domingo, 31 de enero de 2010

CATALINA DE ARAGON, Reina de Inglaterra ( I )



EL MATRIMONIO DE ENRIQUE Y CATALINA

Enrique VIII y Catalina de Aragón se casaron el 11 de Junio de 1509 en la iglesia franciscana de Greenwich en una ceremonia privada y discreta. Él estaba por cumplir dieciocho años y ella tenía veintitrés. A pesar de sus años de calvario, soledad, frío y enfermedades, Catalina apareció radiante y virginal: vistió de blanco, con el pelo largo y suelto como símbolo de la mujer pura y casta. En el transcurso de la ceremonia, el arzobispo de Canterbury, antes de sellar ante Dios la real unión, dijo lo siguiente: " Ilustrísimo Príncipe, ¿ es vuestra voluntad cumplir el Tratado Matrimonial y, dado que el Papa os ha dispensado a lo referente a esta unión ( con Arturo), tomar a la princesa aquí presente por vuestra legítima esposa? ". Tras el sí del joven monarca, todo estaba en orden. Él, por voluntad propia se casó con Catalina, con la autorización y la bula papal, y sin presión alguna. No hubo celebraciones públicas y, al parecer, tampoco se observó la ceremonia tradicional que consistía en acostar a los recién desposados.

Al describir la noche de bodas que siguió, al rey Enrique le agradaba jactarse de que en realidad había hallado en su esposa “ una doncella ”. La coronación estaba fijada para el día de san Juan Bautista y Enrique deseaba que su esposa compartiera la coronación con él. El día 21 de junio, los reyes y la corte se trasladaron a la Torre de Londres, donde tradicionalmente se alojaban los soberanos antes de ser coronados.




LA CORONACIÓN DE LOS REYES DE INGLATERRA

El rey quiso aprovechar la oportunidad de su boda y de su coronación para congraciarse con su pueblo. Limpió las calles, hizo fiestas, hubo música en cada uno de los barrios y juegos florales. Los colores escarlata y rojo, blanco y verde, los colores de la casa real de los Tudor, engalanaron todos los rincones. El 23 de junio, Londres se llenó de alegría cuando el rey y la reina atravesaron en procesión Cheapside, Temple Bar y el Strand hasta el Palacio de Westminster. En honor de la coronación, los edificios que bordeaban la carrera estaban adornados con tapices y de los caños manaba vino que la gente podía beber sin pagar nada.

Enrique cabalgaba debajo de un palio que portaban los barones de los Cinco Puertos, precedido por sus heraldos. Estaba resplandeciente enfundado en un jubón de oro con piedras preciosas engarzadas debajo de un manto de terciopelo carmesí, forrado de armiño, y sobre los hombros un tahalí de rubíes. Catalina, con su abundante y reluciente cabello rubio-rojizo cayéndole por la espalda, vestía de raso blanco bordado y pieles de armiño. Seguía a su esposo en una litera adornada con colgantes de seda blanca y cintas doradas, soportada sobre el lomo de dos palafrenes blancos aderezados con paño blanco de oro. Sus damas, con soberbios trajes de terciopelo azul, la seguían montadas en mansos corceles no menos vistosos.

La abuela de Enrique, Margarita Beaufort, que contemplaba la procesión desde una ventana de Cheapside, lloraba de gozo, impresionada por el espectáculo. Caía ya la tarde cuando el rey y la reina llegaron al Palacio de Westminster. Enrique y Catalina velaron toda la noche antes de la coronación en la capilla de San Esteban.




El 24 de Junio, Enrique y Catalina se trasladaron a Westminster, donde él sería coronado rey y ella reina consorte. El cortejo iba presidido por el rey que vestía un lujoso traje que acentuaba su virilidad. Llevaba una capa de terciopelo carmesí con pieles de armiño. Entre las joyas del monarca destacan varios rubíes, esmeraldas y enormes perlas cosidas a su traje. Iba subido en un corcel engalanado con sedas y ornamentos de damasco. Tras él iban nueve pajes vestidos de gala, con trajes de terciopelo celeste. Los caballos de los efebos iban ataviados con telas negras, donde se habían bordado con primor los escudos de todas las posesiones reales: los de Inglaterra y Francia, Gascuña, Guyena, Normandía, Anjou, Gales, Cornualles e Irlanda.

Detrás de los pajes iba Catalina en una litera tirada por dos elegantes caballos mansos. Las blancas crines impedían que resaltase el raso blanco, perfectamente bordado con hilos de oro, de parte del vestido de quien iba a ser coronada reina. Catalina llevaba un traje de seda blanco y sobre su cabeza reposaba una corona de oro en la que se habían engastado seis zafiros y diversas perlas. En una de las manos sujetaba con recio pulso un cetro de oro rematado con una paloma. Tras la reina iban seis caballeros con guarniciones de oro. Un carro situado mucho más atrás conducía a las damas más notables de la corte. Catalina miraba a un lado y al otro de su calesa, exhibiendo la más bella de las sonrisas.

El rey llegó a la Abadía y descendió de su caballo. Con paso lento y seguro, fue caminando por la alfombra repleta de hierbas aromáticas y flores frescas, cogidas esa misma madrugada. La reina detrás, como mandaba el protocolo. Cuando los reyes y nobles traspasaron la puerta, el gentío rompió los cordones de seguridad y destrozó la alfombra. Todos querían guardarse un trozo como recuerdo de tan señalado día.




Mientras el bullicio de Londres esperaba fuera la salida de los reyes de Inglaterra, en la abadía, los cánticos y los coros se sucedían. Enrique fue ungido con el aceite sagrado y juró ante Dios y ante la corona. A continuación el arzobispo Warham procedió a consagrarle con la corona de San Eduardo el Confesor. El coro rompió a cantar Tedeum Laudamus mientras treinta y ocho obispos conducían al monarca recién consagrado hasta su trono para que recibiera el homenaje de sus súbditos principales. Tras la ceremonia de coronación de Enrique VIII, se celebró la investidura de Catalina como reina consorte.

En una ceremonia mucho más corta, fue coronada con una pesada diadema de oro engastada con zafiros, perlas y rubíes. Sus ojos brillaban al igual que las joyas; miraba a su marido, sonreía y lloraba de la emoción. Cuando la pareja real salió de la Abadía, el rey llevaba la corona "imperial" o corona arqueada, que era más ligera, y una vestidura de terciopelo de color púrpura forrada con armiño, mientras la multitud profería vítores, sonaban el órgano y las trompetas, atronaban los tambores y replicaban las campanas para señalar que Enrique VIII había sido coronado gloriosamente por el bien del país entero.




A la salida de Westminster el cortejo paseó lento por las calles de Londres. Las campanas repicaban sin cesar. Caía una lluvia de flores. Y se alzaban los vítores de " Larga vida al rey Enrique VIII " y " Dios salve a la Graciosa Reina ". Era un pueblo emocionado, que veía pasar a unos reyes jóvenes también emocionados. Hacía décadas que el pueblo inglés no se volcaba con un acontecimiento regio como ése. Enrique, agradecido, abrió los grifos del vino y regaló tan suculento caldo a todo el que quisiera, en diversas plazas y parques de la ciudad. Pero hay crónicas que muestran otros capítulos de esas fiestas de esponsales y coronación de los reyes de Inglaterra. Dicen que al paso del cortejo por una taberna que llevaba el nombre de Cardinal's Hat ( El sombrero del cardenal), sin previo aviso, empezó a tronar y llover de tal manera que el palio que resguardaba a la reina no pudo impedir que su manto de pieles de armiño se mojara. Muchos han visto en esa imagen una premonición de lo que sucederá en años posteriores.

Se gastaron 1500 libras en la coronación de la reina solamente, tres veces la suma que habían costado las celebraciones de la boda en 1501 y apenas 200 libras menos de cuanto se dedicó a la coronación del propio rey. Fueron necesarias alrededor de 1830 metros de tela roja y otros 1500 de tela escarlata superior. Se hicieron cuidadosas listas de aquellos con derecho a lucir la nueva librea diseñada de terciopelo carmesí.




EL BANQUETE

Después de la coronación, los Reyes encabezaron la gran procesión de vuelta a Westminster Hall para el banquete correspondiente, que debía ser " más grande que el que César alguno haya conocido". Una vez se hubieron sentado todos, sonó una fanfarria y el duque de Buckingham y el conde de Shrewsbury entraron en la sala montados a caballo para anunciar la llegada de las suntuosas, excelentes y delicadas viandas en gran abundancia. Cuando hubieron dado cuenta del segundo plato, el Paladín del Rey, sir Robert Dymmocke, se paseó por la sala montado en su corcel antes de arrojar su guantalete con el desafío acostumbrado a quien se atreviese a impugnar el título del rey. Enrique le recompensó con una copa de oro. Para realzar la triunfal coronación, se celebraron justas y torneos en los jardines del palacio de Westminster. Las celebraciones continuaron durante varios días, poniendo fin a los festejos la muerte de Margarita Beaufort el 29 de junio.


Fuentes:
Alison Weir, Enrique VIII, el rey y la corte. 2003 Editorial Ariel S.A.
Garrett Mattingly, Catalina de Aragon. 1998 Ediciones Palabra, S.A.
Antonia Fraser, Las seis esposas de Enrique VIII.1998 Ediciones B Argentina, S.A.
Vicenta Marquez de la Plata, El trágico destino de los hijos de los Reyes Católicos. 2008 Santillana Ediciones Generales, S.L
Luis Ulargui, Catalina de Aragón. 2004 Random House Mondadori S.A.

viernes, 29 de enero de 2010

COCO CHANEL


Su verdadero nombre era Gabrielle Bonheur. Nació en un hospicio de Saumur el 18 de agosto de 1883. Hija natural de un vendedor ambulante que abandonaba el hogar durante largas temporadas, y de una dueña de casa de escasos recursos. En permanente situación de escasez sobrellevó a duras penas sus primeros años de infancia junto a sus cuatro hermanos. A los seis, su madre murió víctima de tuberculosis y el padre se desentendió de ellos, enviándolos al condado de Auvergene, al cuidado de dos tías. Por eso, su partida de nacimiento está registrada ahí con fecha de 1893. Con ellas aprendió a coser y manejar el hilo y la aguja con especial habilidad, lo que hizo que, a los diecisiete años, las monjas del orfanato de Aubazine le consiguieran un empleo como costurera.

De una gran personalidad, con belleza sensualmente discreta, femenina y menuda figura, pelo corto casi varonil, nada la detuvo cuando en 1905 resolvió convertirse en cantante de un cabaret, oficio que desplegó por tres años y que la introdujo en el mundo de divertimento y las relaciones sexuales pasajeras. De estas relaciones Coco Chanel esperaba obtener dinero para su gran sueño: ser una renombrada modista. Su sobrenombre de “Coco”, diminutivo de mascota, se lo debe precisamente a esas tías que la cuidaron, pero otros aseguran que surgió como una suerte de nombre artístico, a partir de las melodías que entonaba. De la mano de uno de sus primeros adinerados amantes partió a París y así, en 1909 se instaló en un pequeño departamento en el Boulevard de Malesherbes donde rápidamente abrió su primera tienda de sombreros, Modas Chanel.


Siempre apoyada económicamente por sus compañeros de cama, unos años más tarde se instaló en localidades que frecuentaban los ricos: Deauville, Normandía y Biarritz. En 1920, instaló en París, en la Rue Cambon, su primera Casa Chanel. Fue el playboy Etienne Balsan quien la colocó con su tienda de sombreros, pero su vínculo con el amigo de éste, el socialité y jugador de polo inglés Arthur “Boy” Capel, fue el que posibilitó su despegue. Coco se enamoró perdidamente de Capel y se escapó con él. Tenía la esperanza de convertirse en su esposa, pero nunca se casó con Capel y éste prefirió casarse por conveniencia con otra mujer de alta alcurnia, si bien mantuvo a Chanel como amante. Él murió tempranamente en un accidente automovilístico, Coco llegó al lugar y lloró amargamente la pérdida de su amor y benefactor, quizás el más importante. Ningún otro hombre ocupó su lugar por un tiempo prolongado.
En 1914 creó una ropa cómoda inspirada en los uniformes de los mayordomos y de los mozos de cuadra, pantalones y camisas marineras, una ropa cómoda para una época de guerra. En la década de 1920 lanzó un mítico perfume, Chanel Nº5, siendo la primera diseñadora que lanzaba un aroma. Durante los 30, Coco Chanel introdujo una pequeña línea de cosméticos que incluía labial, rubor y polvo traslúcido. Con estos productos se solidificó su presencia en el mundo del maquillaje y su reputación creció como la creadora de un "look" total. Pese a los años de recesión, en 1931, el magnate hollywoodense Samuel Goldwin la contrató por un millón de dólares para que vistiera a sus grandes musas del celuloide como Katherine Hepburn, Grace Nelly, Elizabeth Taylor y Gloria Swanson.



Observadora innata, criticaba la estricta moda que seguían las mujeres (grandes sombreros cargados de pieles de animales y flores, corsés y recargados diseños) y desplegó toda su imaginería hasta convertirse en una de las grandes diseñadoras del siglo XX, tan trascendental como Christian Dior y otros grandes que la siguieron. Coco eliminó la moda recargada que imperaba, diseñando prendas muy sencillas, muy cómodas, de líneas rectas, pero con un toque de alta distinción; su moda fue rápidamente adoptada por el encumbrado público parisino. Su frase más célebre fue: «Todo lo que es moda pasa de moda». Por mencionar algunas de sus aportaciones, quién puede olvidar el Chanel "suit", el vestidito negro ("little black dress"), el suéter con cuello de tortuga, los sacos, las gabardinas y las chaquetas ("french coat") que antes eran sólo para hombres.
Revolucionó la moda con una increíble colección de joyería de fantasía. Las famosas tiras de perlas alrededor del cuello, los cintos de cadena, los aretes y las pulseras de aleaciones de distintos metales que sustituyeron al oro, siguen adornando a las mujeres de este siglo. Sin olvidar las bolsas acolchadas o "quilted" que marcaron un sello clásico que no sólo dejó huella sino que hoy por hoy sigue siendo un signo de elegancia y distinción. El juego y la combinación de los colores clásicos, tanto el beige como el blanco y el negro, caracterizaron sus colecciones de ropa. El coordinado se veía tanto en vestidos de noche como en trajes sastres. Y precisamente en éstos marcó otro de sus grandes sellos: los puños y el cuello blancos. Gracias al buen gusto que tenía Coco para la mezcla de tonalidades, llegó a vestir literalmente a la mujer de los pies a la cabeza, dejándonos una gran herencia clásica en los zapatos de dos tonos con traba y el talón casi desnudo. Con ella el tono bronceado de la piel dejo de ser un símbolo de pobreza y trabajo en el campo, para convertirse en una moda que aún hoy perdura.


Con el apoyo de Balsan y Capel se convirtió en la gran dama de la moda, y además pretendida por muchos aristócratas. Uno de ellos fue el duque de Westminster, del que rechazó una propuesta de matrimonio pero no sus sábanas. «Ha habido muchas duquesas de Westminster, Chanel hay una sola», fue su explicación. Guiada por su espíritu libertario no tuvo complicaciones para vincularse con adinerados hombres de la sociedad europea ni con estrellas del cine naciente, oficiales nazis o parientes del zar. Ocultó además celosamente su humilde pasado: mentía sobre sus orígenes y recurría al esnobismo. Se codeó con grandes artistas y escritores contemporáneos como Pablo Picasso, Igor Stravinsky, el ruso Diaghilev, George Bernard Shaw y Jean Cocteau. Todos vieron en ella a una de las pioneras del feminismo, dispuesta a romper fórmulas y esquemas.
Igor Stravinski se enamoró perdidamente de ella, pero tuvo que conformarse con ser su amigo. Fue él quien le presentó al conde Dimitri de Rusia, con quien tuvo un apasionado romance. Coco marcó la pauta de la moda durante los locos años 20, pero ni siquiera su pasado como enfermera durante la Primera Guerra Mundial, pudieron impedir que su reputación cayera por los suelos durante la Segunda Guerra, conflicto que la golpeó en todos sus frentes. La caída de París en manos alemanas, la obligaron a cerrar sus tiendas en 1939, pero el trasfondo estuvo en su supuesto antisemitismo y su amorío con un miembro de la Gestapo, Hans Gunther von Dincklage, quien la llevó a vivir al hotel Ritz y de ahí, un exilio en Suiza durante quince años.



Al final de la segunda guerra mundial, debido a un romance con un alto oficial de las SS, Walter Schellenberg, se le imputaron cargos de ser colaboracionista del regimen nazi, cosa que ella rechazó de plano. En los años 50 era toda una celebridad, entre sus clientas se encontraban Brigitte Bardot, Marlene Dietrich, Jackie Kennedy o Marilyn Monroe, a quien debe la duplicación de la venta de sus colecciones después de que ésta se atrevió a decir que para dormir sólo se ponía unas gotas de Chanel No. 5.
Recién en 1954 y con 71 años, reabrió su casa de moda, pero ya otros diseñadores de renombre se habían instalado en su sitial. Se mantuvo al frente de ella con un extraordinario dinamismo y adaptándose a las diversas tendencias que recorrían el mundo. Aun así, logro imponer el clásico toque de sencillez y elegancia que la caracterizaba. Murió sola en su habitación del Hotel Ritz de Paris el 10 de enero de 1971, a los 87 años de edad. Su cuerpo yace en Lausanne, Suiza, resguardo por cinco leones de piedra.


Fuentes:
http://www.webmujeractual.com/biografias/nombres/coco_chanel.htm
http://www.emol.com/especiales/chanel/vida.htm
http://es.wikipedia.org/wiki/Coco_Chanel

martes, 26 de enero de 2010

SOFONISBA ANGUISSOLA

Nacida en Cremona en 1532, Sofonisba debe su peculiar nombre al gusto de su padre, Amilcare Anguissola, por los nombres procedentes de la historia antigua de Cartago. Curiosamente, constituyendo una rareza en la época, su padre decidió educar a Sofonisba y a sus hermanas como a jóvenes prodigios del humanismo, ya que todas ellas practicaron música, pintura y alguna de ellas incluso la literatura. Su primer maestro fue Bernardino Campi, con quien aprendió las labores básicas de preparar los lienzos o tablas, la imprimación, la obtención de los pigmentos requeridos, etc.



La familia Anguissola procedía de la pequeña aristocracia de Cremona, Ducado de Milán, por lo que no estaba bien visto que las jóvenes aprendices de pintoras retratasen modelos, con lo que pronto se acostumbran a retratarse en familia, haciendo que sean retratos tiernos, de momentos íntimos, captados en momentos cotidianos como por ejemplo el retrato que Sofonisba pinta de su hermano Asdrúbal con unos dos años llorando, al tiempo que una de las niñas trata de consolarlo. También empezó a retratarse a si misma, al igual que muchos de los grandes pintores de la historia, utilizando su imagen para experimentar e indagar en los senderos del arte. Se conservan autorretratos suyos desde los quince o catorce años hasta los casi noventa años.

Tras pasar unos tres años aprendiendo con Bernardino Gatti, su segundo maestro, en 1554 decide viajar a Roma para aprender de los grandes artistas que allí trabajaban, sobre todo con el maestro Miguel Ángel, que aunque ya pasaba de los setenta años, seguía trabajando para el Papado y dominando el panorama artístico. Durante los dos años transcurridos en Roma, el maestro ayuda y aconseja a la joven Sofonisba. Se conservan dos cartas de Amilcare Anguissola dirigidas a Miguel Ángel, en las que le agradece el trato y atenciones que éste dispensó a su hija. Durante ese tiempo transcurrido en Roma, su fama como artista comenzó a crecer, incluso uno de sus autorretratos fue adquirido por el Papa Julio III. Probablemente fue aquí donde la conoció Vasari, quien la cita en su libro “Vidas de los más sobresalientes arquitectos, escultores y pintores ”.



Tras su estancia en Roma viaja a otras ciudades como Mantua o Milán, en donde pintó al Duque de Alba en 1558, quien a su vez la recomendó al rey Felipe II de España. Al año siguiente fue invitada a visitar la corte española, lo que representó un momento crucial en su carrera. Entonces tenía 27 años. En aquel momento se estaba gestando la tercera boda de Felipe II con la jovencísima Isabel de Valois que mostraba un gran interés por la música y las artes, motivo por el que el monarca decidió que una mujer de talento como Sofonisba sería adecuada como compañera de la reina.

Sofonisba llegó a Madrid para convertirse en pintora de la corte además de dama de compañía de la nueva reina y enseguida se ganó la estima y confianza de la joven Isabel de Valois. Durante este tiempo trabajó estrechamente con Alonso Sánchez Coello; se aproximó tanto a su estilo, que inicialmente el famoso retrato del Felipe II en edad mediana, fue atribuido a Coello. Ha sido recientemente cuando se ha reconocido a Sofonisba como la autora del mismo. Pasó los años siguientes pintando sobre todo retratos de corte oficiales, a miembros de la familia real y diversos personajes de la corte.



En 1568 fallece Isabel de Valois, pese a lo cual Sofonisba continúa en la corte, lo que demuestra la alta estima en la que la tenía el monarca que incluso consigue que la pintora se case con un caballero de la alta nobleza siciliana, Don Fabrizio de Moncada, actuando el mismo como testigo de la ceremonia que se celebró con gran bombo y ella recibió una dote por parte del rey. Tras casi catorce años de servicio en la corte más poderosa del momento, Sofonisba partió enseguida hacia Sicilia para reunirse con aquel marido al que nunca había visto. Apenas sabemos nada de su vida durante los escasos cinco años que duró su primer matrimonio. ¿Fueron una pareja feliz, se entendieron cuando menos o acaso se detestaron silenciosamente el uno al otro? No hay ninguna noticia al respecto. Sí sabemos que, en mayo de 1578, Sofonisba se quedó viuda: su marido murió en el mar, durante un asalto de piratas a la galera en la que viajaba camino de Nápoles.

Tras poner en orden los asuntos de la herencia, no muy cuantiosa según parece, Anguissola había decidido regresar a su ciudad natal, donde aún vivían su madre, su hermano y, probablemente, alguna de sus hermanas. Pero algo sorprendente sucedió durante el viaje. La pintora no llegó nunca a Cremona. Se casó de forma imprevista con el capitán del barco en el que viajaba, el genovés Orazio Lomellini, considerablemente más joven que ella. El matrimonio no sentó bien en su entorno: ni la familia de su difunto marido ni la suya propia querían que se casase con Orazio Lomellini, tal vez por la diferencia de edad que había entre ellos o por su condición social, inferior a la de la novia.





El problema adquirió incluso tintes de asunto de Estado. Antes de la boda, la pareja se instaló en Pisa, que pertenecía al ducado de Florencia. En diciembre de 1579, el gran duque Francisco de Médicis escribió a Anguissola, presionándola para que no contrajera matrimonio. Pero Sofonisba debía de saber muy bien lo que quería, aunque siempre destacó por su afabilidad, la vida que había llevado hasta entonces, permaneciendo desde niña fuera de su casa, en condiciones excepcionales para una dama de su época, es prueba por sí misma de que, más allá de sus dotes sociales y su talante alegre, era una mujer firme y segura de sí misma. De modo que, a pesar de todas las opiniones contrarias, se casó con Orazio.

Aquel matrimonio parece haber sido más o menos feliz. Desde luego, fue muy duradero, pues Sofonisba llegó a superar los noventa años, una edad extraordinaria para la época, y Orazio aún la sobrevivió. Su esposo reconoció y apoyó su trabajo como pintora y se establecieron en Génova, en una gran casa en donde pudo tener su propio estudio y tiempo para pintar y dibujar. La fortuna personal de Orazio, además de la generosa pensión que le otorgó Felipe II, permitió a Sofonisba pintar libremente y vivir cómodamente.



Bastante famosa en aquellos momentos, recibió la visita de muchos de sus colegas, varios de éstos eran más jóvenes que ella y aprendían e imitaban el estilo distintivo de Sofonisba. En 1599, la artista recibió la visita de la infanta Isabel Clara Eugenia, que viajaba a los Países Bajos para contraer matrimonio con su primo, el archiduque Alberto de Austria. Durante la estancia de la infanta en Génova, Anguissola realizó el retrato de bodas de aquella hermosa mujer a la que había visto nacer y a la que había cuidado de niña. Además de ese encuentro físico, la pintora mantuvo siempre el contacto epistolar con la corte de España, en particular con el rey y con la infanta.

En 1615 se trasladó a Sicilia, y hasta 1620 siguió trabajando, pues de esta fecha es su último autorretrato, quizás su última obra. Allí, en Palermo, unos meses antes de su muerte, recibió la visita de Anton van Dyck, joven y brillantísimo discípulo de Rubens, que estaba convirtiéndose en uno de los retratistas más solicitados de su tiempo. El artista realizó dos espléndidos retratos de la pintora y anotó en su diario: «Sigue teniendo una buena memoria y el talante muy vivo, y me recibió muy amablemente. A pesar de su vista debilitada por la edad, le gustó mucho que le enseñase algunos cuadros. Tenía que acercar mucho su cara a la pintura, y con esfuerzo conseguía distinguir un poco. Se sentía muy dichosa. Mientras dibujaba su retrato, me dio indicaciones: que no me colocase demasiado cerca, ni demasiado alto, ni demasiado bajo, para que las sombras no marcasen demasiado sus arrugas. También me habló de su vida y me dijo que había sabido pintar muy bien del natural. Su mayor pena era no poder pintar a causa de su mala vista. Pero su mano no temblaba nada». Qué vívida y emocionante esa imagen de una mujer casi centenaria, que aún mantenía intacta su coquetería y, sobre todo, que conservaba plenamente activa su apasionada vocación de pintora.

En contra de lo que algunos biógrafos reclaman, ella nunca se llegó a quedar ciega, quizá tuvo cataratas. Murió a la edad de noventa y tres años en Palermo. Siete años después, en lo que sería la celebración del centenario de su nacimiento, su viudo colocó una inscripción en su tumba en la que se leía, en parte:« A Sofonisba, mi mujer .... quien es recordada entre las mujeres ilustres del mundo, destacando en retratar las imágenes del hombre ... Orazio Lomellino, apenado por la pérdida de su gran amor, en 1632, dedicó este pequeño tributo a tan gran mujer». Un total de 50 obras han sido atribuidas con seguridad a Sofonisba. Sus cuadros pueden ser vistos en las galerías en Bérgamo, Budapest, el Museo del Prado de Madrid, Nápoles, Siena y la Galería Uffizi de Florencia.






Juego de Ajedrez



Tres niños con perro



Retrato de Felipe II pintado por Sofonisba y tradicionalmente atribuido a Sanchez Coello







Retrato de Familia




Fuentes:
CASO, ANGELES. Las Olvidadas. 2005 Editorial Planeta
http://arte.laguia2000.com/pintura/sofonisba-anguissola http://es.wikipedia.org/wiki/Sofonisba_Anguissola

ARTEMISIA GENTILESCHI

Nació en Roma, el 8 de julio de 1593 y fue la hija mayor del pintor Orazio Gentileschi, uno de los grandes representantes de la escuela romana de Caravaggio. Artemisia fue introducida a la pintura en el taller de su padre, mostrando más talento que sus hermanos, que trabajaron junto a ella. Artemisia aprendió dibujo, cómo empastar los colores y dar brillantez a los cuadros. Dado que el estilo de su padre, en aquellos tiempos, se remitía explícitamente al arte de Caravaggio, también los primeros pasos artísticos de Artemisia se situaron en el despertar del gran pintor lombardo Caravaggio. Pero su aproximación a los temas era diferente de la de su padre. Firmó a los diecisiete años su primera obra: Susana y los viejos. El cuadro muestra cómo Artemisia había asimilado el realismo de Caravaggio sin permanecer indiferente al lenguaje de la escuela de Bolonia, que tuvo a Annibale Carracci entre sus mejores artistas.



Susana y los viejos


A los diecinueve años, dado que el acceso a la enseñanza de las academias profesionales de Bellas Artes era exclusivamente masculino y por tanto le estaba prohibido, su padre le dio un preceptor privado, Agostino Tassi. Con él estaba trabajando en aquel tiempo Orazio, en la decoración de las bóvedas de Casino della Rose dentro del Palacio Pallavicini Rospigliosi en Roma. Un escándalo marcó la vida de Artemisia, Tassi la violó en 1612. Al principio, él prometió salvar la reputación de Artemisia casándose con ella pero más tarde renegó de su promesa pues ya estaba casado y Orazio lo denunció ante el tribunal papal. La instrucción, que duró siete meses, permitió descubrir que Tassi había planeado asesinar a su esposa, cometió incesto con su cuñada y había querido robar ciertas pinturas de Orazio Gentileschi. Del proceso que siguió se conserva documentación exhaustiva, que impresiona por la crudeza del relato de Artemisia y por los métodos inquisitoriales del tribunal.

Artemisia fue sometida a un humillante examen ginecológico y torturada usando un instrumento que apretaba progresivamente cuerdas en torno a los dedos, una tortura particularmente cruel para un pintor. De esta manera se pretendía verificar la veracidad de las acusaciones de Artemisia Gentileschi, pues se creía que si una persona dice lo mismo bajo tortura que sin ella, la historia debe ser cierta. Tassi fue condenado a un año de prisión y al exilio de los Estados Pontificios. Un mes después del juicio, Artemisia se casó, en un matrimonio arreglado por su padre, con un pintor florentino Pierantonio Stiattesi, lo que sirvió para restituirle a Artemisia un estatus de suficiente honorabilidad.

Artemisia y su marido se instalaron en Florencia en 1614. Allí, Artemisia disfrutó de un gran éxito y fue la primera mujer en ingresar en la Academia del dibujo de Florencia. Artemisia se convirtió en una exitosa pintora de corte. Mantuvo buenas relaciones con los artistas más respetados de su tiempo, como Cristofano Allori y fue capaz de conquistar los favores y la protección de personas influyentes, comenzando por el gran duque Cosme II de Médici y especialmente de la gran duquesa Cristina.

Artemisia Gentileschi tuvo una buena relación con Galileo Galilei con quien se mantuvo en contacto epistolar durante largo tiempo. Entre los admiradores de Artemisia Gentileschi tiene un puesto de especial relieve Buonarroti el joven (sobrino del gran Miguel Ángel): empeñado en construir la Casa Buonarroti para celebrar la memoria de su ilustre antecesor, encargó a Artemisia la ejecución de una tela destinada a decorar el techo de la galería de pinturas. La pintura en cuestión representa una Allegoria dell'Inclinazione (una alegoría del «talento natural»), representada en forma de una joven mujer desnuda que sostiene una brújula. Se cree que la atractiva figura femenina tenía los rasgos de la propia Artemisia, que fue una mujer de extraordinario atractivo. Se suele entender que en las telas de Artemisia, los rasgos faciales de las hermosas y enérgicas heroínas que allí aparecen tienen un parecido al rostro que aparece en sus retratos o autorretratos: a menudo el que le encargaba cuadros debía desear tener una imagen que le recordase visualmente a la autora, cuya fama iba creciendo.

Su éxito y la fascinación que emanaba de la figura de Artemisia Gentileschi, alimentaron, a lo largo de toda su existencia, rumores sobre su vida privada. Se ha considerado que durante este periodo florentino también pintó La conversión de la Magdalena y Judith y su doncella, hoy en el Palacio Pitti. Artemisia pintó una segunda versión de Judith decapitando a Holofernes, mayor que la versión de Nápoles y hoy en los Uffizi. Esta Judith y Holofernes o Degollación de Holofernes está considerada su obra maestra. Ella pone sus mismos rasgos en el rostro de Judith, atribuyendo a Holofernes los de Tassi. La oscuridad y gráfica violencia de esta obra, la frialdad con que Judith decapita a Holofernes, se atribuyen a su violación y al proceso humillante que le siguió.



Judith decapitando a Holofernes




Judith y su doncella


Mientras estuvo en Florencia, Artemisia y Pierantonio tuvieron cuatro hijos y una hija. Pero sólo la hija, Prudenzia, llegó a la edad adulta. A pesar de su éxito, debido a un exceso de gastos suyos y de su marido, el periodo florentino estuvo lleno de problemas con los acreedores y con su esposo, por lo que es razonable suponer que fue esto lo que motivó su regreso a Roma que realizó de manera definitiva en el año 1621. Con ella llevó a su hija Prudenzia, con la que más tarde se trasladó a Nápoles. Ese mismo año en que, separada de su marido, Artemisia llegó a Roma, su padre Orazio dejó la ciudad y se trasladó a Génova. Algunos creen que Artemisia siguió a su padre a la capital ligur (incluso para explicar la persistencia de una afinidad de estilos que, aún hoy, dificultan determinar quién de los dos pintó ciertas obras), pero no hay suficientes pruebas al respecto.

La mayor parte de las evidencias apoyan la idea de que Artemisia permaneció en Roma, como mujer independiente, intentando encontrar una casa y criar a sus hijas. Además de Prudenzia tuvo otra hija natural, probablemente nacida en 1627. Artemisia intentó, prácticamente sin éxito, enseñarles el arte de la pintura. Entró a formar parte de la Accademia dei Desiosi. Con motivo de ello fue celebrada con un retrato grabado que, en la dedicatoria, la califica como «Pincturare miraculum invidendum facilius quam imitandum». De esta misma época data la amistad de Artemisia Gentileschi con Cassiano dal Pozzo, un humanista, coleccionista y gran mentor de las Bellas Artes. Sin embargo, a pesar de su reputación artística, su fuerte personalidad y la red de buenas relaciones, Roma no fue tan lucrativa como esperaba. Se apreciaba su arte en los retratos y su habilidad para poner en escena a las heroínas bíblicas, pero a ella le estaban vedados los ricos encargos de ciclos de frescos y de los grandes retablos.

La ausencia de suficiente documentación hace difícil seguir los movimientos de Artemisia en este periodo. Es seguro que entre 1627 y 1630 se trasladó a Venecia, quizá en busca de encargos más lucrativos: lo documentan los homenajes que recibió de los letrados de la ciudad de la laguna que alabaron la calidad de la pintora. Aunque a veces es difícil datar sus pinturas, es verosímil asignarle estos años el Retrato de un gonfaloniere, Judith y su doncella y su Esther y Asuero, que testimonia su asimilación de las lecciones del luminismo veneciano.

En 1630 Artemisia se trasladó a Nápoles, una ciudad rica con talleres y amantes de arte, en busca de nuevas y más lucrativas oportunidades laborales. El debut napolitano de Artemisia está representado por la Anunciación. Permaneció en Nápoles durante el resto de su carrera con la excepción de su breve estancia en Londres y algún otro viaje. Recibió muchas pruebas de la gran estima en la que se la tenía y estuvo en buenas relaciones con el virrey, el Duque de Alcalá. Tuvo relaciones de intercambio con sus pares y con los mayores artistas que allí estaban, comenzando por Massimo Stanzione, con quien, según el escritor del siglo XVIII Bernardo de Dominici, comenzó una colaboración artística basada en una auténtica amistad y parecidos artísticos. En Nápoles, por primera vez, empezó a trabajar en cuadros para una catedral, como San Jenaro en el anfiteatro de Pozzuoli. Durante su primer periodo napolitano pintó Nacimiento de san Juan Bautista y Corisca y el sátiro. En estas pinturas Artemisia demuestra nuevamente su capacidad de renovarse según los gustos artísticos de su tiempo y de manejar diferentes temas, en lugar de las usuales Judith, Susana, Betsabé, y Magdalena penitente, por las que ya era conocida.


El nacimiento de San Juan Bautista


En 1638 Artemisia se reunió con su padre en Londres en la corte de Carlos I de Inglaterra, donde Orazio se convirtió en pintor cortesano y recibió el importante encargo de decorar un techo (alegoría del Triunfo de la paz y de las artes) en la Casa delle Delizie de la reina Enriqueta María de Francia en Greenwich. El padre y la hija estaban una vez más trabajando juntos, aunque ayudar a su padre probablemente no fuera su única razón para viajar a Londres: Carlos I la había llamado a su corte y no era posible rechazarlo. Este rey era un coleccionista fanático, dispuesto a arruinar las finanzas públicas para satisfacer sus deseos artísticos. La fama de Artemisia probablemente lo intrigase y no es una coincidencia que su colección incluyera un cuadro muy sugerente, el Autorretrato como la Alegoría de la Pintura.


Autorretrato como la Alegoría de la pintura


Orazio murió repentinamente, cuidado por su hija, en 1639. Artemisia tuvo que cumplir sus propios encargos después de la muerte de su padre, aunque no hay obras que puedan asignarse con certeza a este periodo. Se sabe que Artemisia ya había abandonado Inglaterra en 1642, cuando se producían las primeras escaramuzas de la guerra civil. No se sabe mucho de sus movimientos posteriores, se cree que partió definitivamente a Nápoles en 1642 donde pasó el resto de su vida. Los historiadores saben que en 1649 estaba de nuevo en la ciudad partenopea, en correspondencia con Don Antonio Ruffo de Sicilia quien se convirtió en su mentor y buen comitente durante su segundo periodo napolitano. La última carta conocida a su mentor data de 1650 y deja claro que ella estaba aún plenamente en activo.

Se pensó que Artemisia había muerto en 1653. Evidencias recientes, sin embargo, muestran que aún aceptaba encargos en 1654, aunque dependía cada vez más de su asistente, Onofrio Palumbo. Por lo tanto, puede especularse con su muerte en la devastadora plaga que asoló Nápoles en 1656 y virtualmente barrió a toda una generación de artistas napolitanos. Algunas obras de este periodo son Susana y los viejos y Virgen con el Niño. Su tumba se encontraba en la iglesia de San Juan de los Florentinos de Nápoles, que fue destruida tras la Segunda Guerra Mundial. En su lápida estaba escrito HEIC ARTEMISIA. Después de su muerte fue prácticamente olvidada.

Autorretrato como mártir



Betsabé en el baño



Maria Magdalena



Magdalena como la melancolía



La Virgen y el Niño



Danae



PRINCIPALES OBRAS

Susanna e i vecchioni, Colección del conde de Schönborn, Pommersfelden, 1610
Madonna col Bambino, Galería Spada, Roma, 1610-11
Giuditta che decapita Oloferne, Galleria degli Uffizi, Florencia, 1612-13
Danae, Museo de Arte de San Luis, San Luis, (Misuri), h. 1612
Minerva, Sopraintendenza alle Gallerie, Florencia, h. 1615
Autoritratto come martire, Colección privada, h. 1615
Allegoria dell'Inclinazione, Casa Buonarroti, Florencia, 1615-16
Maddalena penitente, Colección privada (ya Marc A. Seidner Collection, Los Ángeles), h. 1615-16
La Conversione della Maddalena, Galleria Palatina, Palacio Pitti, Florencia, 1615-16
Autoritratto come suonatrice di liuto, Curtis Galleries, Minneapolis, h. 1615-17
Giuditta con la sua ancella, Galleria Palatina, Palacio Pitti, Florencia, 1618-19
Santa Caterina di Alessandria, Galleria degli Uffizi, Florencia, h. 1618-19
Giaele e Sisara, Museo de Bellas Artes, Budapest, 1620
Cleopatra, Collezione della Fondazione Cavallini-Sgarbi, Ferrara, h. 1620
Allegoria della Pittura Museo de Tessé, Le Mans, 1620-30
Giuditta che decapita Oloferne, Uffizi, Florencia, h. 1620
Santa Cecilia, Galería Spada, Roma, h. 1620
Cleopatra, Col. Amedeo Morandorri, Milán, 1621-22 (considerado por algunos estudiosos como obra de su padre)
Retrato de un confaloniero, Col. Comunali d'Arte, Palacio de Accursio, Bolonia, 1622
Susanna e i vecchioni, The Burghley House Collection, Stamford, Lincolnshire, 1622
Lucrezia, Gerolamo Etro, Milán, h. 1623-25
Maria Maddalena come Melanconia, Sala del Tesoro de la catedral de Sevilla, h. 1625
Giuditta con la sua ancella, Detroit Institute of Arts, h. 1625-27
Venere dormiente, Colección Barbara Piasecka Johnson, Princeton, Nueva Jersey, 1625-30
Ester e Assuero, Museo Metropolitano de Arte, Nueva York, h. 1628-35
Annunciazione, Museo de Capodimonte, Nápoles, 1630
Corisca e il satiro, Col. privada, 1630-35
Clio, la Musa della Storia, Col. privada (ya Nueva York, Col. Wildenstein), 1632
Aurora, Col. privada, Roma
Nacimiento de san Juan Bautista, Museo del Prado, Madrid.Nacimiento de San Juan Bautista, Museo del Prado, Madrid, h. 1633-35
Cleopatra, Col. privada, Roma, h. 1633-35
Lot e le sue figlie, Museo de Arte, Toledo, Ohio, h. 1635--38
Davide e Betsabea , Neues Palais, Potsdam, h. 1635
Ratto di Lucrezia, Neues Palais, Potsdam
Davide e Betsabea , Palacio Pitti, Depósitos, Florencia, h. 1635
San Gennaro nell'anfiteatro di Pozzuoli, Museo Capodimonte de Nápoles, 1636-37
Santi Proclo e Nicea, Museo Capodimonte de Nápoles, 1636-37
Adorazione dei Magi, Museo Nacional de San Martino, Nápoles, 1636-37
Davide e Betsabea, Museo de Arte, Columbus, Ohio, h. 1636-38
Autoritratto come allegoria della Pittura, Royal Collection de Su Majestad la Reina Isabel II, Castillo de Windsor, 1638-39
Venere che abbraccia Cupido, Col. privada, 1640-50
Un’allegoria della Pace e delle Arti sotto la Corona inglese, Malborough House, Londres, 1638-39 (en colaboración con Orazio Gentileschi)
Susanna e i vecchioni, Moravska Galerie, Brno, 1649
Madonna e Bambino con rosario, Monasterio de El Escorial, Casita del Príncipe, 1651.




Fuentes:
http://es.wikipedia.org/wiki/Artemisia_Gentileschi

domingo, 17 de enero de 2010

BEATRIZ GALINDO, La Latina


En el reinado de Isabel de Castilla nos encontramos con un grupo de brillantes y sabias mujeres renacentistas, destacándose Beatriz Galindo, quizá la humanista más conocida e importante en esta corte. Nació en Salamanca, según la mayoría de las opiniones hacia 1465. Sus progenitores eran hidalgos arruinados, pero esta situación no les impidió sostener una numerosa prole de la que la pequeña Beatriz fue designada para engrosar la vida del claustro conventual. Con tal motivo comenzó a instruirse en la disciplina lingüística del latín, a fín de entender mejor rezos, escrituras y cánticos.

Muy pronto destacó por su lúcida inteligencia, lo que la permitió entrar en las aulas de la célebre universidad salmantina, un lugar donde impartían clases magistrales reputados intelectuales como Antonio de Nebrija, autor de la primera gramática castellana y que, muy posiblemente, se convirtió en mentor de la brillante joven. Mostró grandes dotes para el latín, no sólo en la traducción y lectura de los textos clásicos, sino que también era capaz, a los quince años, de hablar con gran corrección en esta lengua.



Su fama se extendió primero por Salamanca y después por todo el reino y empezó a ser conocida como «La Latina». Le atraía especialmente Aristóteles. En 1486, cuando se estaba preparando para ingresar en el convento como monja, la reina Isabel I de Castilla se fijó en ella mientras buscaba preceptores para la educación de sus hijos y solicitó que la joven se trasladase a la corte con el propósito de formar parte de un selecto grupo de damas sabias que asesoraba a la monarca católica en diferentes cuestiones relacionadas con la cultura.

La reina Isabel quiso completar una deficiente formación en latín para desarrollar sus actividades diplomáticas en igualdad de condiciones con su esposo, el rey Fernando, que sí había sido educado en el dominio del latín en la corte de su padre Juan II de Aragón. Beatriz, su maestra, tendría apenas dieciseis años y era una joven de tez blanca y ojos oscuros y expresivos. La llamada de la reina cambió su destino monacal pues desde ese momento acompañaría a la reina, impartiendo sus clases en palacio o en la tienda real, según las necesidades de una corte de carácter itinerante que visitaba distintos reinos, a veces en situaciones de asedio o de guerra. La reina tenía en muy alta estima sus consejos y fue también maestra de las infantas Isabel, Juana, María y Catalina.

 


En diciembre de 1491 se casó, a instancias de los Reyes Católicos, con el oficial de artillería Francisco Ramírez, un madrileño entrado en madurez que había enviudado recientemente con cinco hijos a su cargo. El Artillero, como así era llamado en los ambientes palaciegos, era un hombre de confianza de los monarcas a los que había servido en sus guerras contra Portugal y Granada. A su lado, Beatriz compartió casi diez años de serena felicidad en los que vinieron al mundo dos hijos: Fernán y Nuflo, si bien ella quiso por igual a los vástagos aportados por su marido, el cual falleció en 1501 combatiendo a los musulmanes rebeldes de Las Alpujarras.

Beatriz Galindo tenía treinta y seis años cuando enviudó y desde entonces alternó sus obligaciones junto a la reina con la fundación de los conventos de la Concepción Franciscana y de la Concepción Jerónima, en los que se impartían clases para mujeres sin recursos, así como del llamado Hospital de los Pobres, conocido después como hospital de La Latina. Se conserva abundante documentación relativa a estas fundaciones donde se pone de manifiesto la contribución de la reina a estas empresas, así como la prodigiosa capacidad de administración y organización de Beatriz Galindo, que se refleja hasta en los más pequeños detalles y que puede observarse en las estrictas y solidarias normas de sus estatutos, desde que sólo pudieran ser acogidos los pobres o que no abandonaran la institución hasta tener un trabajo para no acabar en la mendicidad, hasta hacer trasladar un matadero cercano para evitar malos olores a sus acogidos.
 

Beatriz, que había visto aumentada su hacienda, gracias a las donaciones de la reina y a su propio trabajo, instituyó dos mayorazgos en 1504, en beneficio de sus dos hijos. Estuvo junto a la reina Isabel hasta su muerte en 1504 acompañándola incluso en el duro y largo viaje desde Medina del Campo hasta Granada, donde la soberana quiso ser enterrada. Desde la muerte de la reina, se recluyó, en régimen de clausura mitigada, en el convento de la Concepción Jerónima y, después, en el de la Concepción Francisca, en los que vivió con gran austeridad, entregada a sus fundaciones benéficas y al estudio. Tuvo que vivir el dolor de que su primogénito, Fernán, le pusiera un pleito por unas casas que consideraba que lesionaban su mayorazgo; la intervención del rey Fernando amenazando mediante real cédula con la ira regia si su ahijado persistía en su actitud, prueba una vez más la estrecha relación de la corona con la que había sido colaboradora de la reina.

No vio con buenos ojos y criticó con dureza el segundo matrimonio de Fernando el Católico con Germana de Foix, pero acudió solícita al llamamiento del joven rey Carlos I, cuando le pidió el mismo asesoramiento que en su día había dado a su abuela. En sus años finales soportó con amargura la muerte de sus hijos, quedando como único consuelo de su existencia las obras de caridad y el amor de su nieta Beatriz. Se le atribuyen, aparte del testamento, el estudio Notas y Comentarios sobre Aristóteles, dos cartas en latín y algunos poemas, notables y conocidos en su época, también en latín, pero excepto del primero, no ha quedado constancia textual alguna. En el inventario de la biblioteca de la reina hay una referencia sobre "un libro pequeño de pergamino, escrito de mano en latín"; como trataba de Aristóteles y era un manuscristo en latín, se ha apuntado que quizás pudiera tratarse del citado estudio de Beatriz Galindo sobre el filósofo griego que su autora habría regalado a la soberana.
 


En noviembre de 1535, moría Beatriz Galindo en el convento de la Concepción Francisca, donde residió casi los diez últimos años de su vida, vigilando la educación que recibían las jóvenes acogidas en su colegio. Está enterrada, por su voluntad, en el coro bajo y no en el suntuoso sepulcro del Convento de las Jerónimas, como se creyó durante siglos. Hoy en día uno de los barrios más castizos de Madrid lleva su popular y recordado sobrenombre.



Fuentes:
http://www.escritorasypensadoras.com/fichatecnica.php/259
http://www.elmundo.es/suplementos/magazine/2006/350/1149878809.html
http://es.wikipedia.org/wiki/Beatriz_Galindo

BRUNEQUILDA ( II )

Al año siguiente una noticia tranquilizadora llegó a la corte de Austrasia: Fredegunda había muerto. Su hijo Clotario II fue nombrado rey de Neustria. Brunequilda intentó derrocar a Clotario y asumir el poder de todos los reinos francos, pero no recibió suficiente apoyo y el intento fracasó. En 599 por instigación de la nobleza de Austrasia, su nieto Teodoberto asumió el trono y apartó a su abuela del poder, expulsándola de la corte. Brunequilda se refugió en la corte de Borgoña en la ciudad de Orleans, donde fue bien recibida por su otro nieto Teodorico. El obispo de Autun, San Desiderio criticaba con dureza las costumbres de la corte de Teoderico y de igual manera lo hizo con Brunequilda. La reina escribió al papa Gregorio I quejándose de la actitud de San Desiderio hacia su familia. El obispo fue suspendido pero continuó el conflicto entre el obispo, los soberanos y la nobleza de Borgoña. Años después, durante un sermón, San Desiderio criticó públicamente a Teodorico y a Brunequilda, lo que resultó en su asesinato en el año 608 cometido por incondicionales de Teodorico.

El monje irlandés San Columbano de Lexehuil se había establecido en 590 en el reino de Borgoña y con la aprobación del rey Gontrán fundó varios conventos. Su regla era muy estricta y se encontraba en conflicto con los obispos y nobles francos. Llegado el momento, se opuso a que el rey Teodorico viviera en concubinato y lo incitó a buscar una esposa. La elegida fue Ermenberga, hija del rey visigodo Witerico, pero la princesa fue rechazada por Brunequilda, repudiada finalmente por el rey y devuelta a Hispania sin su dote. San Columbano decidió en una ocasión visitar la corte de Teodorico en Autun. Brunequilda lo recibió con respeto y le solicitó una bendición para sus bisnietos que la acompañaban, hijos de Teodorico. El religioso se negó a hacerlo, aduciendo el origen ilegítimo de los niños y profetizó que nunca reinarían. La reina, ofendida, logró su expulsión del reino de Borgoña en 610.



Brunequilda, cumplidos ya los sesenta años de edad, continuaba dirigiendo las luchas por el poder entre los reinos francos. Las relaciones entre Teodorico y Teodoberto eran muy inestables, pero los hermanos se unían ocasionalmente para combatir a otros. En dos batallas, una en Dormelles en 600 y otra en Étampes en 604, lograron la victoria sobre Clotario de Neustria. En esta última batalla, Teodorico estuvo cercano a capturar y derrotar definitivamente a Clotario, pero la nobleza de Austrasia lo forzó a firmar un tratado de paz a cambio de territorios. Las relaciones entre los hermanos se fueron deteriorando cada vez más. Teodoberto estaba influenciado por la nobleza de Austrasia y Teodorico se guiaba más por el consejo de Brunequilda que por el de los nobles de Borgoña.

La manzana de la discordia fue una disputa por territorios. Teodorico de Borgoña y su abuela Brunequilda tenían en 612 una posición de poder, con grandes territorios conquistados, y resolvieron atacar a Teodoberto. Este rey perdió la guerra rápidamente durante ese mismo año. Fue tonsurado, supuestamente por órdenes de Brunequilda, lo cual según las costumbres de la época lo inhabilitaba para reasumir el trono al menos hasta que le volviera a crecer el pelo, y encerrado en un monasterio junto a su hijo, donde murieron el mismo año. Se atribuyeron estas muertes a Brunequilda quien las habría ordenado para convertir a su nieto preferido Teodorico en rey de Austrasia, aunque las órdenes bien pudieron partir directamente del propio Teodorico.

Es importante señalar que después de la muerte del gran historiador de los francos Gregorio de Tours, los cronistas que escribieron sobre Brunequilda ni siquiera fueron contemporáneos de ella y redactaron sus crónicas muchos años después de ocurridos los hechos. Se presume que por razones políticas, lo hicieron desde una perspectiva poco objetiva e intencionadamente desfavorable a Brunequilda pero, desgraciadamente, no hay demasiadas fuentes históricas alternativas que narren estos acontecimientos.




Brunequilda creyó llegado el momento cumbre de su poder: unidas bajo un mando común , Austrasia y Borgoña, era la ocasión de asestar el golpe de gracia que acabase con el rey Clotario II de Neustria, el hijo de la nunca olvidada Fredegunda. Los ejércitos se concentraron, las órdenes de marcha fueron dadas, pero Teodorico enfermó de disentería y murió a los 26 años de edad. Brunequilda, ya de 70 años, reclamó entonces la corona para su bisnieto Sigiberto II y la regencia para ella pero la nobleza de Austrasia dirigida por Pipino de Landen y el obispo de Metz, San Arnulfo, la rechazó y acordó una alianza con Clotario quien, a invitación de ambos, invadió militarmente el reino de Austrasia.

También fue traicionada por Warnachaire, mayordomo de palacio de Borgoña, quien al mando de los ejércitos de ese reino, en vez de combatir a Clotario, pactó con él. La reina, al verse sin apoyo militar, buscó la ayuda de las tribus germánicas que vivían a orillas del Rin pero en su huida fue descubierta y apresada en Orbe por Herbon, un terrateniente que en teoría le debía fidelidad pero que la entregó a Clotario. Ante él tenía a la mujer de estirpe real a quien su madre había odiado toda su vida y a la que él odiaba también.


Brunequilda era una anciana pero aún con una increíble energía, tardíos restos de una imponente belleza y un porte dominador y despectivo hacia el hijo de aquella mujer vil que la persiguió mientras vivió con el rencor de las almas bajas llenas de envidia. Fue sometida a juicio en Renève, donde se la responsabilizó de la muerte de muchas personas importantes. Varias de esas muertes, en realidad, habían sido asesinatos ordenados por Fredegunda y dos por Clotario mismo.

Según las crónicas, la anciana reina fue seguidamente sometida a tormentos durante tres días, luego fue exhibida sobre un camello para la mofa del ejército de Clotario y, finalmente, la ataron por los cabellos y un brazo a la cola de un caballo y la arrastraron hasta que, despedazada, expiró. Otras fuentes indican que fue desmembrada entre cuatro caballos, lo cual podría ser más probable dado que era una muerte más atroz, visto el odio de Clotario hacia Brunequilda. La reina Brunequilda murió el 13 de octubre de 613, sus restos fueron incinerados y sus cenizas depositadas en un sarcófago en la abadía de San Martín en Autun, fundada por ella en 602. Hoy reposan en el Museo Rolin en Aviñón.




Fuentes:
http://es.wikipedia.org/wiki/Brunegilda
Emilio Beladiez, Españolas, Reinas de Francia
2002 Ediciones Palabra S.A


viernes, 15 de enero de 2010

BRUNEQUILDA ( I )

También conocida como Brunegilda o Brunilda fue una princesa visigoda nacida en el año 543. Tenía once años de edad cuando su padre Atanagildo fue elegido rey visigodo de Hispania. Era la menor de las dos hijas del matrimonio real. La princesa fue educada en la corte de Toledo, capital del reino visigodo, que gozaba de cierto prestigio en la época y profesaba la fe cristiana arriana. Las difíciles relaciones políticas entre francos y visigodos habían mejorado y alrededor del año 565, el rey Sigiberto I de Austrasia mandó una embajada a pedir la mano de Brunequilda. Atanagildo, complacido con los regalos de su futuro yerno y quizá pensando en su eventual ayuda contra Bizancio, aceptó y entregó a Brunequilda a los enviados francos que, en su compañía, emprendieron el camino de la lejana Austrasia. Brunequilda aceptó cambiar su fe arriana por la fe católica y, aportando una buena dote, celebró su matrimonio en la ciudad de Metz —capital del reino de Austrasia— el año 566.


Su marido no había imaginado que pudiera ser tan bella. Su distinción, su porte y sus modales eran tales que desataron las plumas de los poetas aduladores. Las mujeres quisieron imitarla y los hombres quisieron congraciársela. De ella escribió el obispo Gregorio de Tours, cronista de la época merovingia: « Era una joven de modales elegantes, de hermosa figura, honesta y decente en sus costumbres, de buen consejo y agradable conversación ». Con su incorporación a la dinastía merovingia comenzó una vida difícil llena de conspiraciones y con un trágico final.

El asesinato de su hermana Galswinta provocó en Brunequilda un profundo rencor hacia Chilperico I y Fredegunda de Neustria. Montó en cólera y exigió de su enamorado esposo una acción de demanda de justicia y rápida ejecución de venganza. De acuerdo con las costumbres francas un asesinato también se podía redimir mediante una compensación económica. Exigieron a Chilperico la devolución de la dote que había aportado Galswinta, pero el rey de Neustria se negó a hacerlo. Sigiberto apeló a su otro hermano, Gontrán I de Borgoña, para que mediara en el conflicto.

Gontrán reunió a un consejo de nobles y se resolvió entregar en compensación a Brunequilda y a sus descendientes, las ciudades de Burdeos, Limoges, Cahors, Bearn y Bigorra, que había recibido Galswinta como regalo de bodas. Pero el problema no se resolvió. Chilperico aceptó de mala gana la devolución de las ciudades y Brunequilda no olvidó el asesinato de su hermana. Entre 567 y 570 nacieron los tres hijos de Sigiberto y Brunequilda: Ingunda, Clodosinda y Childeberto.


Las rencillas entre Sigiberto y su hermano Chilperico continuaron, esta vez atizadas por ambas reinas consortes. El odio de Fredegunda chocaba con el de Brunequilda. Chilperico fue preparando un plan militar para recuperar las propiedades concedidas y de paso adquirir alguna otra de las sometidas a su hermano y cuñada. El obispo de París, San Germán, intentó apaciguar el conflicto y escribió una carta a Brunequilda solicitándole su influencia, sin lograrlo. Se emprendieron varias campañas militares en las que Sigiberto y Brunequilda resultaban victoriosos. En uno de los intentos de Chilperico por recuperar las cinco ciudades por la fuerza, murió su hijo mayor Teodoberto.

Sigiberto comenzó la ocupación de Neustria y Brunequilda se estableció ostentosamente en Paris en compañía de sus dos hijas e hijo. Pero Fredegunda no se dio por vencida y en un acto de audacia y astucia, envió a dos agentes suyos a matar a su cuñado. Con el pretexto de hacer acto de acatamiento a Sigiberto, los sicarios se presentaron ante él y lo cosieron a cuchilladas. Gracias a ello Chilperico pudo recuperarse de la desesperada situación en la que se encontraba e incluso reclamar la posesión del reino de Austrasia.


La primera reacción de Brunequilda al conocer la noticia de la muerte de su esposo fue intentar salvar a sus hijos, sobre todo al varón, e impedir que cayeran en manos del tio. Logró hacer escapar a su pequeño hijo Childeberto y reclamó el trono de Austrasia para él y la regencia para ella. La nobleza de Austrasia reconoció los derechos del heredero, pero no la aceptó como regente, nombrando en este cargo a Gontrán de Borgoña. Antes de que Chilperico hubiera llegado a Paris, el niño Childeberto de cinco años estaba ya entre sus fieles austrasios en Metz, donde le juraron rey.

Brunequilda, que había sido hecha prisionera, esperó la llegada de su cuñado a Paris, que no se hizo esperar. Chilperico llegó acompañado por Fredegunda y por Meroveo, otro de los hijos con su primera esposa. Meroveo vio ante él a una mujer bellísima, vencida por el dolor, orgullosa, digna, madre del recién proclamado rey de Austrasia, viuda y se enamoró de ella con entusiasmo juvenil. Chilperico separó a Brunequilda de sus hijas y la encerró en un convento en Ruán.


El rey mandó a su hijo Meroveo a completar la ocupación de algunas ciudades insumisas, pero tomó el camino de Ruán y tras un breve cortejo, se casó con Brunequilda y buscaron refugio en Tours. El obispo de Ruán, Pretextato, quien sentía especial afecto por Meroveo por haber sido bautizado por él, ofició la ceremonia. Este matrimonio le acarrearía a Brunequilda la acusación de incesto y lascivia. Chilperico logró anular el matrimonio y enfurecido con su hijo Meroveo, lo hizo tonsurar y ordenar sacerdote a la fuerza pero el príncipe logró escapar.

Brunequilda regresó a la corte de Austrasia, pero el rechazo de los nobles la obligó a buscar refugio en la corte de Gontrán de Borgoña, retornando un tiempo después para asumir la regencia por su hijo. La reina intentó por todos los medios procurarle a Meroveo asilo en Austrasia pero los nobles austrasios se opusieron denodadamente, argumentando que hacerlo atraería las iras de Chilperico.

Meroveo fue tenazmente perseguido por su propio padre y por Fredegunda, al que tendieron una trampa y acosado como una fiera salvaje, no encontró más camino de huida que la muerte. Pidió a un amigo que le clavara una espada, muriendo el año de 577. El obispo Pretextato fue asesinado en 586. Ambas muertes se atribuyeron a conspiraciones de Fredegunda, quien también intentó asesinar a Brunequilda después de la anulación del matrimonio.


Brunequilda asumió la regencia por su hijo y comenzó entonces a actuar como soberana de Austrasia, organizando y mejorando la estructura del reino. Su tarea no era nada fácil, tenía que mantener el Estado frente a las fuerzas disolventes de la nobleza, salvaguardar los derechos de sus herederos de la codicia de todos y hacer cara a la incansable hostilidad de Fredegunda, siempre empeñada en lanzarle dardos emponzoñados.

Reparó caminos, construyó iglesias y abadías, elevó castillos en Etampes, Tournai y Calais, mandó misiones a Inglaterra, reparó todas las vias romanas de sus dominios, reformó las finanzas y reorganizó el ejército, pero los gastos afectaron los intereses de los nobles y éstos le mostraron su hostilidad. Brunequilda reaccionó imponiendo la autoridad de la corona. Para reafirmar esta autoridad, solicitó a Gontrán de Borgoña —que no tenía hijos vivos— la adopción de su hijo Childeberto, lo que el rey de Borgoña aceptó en 577.

En 579 casó a su hija Ingunda, de trece años de edad, con el príncipe visigodo Hermenegildo, acabando este matrimonio en tragedia al morir ambos como consecuencia de las conspiraciones y luchas entre arrianos, católicos y bizantinos en Hispania. Su hijo Childeberto II comenzó a reinar como soberano cumplidos los trece años de edad.


En 584 murió asesinado Chilperico, se atribuyó este crimen tanto a Brunequilda como a Fredegunda. Esta última asumió la regencia de Neustria por su hijo recién nacido, Clotario II, y atentó nuevamente contra la vida de Brunequilda. En 586 nació Teodoberto y al año siguiente Teodorico, ambos hijos de Childeberto y nietos de Brunequilda. Su enemiga Fredegunda atentó nuevamente contra la vida del rey, la reina regente y el primer nieto. Brunequilda no sólo tenía enemigos en la corte de Neustria, algunos nobles de Austrasia se le oponían firmemente. Los duques Rauching, Ursio y Berthefried, que se habían enfrentado a la reina anteriormente y habían conspirado para asesinar a Childeberto, fueron ejecutados por orden de Brunequilda.

Las relaciones entre Gontrán de Borgoña y Childeberto II se deterioraron y se inició una lucha que terminó el año 587 firmando ambos el Tratado de Andelot, en el cual, entre otros acuerdos, se estableció la herencia recíproca de los reinos en caso de fallecimiento de alguna de las partes. También en el año 587, el rey visigodo Recaredo I estableció una alianza con el rey Childeberto y solicitó además en matrimonio a Clodosinda, hermana del rey. Brunequilda accedió bajo la condición de que el matrimonio debería ser aceptado por Gontrán de Borgoña. La embajada enviada a Borgoña solicitó este consentimiento pero Gontrán se negó a darlo. Unos meses después, Childeberto manifestó su aprobación del enlace alegando que le constaba que los visigodos ya eran católicos, pero al parecer no llegó a celebrarse, pues en el 589 el rey Recaredo estaba casado con Baddo, una ilustre dama goda.


El rey de Austrasia y su madre Brunequilda establecieron buenas relaciones con el papa Gregorio I Magno, elegido en 590. Existen tres cartas del pontífice enviadas a Brunequilda. En la primera, el pontífice comienza alabándola por ser una madre y reina ejemplar y le solicita su patrocinio para el presbítero Candidus. En la tercera epístola, el papa le solicita su patrocinio para San Agustín de Canterbury, en su camino a evangelizar al pueblo de los anglos. En 593 murió Gontrán y Childeberto II subió al trono de Borgoña.

El joven rey intentó una guerra contra el reino de Neustria, pero fracasó. Brunequilda participó personalmente en las decisiones políticas que se tomaron. En 596 murió envenenado Childeberto II a los veintiséis años de edad, se atribuyó el crimen a Fredegunda pero otras fuentes nombran a una conspiración de nobles de Austrasia e incluso se sospechó de Brunequilda, que reaccionó con rapidez y asumió nuevamente la regencia, esta vez por sus dos pequeños nietos. Teodoberto II se convirtió en rey de Austrasia y Teodorico II de Borgoña.


Fuentes:
http://es.wikipedia.org/wiki/Brunegilda
Emilio Beladiez, Españolas, Reinas de Francia
2002 Ediciones Palabra S.A

jueves, 14 de enero de 2010

AUDOVERA Y GALSWINTA


AUDOVERA nació en el año 533. Fue la primera esposa del rey Chilperico I de Neustria, con el que llegó a tener cuatro hijos: Teodoberto, Meroveo, Clodoveo y Basina. La reina tenía a su servicio a una joven hermosa y muy ambiciosa llamada Fredegunda que no dudó en enamorar al rey Chilperico y convertirse en su amante. Pero la amante aspiraba más alto, quería ser la reina y Audovera tenía que desaparecer de su camino. Un día el rey parte a la guerra, dejando a Audovera encinta de algunos meses de su cuarto hijo. Cuando nace la niña, Fredegunda, en complicidad del obispo que va a bautizarla y gracias a la propia ingenuidad de la reina, realiza su intriga: no habiendo llegado la dama que efectuaría de madrina del recién nacido, Fredegunda aconseja a Audovera que sea ella misma la madrina de su hija para que así, cuando el rey regrese la encuentre "dos veces madre". Lo que no se imaginaba la reina era que Fredegunda buscaba separarla definitivamente de Chilperico; de acuerdo a la ley canónica, un hombre no puede cohabitar con la madrina de su hijo.

Cuando Chilperico regresa de la guerra, es avisado por Fredegunda que él ya no podría convivir con su esposa pues ahora los unía una relación espiritual. El rey, que estaba buscando un pretexto para separarse y unirse libremente a Fredegunda, acepta gustoso lo sucedido; el matrimonio entre Chilperico y Audovera es declarado ilegal. El soberano invita a Audovera que tome los hábitos como viuda e ingrese a un convento. Resignada, la reina acepta lo sucedido y se retira a un convento en la ciudad de Le Mans en el 565. Quince años después, Fredegunda decidió deshacerse de ella: la pobre reina repudiada fue estrangulada en el convento y su cadáver arrojado desde lo alto de una torre.


GALSWINTA era la mayor de las dos hijas del rey visigodo de Hispania, Atanagildo y de Goswintha, nacida en el 540. Ella y su hermana Brunequilda tenían fama de ser muy hermosas. Brunequilda se casó con Sigiberto I de Austrasia y su cuñado Chilperico de Neustria, que había repudiado a su primera esposa Audovera, quiso imitar a su hermano solicitando como esposa a otra princesa de la misma estirpe y tan bella como su cuñada. La primera opuesta a la boda era la misma Galswinta. Ni ella ni su madre se prometían nada bueno de semejante enlace con aquel rey cruel, disoluto, lujurioso y avaro, e hicieron todo lo posible por aplazar la boda pero Chilperico apretaba, prometía, ofrecía alianzas y Atanagildo necesitaba ayuda contra Bizancio. Por amor a su hija exigió que Chilperico abandonara a todas sus otras mujeres. Y, por supuesto, a Fredegunda. Esta aceptó separarse de Chilperico para que pudiera unirse con Galswinta. A cambio solo pidió quedarse en palacio como criada de la nueva pareja real. No era mucho y se le concedió.

Finalmente la princesa Galswinta, que aportaba una generosa dote, y su lujosa comitiva partieron de Toledo rumbo a Rouen donde la esperaba Chilperico. La novia abrazó la fé católica abandonando su arrianismo. Tras la boda y la primera noche nupcial; las ciudades de Burdeos, Limoges, Cahors, Béarn y Bigorre fueron solemnemente entregadas por el esposo a la esposa a titulo de regalo por la virginidad de la nueva reina. A Chilperico le gustó Galswinta. Era bellísima, rica, de buena educación y estirpe real. Satisfacía sus sentidos, su codicia y su vanidad. Pero en cuestión de semanas o meses, se aburrió de su esposa.

El matrimonio fracasó rápidamente debido a la actitud de Chilperico, quien se negó a abandonar su disipada vida y a Fredegunda. Galswinta irritaba al rey reprochándole sus continuos adulterios con sus concubinas y se manifestaba deseosa de regresar a Hispania dejando a Chilperico en posesión de la dote que ella había aportado, con tal que la dejara partir. Pero ese mismo año murió su padre Atanagildo, debilitándose así su posición política y poco después sería asesinada. Galswinta fue hallada estrangulada en el lecho real antes del año de su boda, en el 567. Este crimen es atribuido a Fredegunda. Chilperico la lloró pero a los pocos días contrajo matrimonio con su amante.




Fuentes:

http://es.wikipedia.org/wiki/Audovera
http://es.wikipedia.org/wiki/Galswinta
Emilio Beladiez, Españolas, Reinas de Francia
2002 Ediciones Palabra S.A

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