sábado, 11 de diciembre de 2010

El repudio de Catalina de Aragón ( III )



Un brote del terrible “mal del sudor” hizo que el rey huyese precipitadamente de la corte. Catalina permaneció sin moverse, no temía a la enfermedad sino a que su hija fuese declarada bastarda. Pidió ayuda al viejo obispo Warham, pero éste tenía miedo del monarca: el enfado del príncipe es la muerte, masculló cuando la reina le pidió consejo y le dio la espalda. Nadie se atrevía a enfrentarse a Enrique por defenderla, ni siquiera el que había sido amigo de la reina, Luis Vives, el cual había sido encarcelado durante seis semanas y duramente interrogado por el cardenal Wolsey, interrogatorio compartido con el menos amedrentable Francisco Felípez. Al pedirle Catalina que la defendiera ante el legado del Papa, Vives se negó y se fue de Inglaterra para trasladarse a Brujas, causándole una honda decepción a la reina. La asesoría jurídica largamente esperada, que solicitó a España y a Flandes, no llegaba. Decidió que la verdad desnuda era la mejor defensa, así que mientras la corte se estremecía de terror por la plaga del “sudor”, ella forjó sola su propia defensa.



El cardenal Lorenzo Campeggio llegó a Londres en octubre de 1528. Según las instrucciones secretas que le había dado el Papa, debía procurar que el rey y la reina se reconciliaran, pero, si eso no era posible, debía persuadir a Catalina a ingresar en un convento, con lo cual Enrique sería libre de volver a casarse. En la primera reunión del cardenal con Enrique VIII, el rey había rechazado, como podía preverse, la noción papal de que Clemente VII otorgara una nueva dispensa para su matrimonio con Catalina. Un matrimonio nuevamente válido con la reina no era lo que quería el monarca.

En cambio si Catalina ingresaba voluntariamente en un convento, Enrique llevaría a cabo cuantos arreglos ella quisiera sobre sus derechos de viudedad y se ocuparía de que María fuera puesta en la línea de sucesión inmediatamente después de sus legítimos herederos varones. Con este trato la reina no perdería nada sino la persona del rey, la cual ya había perdido en cualquier caso. Y añadió con crueldad que nunca jamás volvería a ella ocurriera lo que ocurriese. ¿Se habría abstenido el rey de declarar bastarda a su hija si la madre se hubiera doblegado a su voluntad dócilmente? ¿La facción Bolena habría permitido que la princesa María siguiese conservando sus derechos al trono pasando por encima de Isabel Tudor?.



El cardenal Campeggio, junto con Wolsey, efectuó una serie de tres visitas a la reina, el idioma que ambos tenían en común era el francés que Catalina hablaba fluidamente. Bajo el juramento de la confesión, le aseguró a Campeggio haber sido virgen en el momento de su matrimonio con Enrique. Afirmó que, desde que se casó con Arturo en noviembre hasta su muerte el siguiente mes de abril, solamente se habían acostado juntos siete veces y que el príncipe la había dejado como la había encontrado, intacta. Dijo que no tenía vocación para la vida monástica y que prefería permanecer en el estado matrimonial al que Dios la había llamado. Había llegado virgen a Enrique y era su legítima esposa. Por la salvación de su alma y de la de su esposo no diría lo contrario, antes moriría descuartizada y si se levantara de entre los muertos, moriría otra vez en defensa de esa verdad. Campeggio estaba desesperado. La vista del juicio en Inglaterra se había fijado para las navidades y no veía ninguna probabilidad de que fuera justo. Aconsejó vivamente al Papa que avocara la causa a Roma.

Campeggio no tardó en dejar claro que Clemente VII estaba dispuesto a ofrecer a Enrique cualquier cosa excepto la anulación que tanto deseaba, incluso una dispensa para que la princesa María se casara con su hermanastro Henry Fitzroy. Insistió en que la dispensa del Papa Julio era válida, pero el rey no quiso aceptarlo. Campeggio opinó que “ si un ángel descendiera del cielo, no lograría persuadirle de lo contrario ”. Al menos la llegada de Campeggio significó que se le debían conceder a la reina sus propios asesores legales.



Los murmullos de protesta, los abucheos a los cardenales y los vítores a Catalina, dondequiera que apareciera, eran tan altos como siempre. Por tanto, el rey quiso probar lo que el terror podía provocar en Catalina. Wolsey fue enviado a manifestarle que se decía que era desleal al rey y que si el rey, él o su colega el Cardenal legado sufrieran algún atentado, se la haría responsable del mismo. La torpe amenaza mereció el silencioso desprecio que correspondía.

Siguió un paso más drástico: un comité del Consejo la visitó portando una amonestación formal, que Enrique no había tenido el valor de entregar en persona. Le dijeron que el rey estaba decepcionado y dolorido con su conducta en un momento en el que, al igual que él, debía estar sumida en la pena y en la perplejidad por el pecado que habían cometido. Que aparecía en público y admitía las aclamaciones del populacho, sonriendo y saludando con la cabeza y con gestos. En las actuales circunstancias semejante conducta se acercaba peligrosamente a la sedición y, por tanto, se le ordenaba que permaneciera recluida y que se cuidara de incitar al vulgo. Solemnemente la reina rebatirá todas las acusaciones.



Catalina acató esta orden formal, pero el principal efecto de su acatamiento fue arrastrar a multitudes más y más grandes alrededor de las verjas del palacio para ver sus raras apariciones. Para ella significó mucho la buena voluntad espontánea de la gente amable, sentimental y humilde, que durante tanto tiempo había considerado como suya, y su reacción a sus aclamaciones fue probablemente tan irreflexiva como sus vítores. Pero era la última persona que pudiera querer azuzarles a algo más serio que a meter ruido. Lo que ella quería era justicia y ser vindicada ante el juicio de todo el mundo, no la satisfacción de un vulgar motín.



Si alguien hubiera pretendido desencadenar un motín, o quizás algo más serio, el embajador español Mendoza pensaba que se podía haber obtenido con poco esfuerzo. La impopularidad de Wolsey estaba en su cima y la popularidad del rey estaba comenzando a menguar también. Pero Mendoza no conocía a nadie que quisiera la insurrección, ni siquiera se había atrevido a mencionar el tema a la reina Catalina, y todo lo que su amo el emperador quería de Inglaterra, era la paz. Carlos V se negó a considerarse en guerra con su tío; dijo claramente que no haría más que estar a la defensiva ante cualquier provocación que le pudiera hacer; no opuso ningún obstáculo a la reanudación del comercio con los Países Bajos e instruyó a Mendoza para que no diera ningún motivo de agravio y que hiciera todo lo que estuviera en su poder para promover relaciones más cordiales.

El embajador Mendoza previó que nada de lo que se podía hacer en Inglaterra podía impedir el cercano juicio de Catalina y, dado que no era un jurista ni un teólogo, suplicó que se le hiciera regresar. Esperaba que su sucesor estuviera mejor dotado para enfrentarse a disputas maritales y que tuviera mejor suerte.


Fuentes:
Antonia Fraser, Las seis esposas de Enrique VIII. 1998 Ediciones B Argentina, S.A.
Garrett Mattingly, Catalina de Aragon. 1998 Ediciones Palabra, S.A.
Alison Weir, Enrique VIII, el rey y la corte. 2003 Editorial Ariel S.A.
Vicenta Marquez de la Plata, El trágico destino de los hijos de los Reyes Católicos. 2008 Santillana Ediciones Generales, S.L