domingo, 27 de junio de 2010

CATALINA DE AUSTRIA, La dura infancia de la última hija de Juana de Castilla ( I )


En Torquemada y forzada por el avanzado estado de gestación, hubo de detenerse la reina Juana. Y allí daría a luz el 14 de enero de 1507, a una niña a la que pondría el nombre de Catalina, recordando sin duda a aquella hermana más pequeña, la compañera de sus juegos infantiles y con la que había pasado las jornadas inglesas de la primavera de 1506, precisamente cuando se había gestado la criatura, en las posiblemente últimas relaciones amorosas tenidas con Felipe el Hermoso. La niña creció junto a su madre en el palacio de Tordesillas, donde padeció privaciones y maltratos en manos de los guardianes de la reina Juana. Como una especie de compensación por su infancia infeliz, su hermano el emperador Carlos V decidió sentarla por matrimonio en el trono más rico de Europa, el de Portugal, liberándola de su triste y duro encierro.


El rey Fernando el Católico había escogido Tordesillas como un hogar permanente para su hija, seguro y retirado y, sin embargo, situado en un punto central. Rodeado de muros y lleno de iglesias firmes y de poca altura, el pueblo ocupaba una colina que daba al río Duero, el cual proporcionaba a los habitantes locales agua potable pero no permitía la navegación. Tenía algo más de mil vecinos y la riqueza de la villa descansaba sobre todo en lo agropecuario. Pero el haber sido el lugar escogido por Alfonso XI y Pedro I de Castilla como refugio de sus respectivos amores, le dio ya un toque de distinción y un aire palaciego, sin olvidar que a fines del siglo XV había sido la sede escogida por los Reyes Católicos para que se reunieran allí los diplomáticos portugueses y castellanos que acabarían concertando uno de los tratados de paz más importantes de toda la historia peninsular. El palacio de Juana, situado al lado del río, ofrecía una vista de las lisas llanuras que se extendía hasta Medina del Campo ( unos 23 Km hacía el sur) en un día despejado. Junto a la casa real estaba el convento del Real Monasterio de Santa Clara, en donde quedó instalado el cuerpo insepulto de Felipe el Hermoso.


A Juana la instalaron en los bajos del palacio, en una habitación que daba a un patio interior, vigilada día y noche por los soldados. El cuarto de la infanta Catalina se encontraba en el primer piso, donde dormía junto a su nodriza, doña María de Ulloa. La reina comía en la misma vajilla de madera que en esa época utilizaba el servicio y la pequeña infanta vestía como una campesina. Nadie le enseñaba buenas maneras. Catalina rechazaba que la peinaran, no aceptaba otros brazos que no fuesen los de su nodriza o su madre, y se ponía a chillar cada vez que veía acercarse a su carcelero, Luis Ferrer. Acababa de cumplir los quince meses y cada vez se parecía más a su padre Felipe.

Luis Ferrer no era un cortesano al servicio de la reina, era un carcelero más o menos disimulado, cuya consigna era tener a buen recaudo a doña Juana, aislándola y no permitiéndole contacto alguno con el exterior. En el ejercicio de sus funciones abusaba de su poder, dando un trato cruel a la desventurada. El rey Fernando pasaba de todo, con tal de que se cumpliera a rajatabla su orden de aislamiento y reclusión de la reina. Juana vivía de manera deplorable. Seguramente su condición de prisionera hizo surgir de nuevo en ella esa resistencia pasiva que consistía en abandonar toda actividad, arrojar la comida que se le traía y negarse a hablar con sus carceleros. No quería dejarse avasallar sin siquiera hacer notar su descontento. Sin cambiarse de ropa, probablemente sin peinarse y sin ninguna medida de higiene, el aspecto de la reina de Castilla debió de haber provocado compasión y espanto a la vez.


Aprovechando el lamentable estado de la reina, Fernando el Católico, sin avisarla previamente, llevó a una delegación de nobles a visitarla para que viesen si tal miserable criatura podía ser la reina de Castilla. Doña Juana, descuidada, vestida de manera paupérrima, acurrucada en un rincón oscuro como un animal acosado, causó una terrible impresión en la delegación, y desde entonces las voces que preguntaban por la reina se hicieron menos audibles. Nos dice las crónicas que doña Juana, humillada por la visita y porque la hubieran visto en tal estado, pidió a su padre un séquito en condiciones y unas damas de compañía de acuerdo a su alcurnia, pero nada podría borrar la tétrica impresión que había causado a los nobles.

Al día siguiente el rey Fernando volvió a visitarla acompañado por su nueva esposa Germana de Foix. Deseaba que su hija le transmitiese a ésta el secreto de su fertilidad, ya que Germana, a pesar de su juventud, no había engendrado un hijo. Él quería un heredero para sus reinos de Aragón y los del Mediterráneo. La idea de que fuesen a parar a las manos de su nieto Carlos no le era grata. Naturalmente no había misterio alguno y ambos cónyuges abandonaron a Juana sin recibir la llave del secreto. Ya no volvió la reina a ver a su padre.


Durante los años que estuvo a merced de los cuidados de Luis Ferrer, las crisis de la reina se sucedieron y también los castigos. A los malos tratos respondía la reclusa con su acostumbrada pasividad: dejaba de comer, abandonaba su aseo y, por último, entraba en largos períodos de depresión en que parecía que no se enteraba de nada. De vez en cuando tenía accesos de rabia. A pesar de todo la compañía de la infanta Catalina, que se criaba sana, parecía serenarla y de algún modo hacerla feliz. Siempre, aun en los peores momentos de su enfermedad y abandono, fue dulce y cariñosa con la niña. Su otro hijo, Fernando, le había sido arrebatado finalmente y acompañaba al rey de Aragón, que lo adoraba.

En Tordesillas eran muchas las voces que se levantaban comentando que a la reina de Castilla se le daba un trato duro, inhumano y sañudo, que se la trataba como un animal, cuando era ella en verdad y puridad la soberana. A la muerte del rey Católico, quiso el cardenal Cisneros saber cuánto había de verdad en esos rumores tan persistentes, sobre todo porque doña María de Ulloa había escrito una carta al cardenal donde le relataba sucintamente lo que allí acontecía. Lo que el purpurado averiguó debió de ser deplorable, pues Luis Ferrer fue de inmediato destituido y expulsado de palacio, y a muchos de los sirvientes se les condenó a la pena de azotes.


Un nuevo gobernador tomó el lugar de Luis Ferrer, don Hernán Duque de Estrada. Este hombre bueno y generoso logró que Juana se mudara al primer piso, a un apartamento más grande y luminoso cuya cámara comunicaba directamente con la de Catalina. Así, madre e hija podrían verse sin necesidad de terceras personas. Se ordenó que los aposentos de la reina siempre habían de estar aseados, limpios y bien arreglados. Incluso don Hernán mandó abrir un hueco en el muro para que la pequeña infantita pudiera asomarse y ver a la gente del pueblo que transitara por aquellos alrededores. La niña espiaba a través del hueco, las idas y venidas de los campesinos y daba muestras de alegría al darse cuenta de que los niños iban a jugar debajo de su ventana para distraerla un poco. Y a fin de que con más gusto allí volviesen, cada vez les arrojaba alguna moneda de plata.

La reina Juana tendría incluso libertad de movimiento para ir a visitar a su marido al convento de Santa Clara e incluso podía recibir visitas. Compadecido de la soledad de la pequeña Catalina, el buen don Hernán solicitó al cardenal la compañía de alguna niña para ella. Esa deseada compañera nunca llegaría a ejercer sus funciones, sea por descuido o porque la reina, celosa, nunca lo permitió. Catalina tendría como única compañía a dos mujeres prematuramente avejentadas por las dificultades.



Fuentes:
Catalina de Habsburgo, las Austrias . 2006 La Esfera de Los Libros S.L
Vicenta Marquez de la Plata, El trágico destino de los hijos de los Reyes Católicos. 2008 Santillana Ediciones Generales S.L.
Bethany Aram, La reina Juana, gobierno, piedad y dinastía. 2001 Marcial Pons, Ediciones de Historia S.A.
Manuel Fernandez Alvarez, Juana La Loca, La cautiva de Tordesillas. 2000 Espasa Calpe S.A

10 comentarios:

Madame Minuet dijo...

Pobre niña, siempre me ha dado muchisima lastima la infancia tan dura que tuvo que padecer junto a su madre, practicamente prisionera ella tambien, y el unico consuelo que tenía Juana, puesto que ademas tanto recordaba la niña a Felipe.
Sobre esta epoca me gusta mucho el historiador Manuel Fernandez Alvarez que usted menciona, madame.

Buenas noches

Bisous

Magnolia dijo...

Madame, la historia de Catalina queda oculta por los grandes padecimientos de su madre y la pobre criatura sufrió también lo suyo.

Para que se diera orden, a la llegada de Hernán Duque, de que las habitaciones de la reina estuvieran siempre limpias y arreglas y se abriese un boquete en la pared del muro de la habitación de la niña, eso quiere decir que las tenian recluidas en unas habitaciones poco iluminadas y sucias, ¿ sin ventanas en el caso de la infantita?. Con apenas quince meses reacciona con pánico cuando ve al carcelero Luis Ferrer ¿ quizá la maltrataba? Por amor de dios, qué infierno pasaron estas dos pobres mujeres.

Cada vez me produce más rechazo Fernando, qué ladino presentarse con un grupo de nobles ante su hija para que se convencieran de que estaba loca, que padre mas desnaturalizado. El profesor Manuel Fernandez Alvarez es también uno de mis favoritos de este período, que en paz descanse.

Un fuerte abrazo

Gabriela Maiorano dijo...

Hola Magnolia!! Qué triste la infancia de la niña. La imagen de Juana debe haber sido terrible, me parece una injusticia. Menos mal que alguien se compadeció de la situación. Muy bueno el post amiga.
Besosssssss

Magnolia dijo...

Gracias Gabriela. Pobre Juana, sus reacciones no eran más que una forma de protesta ante los malos tratos recibidos. Puestos a vivir en "recogimiento" en un palacio que menos con las comodidades propias de su alto rango y un mejor trato y servicio, quizás hubiera estado más comoda en un convento de clausura.

Un gran abrazo, querida amiga.

Dissortat en l'exili dijo...

La lamentable situación de Catalina y de Juana es increible, pero me parece terrible la actuación del rey Católico y de la Corte por mantenerlas en ese estado. Desde luego el rey Fernando necesitaba apartar a Juana de todos para gobernar Castilla (independientemente de su probada locura).

En cuanto al hecho de su segundo matrimonio y el nacimiento de aquel niño que murió a las pocas horas, hubiese podido cambiar toda la historia. Como siempre, jugamos a aquello de lo hubiese podido ser y no fue. También he pensado en porqué el rey de Aragón no designó a alguna de sus nietas como reina de sus Estados, y hacer lo mismo que se hizo con Petronila y Ramón Berenguer, ya que su adorado nieto Fernando no podía... Bueno, me salgo de contexto jajajaja.

Saludos, Magnolia.

Magnolia dijo...

Está claro que Fernando dio su último aliento en no dejar en manos de su nieto Carlos sus estados de la corona de Aragón. Pero la muerte del principito aragonés echó al traste las esperanzas del rey Católico. Creo que en el reino de Aragón imperaba la ley sálica, que excluía a la mujer del trono. Si la sucesión a la corona se hubiera regido por el derecho de primogenitura, la heredera sería Leonor de Austria.


Un abrazo, Dissortat :-)

Rosana dijo...

Pobre Catalina, siempre he pensado en la infancia tan horrorosa que tuvo!! Lo que pasa es que luego se volvió un poco "dura" en su vida adulta, ya como reina de Portugal. COmo su actitud hacia su sobrina y nuera Juana de Austria, no dejándola ver a su hijo Sebastián, tras su separación. Tomó partido por Portugal, como buena reina, pero dio la espalda a España, que era también su país.
Sin embargo, interesantísimo personaje!
Besos

Magnolia dijo...

Sobre la vida adulta de Catalina de Austria, solo he leido el libro "Las Austrias" de Catalina de Habsburgo. Más adelante también hablaré de su etapa como reina de Portugal, que es también interesante.

Gracias Rosana, besazos

Aldo dijo...

Hay una novela de la escritora nicaragüense Gioconda Belli que se llama "El Pergamino de la Seducción". Una obra magistral donde se relatan los hechos de que padecio Juana no solo en Tordesillas si no en las cortes de Flandes y Paris. Juana fué victima de las circunstancias como muchas otras soberanas. Una lastima, ella fue una de las mas ilustres princesas del renacimiento.

Magnolia dijo...

Muchas gracias Aldo por tu recomendación, tiene muy buena pinta esta novela. En ficción histórica sobre Juana he leido a C.W. Gortner y Yolanda Scheuber, ambos libros me gustaron muchísimo.

Un abrazo

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