Courradon y el señor de L’Espinay, hermano del cardenal de Burdeos. De este período data su iniciación en la práctica de la pintura y la música, a las que había que sumar las misas de la mañana, las visitas de beneficencia, las lecturas religiosas y las interminables sesiones de bordado, en las que sus pequeños dedos tejían con hilos de oro sobre la seda azul de un estandarte los siete lirios del escudo francés. Era tratada como “Madame la Reine”.




Garrett Mattingly nos dice que la archiduquesa había estado casada con Carlos solamente per verba de futuro, la forma más solemne de compromiso, y Catalina de Habsburgo ofrece la fecha del 22 de julio de 1485 como el momento del enlace de la niña y el joven rey Carlos VIII. Los ministros y parientes más cercanos aconsejaron a Carlos VIII que pidiese la disolución de su matrimonio con Margarita y se casase con la duquesa Ana de Bretaña. Así pues la joven fue repudiada antes de consumar su matrimonio.

Los nuevos esponsales del monarca francés se celebraron el 6 de diciembre de 1491. Para Margarita, entonces sola y abandonada, fue la situación más humillante de su vida. Los cortesanos la evitaban, sus privilegios se evaporaban y además tuvo que esperar a que finalizaran las largas y complicadas negociaciones diplomáticas para poder regresar a los Países Bajos. Margarita de Austria conservará de esos dos años, en que fue rehén de los franceses, un rencor que durará casi hasta el final de su vida y repercutirá en sus futuras decisiones políticas.




Tras diez años de ausencia, regresó a su tierra natal donde su padre la recibió con honores dignos de una reina. Puso a su disposición una casa en Flandes y una corte formada por miembros de las familias más ilustres de los Paises Bajos. El emperador Maximiliano I decide entonces dar un giro en su política de alianzas, aproximándose a los poderosos Reyes Católicos con el fin de aislar a Francia mediante el matrimonio de su hijo Felipe con la infanta Juana y el de Margarita con el príncipe heredero Juan.

La flota española que acompañó a la infanta Juana hasta Flandes, estuvo amarrada en Middelburg esperando a Margarita de Austria para poder regresar a Castilla. Allí permanecieron en lenta espera hasta que de los quince mil miembros de la tripulación española, nueve mil murieron de hambre y de frío, dado el duro clima del norte. La archiduquesa se hizo a la mar en pleno invierno de 1497 para ir al encuentro del príncipe Juan. Durante el viaje afrontaron una terrible tempestad en medio del océano, tan fuerte era ésta que todos temieron un naufragio. Margarita propuso que, en caso de que ella se ahogara en el mar, los supervivientes hicieran llegar la noticia de que era su voluntad que se pusiera en su tumba el siguiente epitafio:

Aquí yace Margarita
¡infeliz ella!
Pues, dos veces casada,
Murió doncella.

 


Pero afortunadamente a principios de marzo desembarcó en Santander sana y salva, siendo recibida por una muchedumbre, encabezada por el condestable y el conde de Haro, que la condujo hasta Burgos donde la esperaba la reina Isabel. El príncipe y el rey Fernando salieron al encuentro de la joven al lugar de Villasevil.

Según las descripciones Margarita era encantadora: sus ojos de cervatilla, levemente rasgados, eran inmensos y cambiantes; su tez aterciopelada, entre rosa y dorada; su rubia cabellera provocaba la admiración de todos los que la veían. No era demasiado alta pero tenía un cuerpo muy bien proporcionado.

Margarita, además de suscitar de inmediato el encendido amor del Príncipe que deseaba cuanto antes consumar el matrimonio, fue recibida como una hija y al mismo tiempo como una princesa merecedora de todas las ceremonias protocolarias. La reina Isabel deseó agasajar a la joven esposa de su hijo cubriéndola de regalos. Las fiestas del matrimonio de Juan y Margarita fueron grandiosas.


 
La ceremonia religiosa se celebró en la catedral de Burgos en abril de 1497 y el cardenal Cisneros fue el encargado de la homilía. Ocurrió un suceso a la salida de la boda, la hacanea en la que cabalgaba el príncipe se espantó y dio con el principesco jinete en una acequia, pero todo quedó en un susto acabando en risas lo que pudo ser llanto. Después de la boda vino el gran banquete nupcial. Parecía como si la reina quisiera desplegar para tal ocasión todo el boato del mundo.

Después de la cena vino la danza, iniciándola el propio rey Fernando sacando a bailar a la princesa Margarita. El príncipe Juan bailó con su hermana la infanta María y el duque de Alba con la infanta Catalina, que tenía entonces once años, y sin duda sería su primer baile. Una fiesta que se prolongó hasta bien entrada la noche. Y los novios consumaron su matrimonio con la misma furia que hicieron gala la otra pareja en Flandes. La luna de miel debió de durar poco más de un mes.

Los Reyes Católicos obsequiaron a su nuera con plata, joyas, textiles, tapicería y libros. El impresionante legado que le hicieron a Margarita contribuyó, sin lugar a dudas, en la formación de su gusto artístico.




El enamoramiento de los recién casados complacía a todos, pero el latinista Pedro Mártir, aunque alaba grandemente a la princesa, manifiesta sus recelos de que tanto amor no sea bueno para el joven príncipe. La pasión que siente por su esposa inquieta incluso al propio Juan, su confesor tuvo que decirle que no se sintiera culpable por ello. El tiempo que pasan juntos en el lecho preocupa a los médicos de la corte. Temen que el príncipe sea demasiado joven y débil para tales esfuerzos.  Los médicos y el propio rey exhortan a la reina para que interponga su ascendiente separando a los cónyuges y que se abra una tregua en las incesantes relaciones amorosas, pero la reina responde que los hombres no tienen poder para desatar lo que Dios ha unido. A partir de un cierto momento, los consejeros le recuerdan cuán débil ha sido siempre la constitución del príncipe y que el caso del rey Fernando no puede servir de ejemplo porque su esposo estaba dotado desde su nacimiento de un admirable vigor corporal. La reina hizo oídos sordos.

Seguramente no murió el joven príncipe por abusar de su condición de casado. Siempre fue débil y aunque el matrimonio fuese una sobrecarga de actividad, parece que Juan sufrió de un ataque de viruelas mientras estaba en Medina del Campo. El ataque fue en julio o agosto y en la enfermedad se supone que el príncipe cesaría sus relaciones con su amada esposa para no contagiarla. Los reyes ordenaron el traslado de su hijo a Salamanca esperando que pudiera reponerse bajo los cuidados de su ayo, fray Diego de Deza.
 



El 6 de octubre de 1497, el Príncipe de Asturias muere en los brazos de su padre, al lado de esa esposa a la que tanto había amado. Sus últimas palabras fueron para ella: "A partir de ahora, mi alma habita dentro de ti". El reino entero llora sinceramente a su amado príncipe. Todos los castellanos, sin distinción de estamento, visten luto durante cuarenta días y, durante los meses siguientes, se considerará de mal gusto utilizar otros colores que no sean el negro, el malva o el violeta.

Los padres quedaron desolados. Margarita, la joven viuda vestida de negro, llevaba un hijo en sus entrañas y por ella, todos, los Reyes y la Corte, intentaban no exteriorizar su duelo por no afligir aún más a la enamorada viuda que en tan duro trance se veía. Pero a veces el dolor que sentían se hacía patente a los que los rodeaban. Margarita, sumida en una profunda tristeza por la muerte de su esposo, daría a luz prematuramente una niña que no sobrevivió. 




Una vez conocida la noticia, Maximiliano de Austria trata de que su hija regrese de inmediato a Flandes pero otra vez la diplomacia se tomará su tiempo y ello no podrá ser posible hasta el verano de 1499, cuando Margarita emprende el viaje desde Granada hasta Bayona, donde la espera un enviado de su hermano, Felipe el Hermoso. Antes de su partida tendrá lugar la penosa división de bienes, en la que se le devolverá lo que ella había llevado como dote, más lo que había recibido, tanto como donación propter nupcias como en forma de regalo antes y después de la muerte de su marido. 

El 24 de Febrero de 1500, Juana de Castilla dio a luz en Gante al primer hijo varón del archiduque Felipe de Austria. Respondiendo a la ansiosa llamada de su hermano, Margarita se dio prisa para llegar a Gante. En un gesto de cortesía, Felipe permitió que su hermana sostuviera al recién nacido sobre la pila bautismal, el 7 de marzo. Margarita, que apareció llevando un vestido español, recomendó llamar al recién nacido “Juan” en memoria de su esposo fallecido. Sin embargo Felipe hizo bautizar al niño como Carlos por su abuelo, Carlos “El Temerario”.


Fuentes:
Catalina de Habsburgo, las Austrias. 2006 La Esfera de Los Libros S.L
Manuel Fernandez Alvarez, Isabel La Católica. 2006 Espasa Calpe S.A
Bethany Aram, la reina Juana, Gobierno, piedad y dinastía. 2001 Marcial Pons, Ediciones de Historia S.A
Garrett Mattingly, Catalina de Aragon. 1998 Ediciones Palabra, S.A.
Vicenta Marquez de la Plata, El trágico destino de los hijos de los Reyes Católicos. 2008 Santillana Ediciones Generales, S.L
http://es.wikipedia.org/wiki/Margarita_de_Austria_(1480-1530)
http://www.sigojoven.com/grupos/munidores_de_la_historia/articulo/margarita_de_austria_gobernadora_de_flandes_y_tutora_de_carlos_v

viernes, 12 de febrero de 2010

CATALINA DE ARAGON, Reina de Inglaterra ( II )

Retrato de Catalina de Aragón por Mark Satchwill



LOS AÑOS FELICES


Sir John Russell recordaba a Catalina al llegar a reina como una mujer a la que no era fácil de igualar en belleza. Era pequeña, elegante y delicada, con los movimientos gráciles y rítmicos de una bailarina. Los embajadores opinaron que era encantadora, la corte fue de la misma opinión y Enrique la encontró más encantadora que nadie. Los esposos estaban enamorados el uno del otro como prueban las cartas que se escribieron poco después.

Enrique en respuesta a las felicitaciones y agradecimientos de su recién estrenado suegro, le escribió una larga misiva en que, gozosamente, se vanagloriaba de su amor por ella, pasando al tiempo revista a todas las virtudes que en su esposa veía.  Había "rechazado a todas las damas del mundo" que le habían sido ofrecidas para casarse con Catalina y no se arrepentía. Sus "eminentes virtudes brillan, afloran y aumentan cada día". Tras seis semanas de matrimonio podía aseverar que, en caso de tener que elegir de nuevo, la escogería "a ella por esposa antes que a todas las demás". A Enrique le gustaba decir a la gente que amaba de verdad a la mujer con la que se había casado.

El rey regaló a su esposa el misal que había pertenecido a su madre Isabel de York, con rosas blancas y otros emblemas yorkistas en él, y en el que escribió una dedicatoria a su amada reina: "If your rememberance of me be through my affection, then I shall not be forgotten in your daily prayers, for I am yours, Henry R., forever". Catalina le respondió escribiendo en el misal: "By daily reverence you shall find me to be both loving and kind" (Por diaria adoración, me encontraréis amorosa y amable) .



En cuanto a Catalina, los autores ingleses hablan de su adoración por su esposo, el joven rey, alto y atlético. Y no era para menos: medía 1'88 metros y su tórax medía un metro de circunferencia, su cintura era de 89 centímetros, tenía buena voz, era alegre, bailarín incansable, componía música y conocía el latín. Para dirigirse a él empleaba fórmulas diversas:  "Vuestra Gracia", "esposo mío" o incluso "Enrique mío".

Poco después de su boda, el confesor de Catalina dijo de ella que se encontraba en "la mayor alegría y contento que jamás hayan existido". Lo único que faltaba para completar la felicidad de la real pareja y asegurar la sucesión, era un hijo. Enrique VIII la llamaría "mujer de suma dulzura, de suma humildad y afabilidad", a la vez que un enviado flamenco la consideró "dama de natural animado, bondadoso y gracioso", "siempre tenía una sonrisa en el semblante", incluso en la adversidad.

La felicidad de Catalina se deja entrever en sus cartas posteriores a la boda. Adoraba a su enérgico, caballeresco y joven marido y seguía reverenciando a un padre que le había permitido "casarse tan bien". En cuanto a su esposo, "entre las razones que me obligan a quererlo más que a mí misma, la más fuerte, aunque es mi marido, es que sea un hijo tan fiel de su alteza", decía a Fernando de Aragón, "con un deseo de mayor obediencia y amor para serviros del que nunca haya tenido un hijo para con su padre".



Los emblemas personales de Catalina, de la granada - que se refería no sólo a su crianza en Granada, sino que era también un símbolo de la fertilidad -, y el haz de flechas, pronto se vieron por doquier en los palacios reales, entrelazadas con las rosas, las coronas y los rastrillos de los Tudor. El lema que adoptó como reina de Inglaterra fue "Humble and Loyal" (Humilde y leal).

Las divisas de Catalina también adornaban muchas de las joyas de su inmensa colección, entre las que estaban las joyas oficiales que iban pasando de una reina consorte inglesa a otra. Incluso, algunas tenían fama de poseer poderes sobrenaturales, como un anillo del que se decía que podía curar las convulsiones. Catalina solía vestir con un broche que incluía el símbolo de la fruta de la granada.



En el escudo de Catalina de Aragón como reina consorte de Inglaterra se observa en la parte derecha, las armas de los Reyes Católicos ( castillos, leones rampantes, barras y una granada, que representan a los reinos de Castilla, León, la corona de Aragón y Granada ). En la parte izquierda, las armas de Enrique VIII ( tres leones pasantes sobre un fondo rojo del escudo de Inglaterra y tres flores de lis sobre un fondo azul del escudo de Francia, como reivindicación del trono francés). Como adornos exteriores vemos las figuras de un león rampante en oro coronado con la corona de San Eduardo y el águila de San Juan, adoptada de la heráldica de los Reyes Católicos, sosteniendo el escudo.



Era de acuerdo con la costumbre, que el rey y la reina vivieran en dos casas paralelas con sus propios servidores. Por esta razón la presencia de la reina fue muy bien recibida después de un intervalo de más de seis años, ya que aumentaba sustancialmente la cantidad de puestos disponibles en la corte. Al casarse, Enrique asignó ciento sesenta personas para que a su esposa no le faltara ni un detalle, ni un lujo, ni un servicio. La mayoría eran mujeres, y sólo ocho eran damas de honor de la reina. Muchas de las damas de Catalina iban y venían. Unas se casaban, otras pasaban al servicio de otras reinas o de otras damas de alta alcurnia. Sería interminable mencionar a todas y cada una de las damas que sirvieron a Catalina de Aragón durante su reinado. Lo que sí podemos decir es que fue la esposa de Enrique VIII con menor número de damas de honor.

Había sólo ocho españoles en la casa de la reina, entre ellos su secretario Juan de Cuero, sus damas de honor María de Salinas e Inés de Venegas, su apotecario y sus médicos, el humanista Fernando Vitoria y Miguel de la Sá. La mayoría de sus sirvientes españoles ya habían vuelto a España. Dos ingleses devotos, el padre William Forrest y el observante John Forest, estaban entre los capellanes de Catalina. Su confesor desde 1508 era el franciscano castellano fray Diego Fernández. Entre los sirvientes masculinos más importantes estaba Robert Poyntz, que con los años sería ascendido a canciller de la reina; todo lo que sucedía alrededor de Catalina pasaba por sus manos. El primer Lord Chambelán de la reina era el venerable conde de Ormonde, pero en mayo de 1512 su puesto fue ocupado por Lord Mountjoy.



A la reina le encantaban las joyas, los vestidos elegantes, los colores fuertes y llamativos y que todo a su alrededor armonizara con tales inclinaciones. Sus damas las más guapas y las mejor vestidas, sus estancias y tapices los más espléndidos, su servicio el más pulcro y organizado. Catalina exigía mucho a su casa pero era amable y todas las personas que la servían acababan teniéndole mucho cariño. Fue ella quien introdujo en Inglaterra el verdugado español, que eran unas enaguas a las que una serie de aros de caña, ballena o acero daban rigidez. Esta prenda se llevaba debajo del vestido y las sayas y estuvo de moda durante todo el siglo XVI.

Solía peinarse de forma sencilla, dejando caer unos mechones de su pelo sobre los hombros, una provocación que le estaba permitida, pues las mujeres casadas debían ir siempre con el pelo recogido y sólo las solteras y las reinas podían dejar que su melena se posara sobre los hombros. Otras veces, en días de invierno o frío, se cubría la cabeza con un gorro veneciano.



Catalina cumplía su función civilizadora en la vida social de la corte, suprimiendo lo vulgar y lo soez. Inculcó unos modales férreos y elegantes que, por lo menos delante de ella, debían ser cumplidos. Así, no podían beberse muchas copas de vino en su presencia y los ademanes en los bailes debían ser divertidos, sin rayar en la indecencia. El galanteo podía existir, e incluso existía, pero siempre respetando la cortesía y la buena educación. Esperaba que sus damas se comportaran tan decorosamente como ella, prohibía todas las diversiones vanas en su casa y daba entrada en su círculo a miembros de la antigua nobleza, que aportaban un contrapeso a los briosos jóvenes que rodeaban al rey.

En esos años de la vida de Catalina de Aragón nos encontramos ante una mujer alegre, simpática y amiga de los lujos y de las diversiones, participaba en las fiestas y torneos que se celebraban, casi semanalmente, en la corte. La reina amaba la música y el baile tanto como Enrique y su destreza en ambos era tan notable como la de él. A menudo bailaba con sus damas en la intimidad de su cámara, pero en estos primeros años con frecuencia estaba embarazada, por lo que la pareja habitual de Enrique era su hermana María. En una de sus cartas escribió a su padre: "Aquí las noticias son que estos reinos de Su Alteza, gozan de gran paz y abrigan gran amor al Rey, mi señor, y a mí. Nuestra existencia es una fiesta continua ". Enrique VIII y Catalina de Aragón llevaron un aire fresco, juventud y diversión, a los palacios de Londres.



Fuentes:
Alison Weir, Enrique VIII, el rey y la corte. 2003 Editorial Ariel S.A. Garrett Mattingly, Catalina de Aragon. 1998 Ediciones Palabra, S.A.
Antonia Fraser, Las seis esposas de Enrique VIII.1998 Ediciones B Argentina, S.A.
Vicenta Marquez de la Plata, El trágico destino de los hijos de los Reyes Católicos. 2008 Santillana Ediciones Generales, S.L
Luis Ulargui, Catalina de Aragón. 2004 Random House Mondadori S.A.
Giles Tremlett, Catalina de Aragón, reina de Inglaterra. 2012 Editorial Crítica S.L.
http://es.wikipedia.org/wiki/Catalina_de_Arag%C3%B3n
http://queryblog.tudorhistory.org/2009/02/question-from-chloe-catherine-of.html