Antes de que los reyes regresaran de su viaje a Calais, tres caballeros franceses en nombre de Francisco se acercaron hasta Richmond para cumplimentar a la princesa María. Allí se encontraba bajo la tutela de la condesa de Salisbury junto a la duquesa de Norfolk y sus hijas. Recibió a los enviados con tanto agrado y simpatía que los visitantes quedaron sorprendidos por el aplomo de una niña de cuatro años que ya sabía obsequiarlos con dulces y vino y maravillarlos con una espléndida ejecución musical.
Por la corte francesa, interesadísima en retener la mano de la princesa María, comienza – sin ningún fundamento- a circular la noticia de su muerte. Thomas Bolena tiene que desmentirlo rotundamente: la princesa no puede gozar de mejor salud. La reina Claudia enviará regalos para la prometida de su hijo: una cruz engastada en piedras preciosas por valor de 6000 ducados y un retrato del delfín. Un recordatorio para el interesado y veleidoso Enrique VIII, que ya no parecía tan dispuesto a cumplir sus solemnes promesas del año anterior.
El compromiso matrimonial entre la princesa María y el emperador Carlos V se firma el 24 de noviembre en Brujas entre Margarita de Austria y Juan de Berghes, como apoderados del emperador, y Wolsey en nombre de Enrique VIII. Hasta que María no cumpliera doce años, Carlos no contraería matrimonio ni Enrique prometería a su hija con otro. A esa edad se casarían “ per verba de praesenti ”, habiendo Carlos gestionado antes en Roma las oportunas licencias por su estrecho parentesco.
Pronto se hace público que Carlos V, tras su coronación en Aquisgrán, visitaría Inglaterra al regresar a España. Aquel tratado de Brujas forzó la segunda estancia del emperador en tierra inglesa con ánimo de ratificarlo, pero no sin enviar antes a personas de su confianza para conocer, al margen de la comunicación oficial, cómo era aquella novia con la que se había comprometido. Tenían instrucciones de observar a la princesa y facilitarle una relación de su estatura y corpulencia así como de sus cualidades.
Recibidos afablemente por la reina Catalina, pudieron apreciar la alegría de María, que se criaba muy contenta y ocupada. También comprobaron el sentir del pueblo inglés que se volcaba para saludar y bendecir a la princesa en sus desplazamientos y salidas públicas; el propio rey cuando se dejaba ver en su compañía acrecentaba su popularidad. Todo convergía hacia ella; jamás pareció existir una niña más feliz, más amada, más admirada.
María, como hizo con los emisarios franceses, volvería a agasajar a los enviados de Carlos, esta vez bajo la atenta dirección de su madre. La encontraron adornada con un broche de oro y piedras preciosas en el que se leía el nombre del emperador. Bailaría para ellos sin tener que ser solicitada dos veces; primero, una danza lenta cuyas difíciles vueltas, al decir de los circunstantes, ninguna mujer en el mundo hubiera mejorado; luego, al pedirle la reina que danzara una gallarda, lo haría con igual brillantez. Sentada junto a la espineta los sorprendería por su aplomo y destreza, propios ya de una concertista consumada. Eran cualidades que sobresalían en una niña de siete años, recién cumplidos, bonita y alta para su edad.
En Greenwich, el 2 de junio de 1522, el emperador conoció a su futura prometida. En la puerta de la sala, la reina, la princesa y todas las damas le recibieron y dieron la bienvenida. El emperador, doblando la rodilla, pidió la bendición de su tía Catalina y expresó gran alegría por verla y en especial a su joven prima María, que le regaló caballos y halcones. Carlos se entretuvo en jugar con la princesa de Gales, a quien encontró muy risueña y simpática. Ayudó a subir a su prima a un pony y, llevando él la brida, dio a María un paseo por el parque. Aquella noche hubo una gran cena, seguida de baile, y el emperador llevó solemnemente a su diminuta prometida.
No había en el palacio espacio suficiente para alojar al séquito de Carlos, que se componía de doscientas personas y mil caballos, y muchos tuvieron que hospedarse en las casas de cortesanos que quedaban cerca o en las posadas del lugar. Durante seis semanas no dejó de recibir un agasajo continuo de festejos espectaculares, cacerías y torneos. En cada uno de los banquetes, la reina permaneció hasta altas horas de la madrugada e incluso su sobrino el emperador bailó con ella una pavana, una danza española, grave y seria y de movimientos pausados. Antes de marcharse, Carlos fue nombrado Caballero de la Orden de la Jarretera. María jamás olvidaría la cortesía y el cariño que recibió de su primo. A partir de entonces, la educación de la princesa estuvo orientada para que llegara a ser una gran emperatriz y reina de Inglaterra a su debido momento.
El cardenal Wolsey propondrá abrir negociaciones con el vecino reino de Escocia para concretar el enlace de la princesa María con el rey Jacobo V, un niño de nueve años. Durante tres años Enrique y Wolsey jugaron simultáneamente con estas tres alianzas: la francesa, la escocesa y la hispano-flamenca, sin descartar ninguna de manera definitiva y manteniendo la última de forma oficial. Carlos se sentía acosado por la petición unánime de sus súbditos españoles para que se desposara con su prima Isabel de Portugal, que tenía la edad adecuada para casarse y una gran dote.
El emperador, que sabía que Enrique negociaba con el delfín y el rey de Escocia, solicitó que su futura esposa, como prenda de las buenas intenciones de su padre, fuese llevada a España para completar allí su educación. Recibirá como invariable respuesta el mejor cumplido hacia la persona de su tía Catalina: " María es el único tesoro de su padre y del reino, no podía separarse tan pronto de ella; además, si el emperador quisiera buscar por toda la Cristiandad la mejor maestra para educarla en los usos de España, no encontraría a otra más apropiada que la reina, su madre, de sangre real española y tan afecta al emperador para formarla y educarla a su entera satisfacción ".
En 1525, la princesa María envió a su imperial primo y novio una sortija de esmeralda, piedra que simboliza la esperanza, acompañada de un mensaje: “ Su Gracia ha imaginado este símbolo para que lo tenga presente el día que Dios les haga la merced de unirlos, si Vuestra Majestad se conserva sobrio y casto, como lo hará con la ayuda de Dios; como prueba de que su amor ha sido correspondido y conservado con ese celo que es una de las grandes señales y símbolos del cariño entrañable ”. Carlos, sonriendo y con gran cortesía, se colocó el anillo, “ lo llevaría por amor a la princesa ”, cuya salud, educación y desarrollo tanto le interesaban.
Finalmente, Carlos V desestimó a la princesa María como esposa y eligió a la bella y delicada infanta portuguesa. En Isabel de Portugal encontró a la mujer capaz e inteligente para regentar el gobierno de España mientras él viajaba por sus territorios europeos y a la madre del heredero a la corona española. La ruptura de los acuerdos matrimoniales con la princesa María causó un gran dolor en Catalina y encendió de cólera a Enrique VIII. El monarca inglés, con su vanidad personal y su orgullo paterno heridos en lo más profundo, llegaría a declarar que prefería a su hija más que a la princesa de Portugal con todos los tesoros de su padre aun cuando tuviera diez hijos más. Las relaciones con el emperador se deterioraron.
Fuentes:
Maria Jesús Pérez Martín, Maria Tudor: La gran reina desconocida. 2008 Ediciones Rialp, S.A
Alison Weir, Enrique VIII, el rey y la corte. 2003 Editorial Ariel S.A.
Fernando Gonzalez-Doria, Las Reinas de España. 1989 Editorial Bitacora S.A
6 comentarios:
Como ha tenido que sufrir para cambiar tanto ; de niña feliz y alegre a mujer amargada y sanguinaria .
Besos desde Málaga.
La vida se ensañó con ella, estaba marcada por la mala suerte. En ella se puede aplicar el dicho de que unos nacen con estrella y otros estrellados. Padeció desprecios, humillaciones, soledad, traiciones, intentos de asesinato, insultos y calumnias, mala salud y falta de amor. Personalmente pienso que hubo otros monarcas más sanguinarios que ella pero a María le tocó llevar el san benito de "Bloody Mary".
Muchos Besos Annick
Me imagino la estampa del joven Carlos V, llevando las bridas del caballito de María y paseando. Una imagen muy tierna.
No fue el emperador quien la desposó, aunque sí su hijo, pero Inglaterra ya estaba perdida.
Y para Felipe fue un verdadero sacrificio cumplir con sus obligaciones matrimoniales, la esposa que le buscaron no era muy agraciada fisicamente y era once años mayor que él. Espero llegar algún día a tocar esta parte de los años finales de María.
¿Qué hubiese sucedido si Carlos V llega a casarse con la princesa María? ¿ Se atrevería entonces Enrique VIII a declararla bastarda teniendo como yerno y heredero al emperador?
Un abrazo Dissortat
Estoy con Dissortat en que la imagen que se me ha quedado esta entrada es al joven Carlos llevando las bridas del caballo de María. De todos modos deduzco que el emperador tendría que haber esperado demasiado para la consumación del matrimonio y los resyes no se podían permitir permanecer mucho tiempo sin heredero.
Sin embargo, para Catalina era la mejor alianza posible para su hijita que llegaría a ser un día emperatriz.
Hagamos un ejercicio de elucubraciones. Imaginémonos que el enlace hubiera tenido lugar. Al final , el hijo que hubiesen tenido ambos hubiese heredado también Inglaterra (como se proyectó después con el enlace entre Felipe II y María).
Un besito
Coincido con vuestros comentarios, la imagen del joven todopoderoso emperador llevando la brida del caballito de su pequeña prometida es muy tierna. La necesidad de tener pronto un heredero obligó a Carlos a romper su compromiso con María, una niña, para casarse con la rica y deslumbrante Isabel, una mujer. El cambio de planes no me disgusta, dio a sus estados a una grandísima emperatriz como fue Isabel de Portugal.
La ilusión de catalina al animar ese enlace entre su hija y su sobrino era ver a María sentada en el trono de sus padres los reyes católicos, en su amada patria. Y ese sueño se cumplió porque años después su hija no solo fue reina de Inglaterra sino también reina consorte de España, por muy pocos años.
Muchos besos Carmen.
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