
En Francia se proclamó una república y fue nombrado presidente el príncipe Luis Napoleón Bonaparte. Conoció a Eugenia en abril de 1849 en el palacio del Elíseo, quedando hechizado ante la belleza de la joven aristócrata granadina y comenzó a cortejarla. Bien aleccionada por su madre, Eugenia sabía mostrarse fascinadora pero sin permitirse sucumbir jamás a las tretas galantes desplegadas por el burlado estratega. El príncipe estaba desconcertado: a pesar de su predisposición a la coquetería, ella parecía sexualmente tan fría como el hielo. Si había dado la impresión de ser una aventurera, desde luego no se comportaba como tal.
Una noche, el príncipe intentó juguetear con su mano derecha que empezaba a impacientarse, un golpe seco del abanico de Eugenia le recordó que no se hallaba ante una piruja. En la recepción de Año Nuevo insistió en besarla bajo el muérdago.
- Es una costumbre francesa- objetó el príncipe.
- Pero yo soy española, señor, y en mi país las mujeres sólo besan a sus padres, a sus hermanos y a sus esposos- replicó Eugenia bajando púdicamente la mirada.
En otra ocasión, después de haber dedicado sus atenciones a la joven a lo largo de toda la velada y creyendo que la conquista era ya cosa hecha, Bonaparte se decidió a preguntar:
- ¿ Cómo llegar a su dormitorio, señorita?
A lo que la granadina respondió:
- Por la capilla, monseñor.
Tras lo cual, el príncipe que ya estaba un poco harto, decidió dejarla tranquila durante una temporada.

El 21 de noviembre de 1852, el príncipe-presidente era elegido por una mayoría de sus compatriotas, emperador de los franceses con el nombre de Napoleón III. Entonces María Manuela decidió que había que poner toda la carne en el asador. No había tiempo que perder, era necesario estrechar el cerco de manera definitiva. El 31 de diciembre, durante la recepción de fin de año en el palacio de las Tullerías, la mujer del ministro del Interior tuvo la osadía de empujar a Eugenia al ir a cruzar una puerta, mientras exclamaba:
- ¡Yo no cedo el paso a una aventurera!
Cuando se sentó al lado del emperador, en la mesa de la cena, Eugenia tenía los ojos arrasados en lágrimas y manifestó la razón:
- Señor, he sido insultada por alguien que ha dudado de mi reputación. Procuraré que no se repita en lo sucesivo, ausentándome de la corte.
- No será necesario- respondió Napoleón III- desde mañana nadie se atreverá a insultarla.
Luego formuló una pregunta que lo atormentaba: ¿ la joven española era aún pura a sus veintiséis años ? Eugenia le miró sin mover una pestaña y contestó:
- Os engañaría, Majestad, si no os confesase que mi corazón ha hablado ya varias veces: pero lo que si puedo aseguraros es que continuo siendo la señorita de Montijo.

Transcurrió una semana sin que nada ocurriera. Las Montijo vivían en vilo, mientras el clan de los Bonaparte discutía con el sobrino enamorado:
- Se puede fornicar con la señorita de Montijo- decía uno, especialmente grosero-, pero no casarse con ella.
- Para asegurar el Imperio naciente es necesario que os caséis con una princesa de sangre real – opinaba otro.
El duque de Morny, medio hermano del emperador, fue el único miembro de la familia que apoyó siempre a Eugenia. El príncipe Napoleón, llamado familiarmente Plon Plon y primo del emperador, estaría detrás de todos los pasquines que se escribieron contra "la española". No pudiendo quedar en la incertidumbre y viendo, por otro lado, las vacilaciones del emperador, Eugenia se dirigió a las Tullerías para forzar las cosas. Le dijo sencillamente al emperador:
- Adiós. Yo me voy y no me volveréis a ver.
Entonces él le respondió:
- No os marcharéis.
Le pidió que se casara con él y Eugenia, precavida, logró que le hiciera la propuesta por escrito. La misiva del emperador dirigida a su futura suegra María Manuela, rezaba:
Señora Condesa:
Hace tiempo que amo a vuestra hija y que deseo hacerla mi esposa. Me permito, pues, pedir su mano, considerando que no existe en el mundo una mujer más capaz de labrar mi dicha, ni más digna de llevar una corona.
Napoleón
Señora Condesa:
Hace tiempo que amo a vuestra hija y que deseo hacerla mi esposa. Me permito, pues, pedir su mano, considerando que no existe en el mundo una mujer más capaz de labrar mi dicha, ni más digna de llevar una corona.
Napoleón

A continuación el soberano se dirigió personalmente al Parlamento y a la nación, defendiendo su proyectado enlace matrimonial con Eugenia de Montijo, ya que, aunque esta era de noble estirpe, no llevaba sangre real en sus venas. Su futuro esposo la describió ante su pueblo: graciosa, buena, dotada de todas las cualidades del alma, ornamental y valiente, católica y piadosa, francesa de educación y corazón. El anuncio de la boda, aun esperado, fue como la explosión de una bomba. El emperador hubo de declarar terminante y sin dejar lugar a réplicas: Señores, no hay nada que discutir. La boda ha sido decidida. Es mi voluntad.
En vísperas de su boda, Eugenia escribió a su hermana la duquesa de Alba: " No puedo evitar tener un cierto terror: la responsabilidad es inmensa y me atribuirán el bien y el mal ". Creía, a la hora de la boda, a ciegas en el amor y el apoyo de su marido, en sus virtudes y entereza, en su talento y calidades de hombre de Estado para hacerle llevadera la vida de obligaciones que la esperaba y, sin embargo, " tiemblo no de miedo a los asesinos sino de aparecer en la historia menos de lo que fueron Blanca de Castilla y Ana de Austria".

El 30 de enero de 1853, en la basílica de Notre-Dame de París se celebró la boda. Desde el atrio de la iglesia, vuelta hacia la muchedumbre, Eugenia, tercera emperatriz de Francia, ostentando sobre su frente la diadema que habían llevado sus dos predecesoras, se inclinó ante el pueblo soberano en la primera de aquellas sus reverencias que habían de hacerse famosas en el mundo. Sería un primer gran gesto político y en aquel momento la turba la amó. Y más aún cuando hizo entrega para caridades de los seiscientos mil francos que la Municipalidad parisina le regaló para diamantes, enorme cantidad con la cual se fundó en el arrabal de San Antonio el asilo Eugenia-Napoleón para muchachas pobres en número de trescientas. Y destino semejante encontraron otros doscientos cincuenta mil francos regalados por su marido.
Fuentes:
Luis Balansó, Las Alhajas Exportadas. 1999 Plaza & Janés Editores S.A.
Emilio Beladiez, Españolas, Reinas de Francia. 2002 Ediciones Palabra S.A

6 comentarios:
Qué mujer!
Un beso
Y menudo personaje la madre también jejeje Tanto buscar maridos para sus niñas entre lo mejorcito de la nobleza española y en París esperaba a Eugenia todo un emperador, lo supieron cazar bien al Napoléon III.
Un gran abrazo, Matias
Eugenia debía de ser una mujer muy hermos ay segura de sí misma. No me extraña que temblase miedo ante lo que se le venía encima. Su alta responsibilidad habla en favor suyo, porque otras solo hubiesen visto la riqueza y el poder delante de su camino.
Una pregunta: ¿realmente ella estaba enamorada? Como Ana Bolena prefirió asegurar la situación antes de que su poderoso prometido le diese calabazas.
Un besito
Una mujer de una vez, si señor. Aprovecho, Magnolia, para saludarte y decirte que ya me he reincorporado al trabajo, después de unas largas y relajadas vacaciones. Así que seguiré visitandote. Saludos.
No sabría contestarte a tu pregunta Carmen, aparentemente fue empujada por la ambición de su madre. Antes de ser proclamado emperador ya le habian echado el ojo las Montijo, era un poderoso e influyente Bonaparte, presidente de la república, y recordemos que la familia de Eugenia era afrancesada y Bonapartista. Cuando se ciñó la corona imperial entonces se hizo más acuciante para María Manuela que su hija le echara el lazo, ser la madre de una emperatriz de Francia era el sueño más alto que podía alcanzar. Ahora bien, si Eugenia nunca llegó a amar apasionadamente a su esposo fue una esposa absolutamente fiel. Napoleón, por su parte, la engañaba de manera continua y hasta rutinaria.
muchos besos, carmen
Pues te echaba de menos Paco, me alegra verte de nuevo por aqui. En estos días he podido hacer unas cuantas entradas pero ahora me viene unos días que volveré a tardar un poquito, pero no mucho.
Saludos para ti también :-)
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