martes, 20 de abril de 2010

ISABEL DE VALOIS, Reina de España ( III )



Cuatro años llevaba casada cuando en mayo de 1565 se anunció que Isabel de Valois se hallaba en estado de buena esperanza. Pero la reina lleva mal las naturales incomodidades del embarazo; sobrevienen vómitos más frecuentes e intensos de lo que suele ser normal en tal estado, mareos, fuertes cefaleas, accesos de fiebre y la aparición de una epistaxis. Los galenos encargados de tratarla decidieron sangrar a la enferma. Como consecuencia de las purgas y sangrías, la joven reina padeció un aborto infeccioso, o acaso una infección, que la hizo abortar. En alguna fuente consultada se dice que abortó dos mellizos de tres meses. Es posible que lo que sufrió Isabel fuese un aborto séptico con otras complicaciones que dejaron secuelas renales.

Queda la reina muy delicada y hay un momento en el que todos llegan a temer seriamente por la vida de la joven. Durante esta crisis el rey permaneció a su lado, visitándola constantemente. Parece ser que Felipe II le había sido infiel durante los meses que hubo de aguardar hasta consumar con ella el matrimonio y continuaba su romance con Eufrasia de Guzmán, dama de honor de la princesa Juana. La joven esposa conocía estas infidelidades y había aprendido a guardar calladamente el dolor que sentía por esta conducta de su esposo, que de todos modos se mostraba solícito y cariñoso con ella.

Pero a partir de este momento en el que la reina ha abortado con grave riesgo para su vida, el rey hizo el firme propósito de mantenerse absolutamente fiel a su esposa en lo sucesivo. En Madrid se vieron escenas inauditas y manifestaciones extraordinarias de dolor. Las iglesias estaban abarrotadas de gente clamando por la intercesión de Jesús y de los santos. No se la consideró fuera de peligro hasta finales de septiembre. En la calle, la curación fue interpretada como un milagro.




Hacía seis años que Catalina de Médicis solicitaba una entrevista con Felipe, que siempre había eludido el compromiso. El creía que Catalina era una mujer cuyas palabras nacían sólo de su conveniencia, sus medias tintas y su incapacidad para vivir según principios firmes e inquebrantables, eran para él cualidades deleznables. Pretendía que ella fuera directa y franca en cuestiones de religión. Felipe decidió que seguiría siendo invisible a fin de no ser engañado por sus encantadoras maneras y su talento para la manipulación y las promesas fútiles.

Autorizó a Isabel para viajar rumbo a Bayona donde tendría lugar la entrevista con su madre y el nuevo rey Carlos IX de Francia. Al enterarse de que Felipe se negaba a verla, Catalina de Médicis se mostró abatida pero cuando se confirmó la reunión con su hija estalló en carcajadas y perdió la compostura hasta tal punto que terminó sollozando. La reina Isabel estaría acompañada del duque de Alba como máximo responsable de la legación diplomática, el rey confiaba en que él lograría hacer entrar en razón a la reina madre sobre sus conversaciones con los infieles, sus concesiones a los protestantes franceses y sus pretensiones de tener tierras en la Florida.



El 15 de junio de 1565, la reina Isabel hizo una brillante entrada oficial en Bayona. La ciudad estaba iluminada por antorchas y ella iba montada en un magnífico palafrén gris, obsequio de su hermano Carlos; su montura, tachonada de piedras preciosas, que había costado 400.000 ducados, era un regalo de Felipe. Isabel amonestó a su madre en los debates, eso si, con sumo respeto pero resultó inútil su esfuerzo por convencerla. Al verla tan segura de sí misma, defendiendo los puntos de vista de España, Catalina llegó a comentar: Cuán española te has vuelto, hija mía. Durante los diecinueve días que duraron las conversaciones se sucedieron las fiestas.

Cuatro meses más tarde regresó la reina a Madrid con la única propuesta francesa de casar al príncipe heredero Carlos con la princesa Margarita de Valois, la famosa reina Margot, y a la princesa Juana de Austria, que por aquel entonces contaba treinta años, con el príncipe Enrique de Valois, de catorce años de edad. Juana se opuso rotundamente a esta boda, no sentía la menor tentación de convertirse en esposa de un hombre mucho más joven que ella. 

Durante todo su matrimonio, Isabel se esforzó por influir en su marido en todos los asuntos concernientes a Francia. Logró convencer a Felipe para que concediera audiencias al embajador francés cuando el rey se negó a recibir a todos los demás, debatía con él sobre las cuestiones en las que su madre necesitaba apoyo y a veces filtraba incluso información confidencial al embajador francés, tanto durante sus reuniones semanales como a través de correspondencia clandestina.



Infantas Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela, pintado por Sofonisba Anguissola en 1570




A pesar del fracaso de las negociaciones de Bayona, Felipe recibió a su esposa amorosamente. Fue una gran alegría y un alivio para todos cuando la reina quedó embarazada. Se anunció a principios de 1566, celebrándose grandes fiestas. La delicada salud de Isabel hizo que el embarazo fuera difícil, con numerosas molestias y frecuentes accesos de fiebre. Felipe se mantuvo siempre a su lado, atendiéndola personalmente. No obstante, tanto la “obtención” del fruto como su posterior desarrollo, estuvo envuelto en un proceso en el que no faltaron detalles de superstición u otros de carácter más celestial, tales como la prescripción de baños que supuestamente favorecerían la concepción o la advocación de santos y peregrinaciones. Incluso la joven reina acudió al lugar donde estaban los restos incorruptos de San Eugenio ante los que hizo voto para que le concediera la bendición de un hijo varón. Catalina de Médicis, desconfiando de los médicos españoles, envía a uno de los mejores obstetras de Francia, el doctor Vincent Montguyon.

El 12 de agosto de 1566 dio a luz una niña en el palacio de Valsaín, a quien se le puso el nombre de Isabel Clara Eugenia. El alumbramiento debió de resultar más fácil de lo esperado, ya que según manifestó la propia implicada: “ Gracias a Dios, el parir no es tan trabajoso como yo creía ”. La constante atención que el rey prodiga a su mujer en los momentos cruciales no sorprende en absoluto a aquellos que conocen el afecto que siente por Isabel. En palabras del embajador francés, “ Don Felipe se ha mostrado el mejor y más afectuoso marido que se pueda imaginar, ya que en la noche de los dolores jamás abandonó una de las manos de la dicha Señora, confortándola e infundiéndole valor de la mejor forma posible ”. Estas atenciones sobrepasaban las normas y demostraban delicadeza y hasta ternura. Los embajadores residentes testifican que la reacción predominante fue muy positiva. “ El rey y toda la corte están muy alegres ”, comentó el nuncio, “ pues si bien les hubiera consolado más un varón, por lo menos ven que la reina ha comenzado a darles herederos y llevó bien el parto. Están felices pensando que después de esta hembra han de seguirle varones ”.


Isabel de Valois por Mark Satchwill


Unos meses antes, el rey le había dicho a su esposa que tanto le daba niño o niña. Observando a la recién nacida declaró que así lo prefería. Esta infanta llegaría a ser la hija predilecta de Felipe II y su apoyo emocional en los tiempos difíciles. Pero, sin duda, muchos sentían cierta decepción porque de haber sido varón hubieran tenido una alternativa al príncipe Carlos y la monarquía hispánica podría encarar el futuro con mayor confianza. La reina quedó débil y sufrió de fiebres y problemas serios por algún tiempo, suscitando un auténtico terror la idea de que muriese de sobreparto. Estaba muy decaída física y psicológicamente. Afortunadamente, la depresión no le duró mucho, aunque si tardó un tiempo en recuperar plenamente su salud. Al poco tiempo, rebosaba de alegría y orgullo al ver a su hija. Una vez estuvo fuera de peligro su esposo se retiró al famoso monasterio de El Paular para dar gracias a Dios. 

El 25 de Agosto de 1566, la recién nacida es bautizada en la capilla del palacio de Valsaín. El oficiante de la ceremonia es el nuncio del papa, monseñor Cattaneo, cardenal obispo de Rossano y más tarde papa con el nombre de Urbano VII. Los padrinos elegidos son la princesa Juana de Austria y el príncipe Carlos. Como quería la tradición le correspondía al padrino llevar hasta las aguas bautismales al bebé, pero ya fuera a causa de una enfermedad o del temblequeo nervioso que agitaba al príncipe Carlos, fue don Juan de Austria el que cumplió dicha función. El rey ordenó la construcción de un muñeco del tamaño de un bebé con idea de practicar para cargarlo el día del bautismo, aunque llegada la hora de la verdad delegó en su hermano don Juan. Los archiduques Rodofo y Ernesto y los gentilhombres y damas principales de las casas reales estuvieron presentes en la ceremonia.



Medio año más tarde Isabel quedó de nuevo embarazada. La corte multiplicó sus esfuerzos por facilitar el nacimiento de un hijo de la única forma que podía: con oraciones especiales y participando en las procesiones y misas diarias que se hacían en palacio desde principios de octubre para solicitar asistencia divina a la reina. Isabel no quedaba atrás a la hora de ofrecer sus propias rogativas y devociones. El parto fue bueno y al principio se esparció la noticia de que había nacido un hijo. Pronto hubo que rectificar: era otra niña, Catalina Micaela, la que nació en Madrid el 6 de octubre de 1567. El nuncio comentó que el rey “ ha mostrado placer, si bien la reina lo ha tomado a mal como hacen todas las mujeres”. Otros diplomáticos no le dedicaron más que un renglón o dos al acontecimiento y algunos ni despacharon correo especial para anunciarlo. La indiferencia es palpable. 

El único que se atrevió a manifestar su felicidad por este trance fue el príncipe Carlos quien había declarado en público que no quería que naciese un niño. Al enterarse que había nacido otra infanta, Carlos celebró el acontecimiento de forma estrepitosa. Se vistió de morisco, organizó y participó en una escaramuza enfrente del Alcázar y desde allá, a la cabeza de una cuadrilla de cortesanos, se fue por Madrid de fiesta durante toda la noche. Aunque Felipe II insistiera en su felicidad por tener otra hija se comentó mucho el hecho de que, en contraste con las fiestas previas, no se molestó en quedarse ni para el bautizo, alejándose de la corte para disfrutar de unos días de paz y soledad. Este nuevo parto debilitó de manera definitiva la salud de Isabel, empeñada a pesar de todo en quedar nuevamente embarazada.


Fuentes:
M.J Rodriguez Salgado, "Una perfecta princesa", Casa y Vida de la reina Isabel de Valois. 2003 Cuadernos de historia moderna
Emilio Calderón, Amores y desamores de Felipe II. 1991 Editorial Cirene
Fernando Gonzalez-Doria, Las Reinas de España. 1989 Editorial Bitacora S.A
Leonie Frieda, Catalina de Médicis. 2006 SIGLO XXI DE ESPAÑA EDITORES, S.A
Geoffrey Parker, Felipe II. Editorial Planeta S.A. 2010
http://www.altesses.eu/

10 comentarios:

almalaire dijo...

Llegué a este blog por azar. Creo que haces un trabajo magnífico, Magnolia. Felicidades.

(Y sí, mejor nos habría ido si Isabel Clara Eugenia hubiera llegado reinar ;)

Gabriela Maiorano dijo...

Hola Magnolia!! Pobre Isabel, todo lo que sufrió para darles hijos al rey y qué lamentable que casi no se le diera importancia al nacimiento de otra hija. Pero eso era caracterìstico de la época. Muy bueno el post amiga.
Feliz semana!!
Besosssss

Lynx dijo...

Yo también acabo de llegar y me he quedado prendada...
En algún lugar leí que este matrimonio fue el único en el que existió amor de todos los de los Austrias españoles... El tema de la sucesión, era una cuestión de supervivencia...
Te sigo!!

Magnolia dijo...

Muchas gracias Almalaire por tu grato comentario, intentó llenar mi blog de historias amenas pero llega un momento en el que me quedó bloqueada y no sé cual personaje escoger para hablar de él debido a que son tantas las mujeres merecedoras de estar en nuestros espacios que lo tengo que echar a suertes :-). Últimamente me estoy inclinando por mujeres del renacimiento, época que me apasiona.

Gracias y un gran saludo, feliz semana

Magnolia dijo...

Hola Gabriela. La misma obsesión que perseguía a todos los soberanos de cualquier casa reinante, la concepción del hijo varón a toda costa como si se tratase de la llegada del salvador del mundo cuando las mujeres, si reciben la preparación adecuada, pueden ser tan capaces de gobernar como un varón. Pero ellas representan el fin de esa dinastía en el trono y la puerta a una nueva con su matrimonio, y a los reyes no les debería apasionar mucho el cambio dinástico. Asi que a la pobre reina le tocaba rezar y rezar para poder cumplir con el deber que se esperaba de ellas, dar el heredero, caso contrario, era visto como un fracaso de su misión. Quizá de las dos hermanas, Catalina Micaela es la más desconocida pero es considerada como una de las infantas españolas más hermosas y también era inteligente.

Un gran abrazo, amiga

Magnolia dijo...

Hola Lynx, bienvenida y muchas gracias por pasarte por aquí. Si, hubo mucho afecto entre Felipe e Isabel, pese a la diferencia de edad que existía entre ellos, es la mujer que más amó tiernamente el rey. Como me dijo una amiga mía, y muy acertadamente, el roce hizo el cariño. Otro de los matrimonios por razón de estado de los Austrias españoles y que desembocó en un profundo amor fue el de Carlos V e Isabel de Portugal.

saludos y feliz semana :-)

PACO HIDALGO dijo...

Siempre el varón tuvo la importancia que tuvieron en todas las monarquías; y que manía con las malditas sangrías, todo lo intentaban resolver con las sangrías. Muy buena entrada. Saludos.

Magnolia dijo...

Saludos Paco, qué obsesión con el método del sangrado ni que fueran a fabricar embutidos pero era lo que había en aquella época. Las sanguijuelas serían unos bichitos muy cotizados en el ambiente médico.

feliz semana Paco, un abrazo

CarmenBéjar dijo...

Curioso paralelismo entre los retratos de las infantas Isabel Clara y Micaela, uno de las manos de Sofonisba y el otros de Sánchez Coello. Y es que, aún ahora, los investigadores tiene serias dudas en la atribución de las obras d elos retratistas de la corte española de la época (Moro, Coello, Sofonisba, Pantoja), pues hasta hace muy poco tiempo la presencia d ela pintora italiana había pasado casi desapercibida.

Un besito y enhorabuena, Magnolia

Magnolia dijo...

Gracias Carmen, eso mismo me sucede cuando encuentro un retrato de la corte española de esa época y no encuentro el nombre del pintor, no sé distinguir si es un Coello o Sofonisba.

Abrazos

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