
El 6 de enero de 1560 llega la comitiva de la reina a Roncesvalles, en donde es recibida por el cardenal arzobispo de Burgos y su hermano el duque del Infantado, iniciándose la marcha hacia Guadalajara, que es el lugar elegido por el rey para celebrar la misa de velaciones. La ceremonia tuvo lugar a finales de ese mes en el salón de Linajes del palacio ducal del Infantado, oficiada por el cardenal de Burgos. Ejercieron de padrinos la princesa Juana, hermana del rey, y el duque del Infantado. La madrina llevó de la mano a la joven reina.
Isabel vestía a la francesa un corpiño y una saya de plata con chapirón de terciopelo negro recamado de perlas y piedras preciosas. Sobre el pecho lucía una cruz de diamantes muy rica. Mientras que Felipe II lucía calzas blancas, jubón y traje de terciopelo violeta, y cubría su cabeza con una gorra negra con plumas blancas. La impresión que mutuamente se causaron fue satisfactoria, según un testigo. Se dice que la reina se quedó mirando fijamente a su marido y el rey, creyendo adivinar la causa de aquella forma de mirarle, preguntó molesto a Isabel: ¿ Acaso, señora, estáis tratando de descubrir si tengo ya canas?.
Acudieron muchos nobles españoles pero la presencia de una princesa de sangre real francesa impidió la participación de la duquesa del Infantado y de las damas principales de su casa. En el séquito de Isabel venía su prima Anne de Bourbon-Montpensier y el rey aceptó que debía tener precedencia. La duquesa del Infantado se negó a admitir un papel de segundo rango en una ceremonia tan importante. Fingió una enfermedad y no se presentó para no sufrir tal deshonra y con ella aguantaron este penoso exilio su nuera la marquesa de Cenete y la condesa de Módica entre otras damas del linaje. Un diplomático florentino comentó que las bodas habían sido muy solemnes pero si acaso le había impresionado aún más la gran ostentación y el gasto que habían hecho los nobles que participaron en las ceremonias.
No asistió a la ceremonia el príncipe Carlos, aquejado de pertinaces fiebres. Inmediatamente después de los actos, los Reyes y la princesa Juana comieron en público, sentados en la misma mesa. Sirvieron los criados de Juana, bajo el control del marqués de Sarria. El banquete duró más de dos horas y después hubo baile hasta las diez de la noche, que concluyó, según costumbre cortesana, con el baile de la hacha, que iniciaron Felipe e Isabel. El matrimonio, sin embargo, no pudo consumarse aquella noche por no haber cumplido la novia los catorce años y ser impúber. En un primer momento el rey la trató como si de una hija se tratara, sin tocarla sexualmente, hasta que le llegó la menstruación un año después.
No asistió a la ceremonia el príncipe Carlos, aquejado de pertinaces fiebres. Inmediatamente después de los actos, los Reyes y la princesa Juana comieron en público, sentados en la misma mesa. Sirvieron los criados de Juana, bajo el control del marqués de Sarria. El banquete duró más de dos horas y después hubo baile hasta las diez de la noche, que concluyó, según costumbre cortesana, con el baile de la hacha, que iniciaron Felipe e Isabel. El matrimonio, sin embargo, no pudo consumarse aquella noche por no haber cumplido la novia los catorce años y ser impúber. En un primer momento el rey la trató como si de una hija se tratara, sin tocarla sexualmente, hasta que le llegó la menstruación un año después.
Estando en Toledo cayó enferma de viruela. Ante el temor de que Isabel pudiera perder parte de su hermosura, Catalina de Médicis envió una receta contra la grabadura del rostro. El remedio consistía en lavados con agua de rosas, ámbar, almizcle, benjuí, estorarque y sangre de paloma con nata para eliminar las póstulas. En septiembre de 1560, la soberana recayó en su enfermedad, por lo que decidió trasladarse a la localidad de Mazaramboz para estar en contacto con la naturaleza y hacer ejercicio al aire libre. Desde allí escribiría una carta a su madre que pone de manifiesto el buen estado de salud del matrimonio. Dice así la reina: " El rey, mi señor, está en Toledo y se dice que está tan solo que desea que yo esté pronto de regreso. Hace muy bien su oficio de marido. Mientras tuve fiebre no se movió de aquí y le veía a diario. Desde que se fue a Toledo, ha venido tres veces. Os diré que soy la mujer más feliz del mundo.”Y en otra carta escrita medio año más tarde afirma: “ Este lugar me parece uno de los más aburridos del mundo. Pero os aseguro, señora, que tengo un marido tan bueno y soy tan feliz que aun cuando fuese cien veces más aburrido, yo no me aburriría nada ”.
El Alcázar de Madrid, destruido en un incendio en 1734
Algunos autores opinan que la actitud de Isabel, contraria a la ciudad de Toledo, pudo influir en la decisión que el rey tomó en la primavera de 1561 de trasladar la corte a Madrid. La llegada de la princesa francesa a España trajo una corriente de modernidad y de juventud a la corte. Vino acompañada por un ruidoso cortejo de damas parisinas, todas jóvenes, todas bellas y todas rivalizando en elegancia y a veces en rencillas y envidias cortesanas para ver cuál de ellas triunfaba en la privanza de la joven reina. Madame de Clermont es la que consigue al principio la mayor privanza con Isabel. Y entre esas damas francesas, una italiana, que además resulta ser una gran pintora: Sofonisba Anguissola, que acabará teniendo un papel destacado en la corte de Felipe II.
Al lado de estas damas francesas, el rey coloca a ocho damas españolas para que atiendan en el servicio palatino de la joven reina, todas jóvenes que procuran rivalizar con las francesas, destacando Magdalena de Guzmán que acabará teniendo un protagonismo muy especial. La vida de la reina en España estuvo marcada por una serie de enfrentamientos y tensiones debido a la competencia entre estos dos grupos. También esta rivalidad se extendía a los caballeros. Durante las fiestas y ceremonias nobles españoles, franceses e italianos compitieron intensamente por honor y fama, creando un ambiente a la vez brillante y conflictivo.
Al lado de estas damas francesas, el rey coloca a ocho damas españolas para que atiendan en el servicio palatino de la joven reina, todas jóvenes que procuran rivalizar con las francesas, destacando Magdalena de Guzmán que acabará teniendo un protagonismo muy especial. La vida de la reina en España estuvo marcada por una serie de enfrentamientos y tensiones debido a la competencia entre estos dos grupos. También esta rivalidad se extendía a los caballeros. Durante las fiestas y ceremonias nobles españoles, franceses e italianos compitieron intensamente por honor y fama, creando un ambiente a la vez brillante y conflictivo.
La princesa Juana de Austria fue la persona más próxima a Isabel aparte de sus damas. Se reunía con la reina casi todos los días y siempre demostró gran afecto hacia ella. Aún era bella y relativamente joven pero había sufrido mucho. Perdió a su madre a una tierna edad y a su esposo meses después de la boda. Tuvo que dejar a su hijo recién nacido en Lisboa para hacerse cargo de los reinos hispanos y jamás lo volvió a ver. La reina consiguió que Juana llevase una vida más activa, aventurera y alegre y Juana, sin duda, influyó en la creciente religiosidad y seriedad de Isabel. Iban juntas a misa y a otros oficios religiosos y visitaban monasterios y ermitas. Juana cuidaba de Isabel cuando ésta estaba enferma. Compartían toda clase de entretenimientos, desde jugar a las cartas y danzar a organizar mascaradas. También era su compañera en sus excursiones campestres y en sus partidas de caza.
Tanto Isabel como su cuñada Juana fueron grandes casamenteras, colocando con ventajosos partidos a las damas solteras de palacio y con ocasión de cada nueva boda se celebraban grandes fiestas, bailes y torneos en los que el rey y la reina eran los primeros en participar. Otra dama de peso fue la duquesa de Alba, a la que las demás damas de la corte miraban con cierta prevención, aunque eso sólo sea por sus años y por su carácter severo y altivo. Otra figura que supo ganarse el afecto de la reina, y que era tan joven como ella, fue la princesa de Eboli.
Mas que verdaderamente bella, Isabel era graciosa, bonita, alta, esbelta, de ojos oscuros, de tez blanca, de rostro ovalado, cabello negro y tenía una gran dulzura. Era piadosa sin gazmoñería y bastante coqueta y presumida, agradándole sentirse admirada por los cortesanos y en especial por su marido. Pronto habló castellano con gran soltura y casi sin acento que denunciase su origen francés. Vestía a las últimas modas de Francia, Italia y España. Se dice que nunca usó dos veces el mismo vestido, al menos en sus primeros años de estancia en la corte española, excepto si algún día se encontraba muy favorecida y no veía a Felipe volvía a repetir el atuendo al día siguiente o un día en que estuviera segura de que él la vería.
Un sastre al que la reina hizo venir desde Francia, y que llegó pobre a Madrid, se enriqueció al poco tiempo gracias a los constantes encargos de su soberana. Hizo instalar en el piso bajo del Alcázar lo que hoy llamaríamos un salón de coiffure en el que se despachaban perfumes, lociones, polvos, adornos y postizos, tanto a las damas como a los elegantes caballeros de la corte. El rey le hizo regalos extraordinarios en joyas. Su inclinación al lujo, tanto en el vestido como en las joyas, databa de su infancia. Son elocuentes los llamados libros de cuentas de palacio donde aparecen anotadas las sumas que Isabel de Valois gastaba en vestidos y joyas. La reina gozaba además con la compañía de un perrillo de falda.
Puede afirmarse que el principal problema de aquella corte presidida por la reina Isabel era la de combatir el tedio. Téngase en cuenta que la joven soberana no tenía asignado ningún papel político que llenara sus horas cada jornada. Por otra parte, estamos ante una chiquilla cuyo desarrollo como mujer fue muy tardío y de carácter aniñado, al principio le gustaba rodearse de muñecas y se pasaba horas enteras jugando con ellas. Tenía propensión a la indolencia, permaneciendo en la cama más de lo necesario y lo justificaba con cansancios inexistentes o tristezas súbitas.
En las fiestas cortesanas se bailaba mucho. La reina tenía entre su numerosa servidumbre un profesor de baile, con el que practicaba las distintas danzas de la época: pasos, floretas, medias vueltas y voladicos. En los bailes del siglo XVI, las parejas se movían con rigidez, llevando el caballero a la dama prendida del guante o pañuelo perfumado. Pero la compañera de la reina habitualmente era la princesa Juana o alguna de sus damas. Nunca se la vería en público bailar con varones, por respeto a su marido.
Isabel organizaba con frecuencia loas y representaciones en sus habitaciones o animadas tertulias amenizadas con música, sin olvidar su afición por el baile. Isabel trajo de Francia a seis músicos “violones” y un tañedor de “musette” y flauta. Dos violones más, hijos de los ya citados, servían con el grupo de vez en cuando y cobraban parte de los gajes de música asignados a los violones, aunque no tenían título o plaza fija en la casa.
En la corte española se encontró con una gran tradición musical. El rey y su hermana Juana eran grandes aficionados de la música. El rey mantenía músicos de cámara y dos capillas enteras. Consta en las nóminas de la casa de la reina de 1560 el famoso vihuelista Miguel de Fuenllana y más tarde entrarían también Juan Pietro Escallón, músico de vihuela, y Juan del Cortijo, músico de voz que constituían un dúo. Las salas de Isabel también tenían otros instrumentos que tañían otros músicos y posiblemente las visitas. La reina llegó a poseer hasta tres arpas que, sin duda, a veces tocaría el famoso Francisco Martínez, arpista de Juana.
Otra de sus aficiones fue el juego: juego de naipes, dados, de “martres” etc… apostando dinero con sus damas, con Juana y con otros dos miembros de la familia real, que pese a ser varones, tenían acceso a los salones regios: el príncipe Carlos y Juan de Austria. Incluso jugaba con alguno de sus bufones. En muchas ocasiones tuvo que pedir dinero prestado a sus oficiales para seguir jugando. Estas actividades tenían lugar en los salones privados de la reina donde, de vez en cuando, se admitían visitantes para participar en ellos o para observar estos pasatiempos.
Otro interés que compartían diversos miembros de la familia real con ella era la pintura. Tanto el rey como Juana eran grandes mecenas y muy parciales a la pintura. Animada y enseñada por su dama la famosa pintora Sofonisba Anguissola, la reina aprendió a pintar y a dibujar, mostrando afición y habilidad. Su interés por el arte y su pasión por enviar retratos a la familia en Francia, resultó en la creación y difusión de lienzos que contribuirían a dejar plasmada la imagen de la reina y su familia. Ella protegió al gran pintor Alonso Sánchez Coello.
Otra gran afición resultaron ser las comedias, máscaras y otros géneros teatrales. Habitualmente desempeñaba un papel pasivo en ellas, presenciando obras que representaban compañías de actores que pasaban por la corte. Pero muchas fiestas y máscaras se hacían dentro de los salones privados de la familia regia. Las damas se disfrazaban entonces y hacían comedias y máscaras para las cuales se requería la participación de poetas, escritores y artistas que preparaban los escenarios. Las que se hicieron en 1565 resaltan por su alto nivel cultural, su sofisticación y riqueza. Las cuentas de la reina testifican que este género de entretenimientos era frecuente y daba harto trabajo a pintores y sastres, además de ocupar a la reina y las damas en su diseño, ensayo y ejecución.
A la reina le gustaba improvisar excursiones campestres de lo más pintoresco a lugares cercanos al Alcázar regio, teniendo en pleno campo rústicas comidas que divierten por su novedad y su contraste con la rígida etiqueta palaciega. La reina dedicaba también mucho tiempo a actos protocolarios. Si dejamos a un lado al embajador francés, que iba a visitar a la reina casi siempre una vez a la semana, vemos pasar por sus salones a grandes y aristócratas que acudían a visitar la corte y, en particular, al resto de los embajadores residentes. También gustaba la joven soberana salir de caza frecuentemente, por otra parte consumada jinete, y que enseguida aprenderá el manejo de la ballesta.
Parece ser que fue en Agosto de 1561 cuando se manifestó la menarquía en la reina y el rey decidió que había llegado la hora de consumar el matrimonio, pero la iniciación sexual de la soberana fue difícil y dolorosa como escribe el embajador francés a la reina Catalina de Médicis, que " la constitución del rey causa graves dolores a la reina, que necesita mucho valor para evitarlo". En este último año la joven había crecido bastante y su belleza era comentada en toda la corte.
Fuentes:
M.J Rodriguez Salgado, "Una perfecta princesa", Casa y Vida de la reina Isabel de Valois . 2003 Cuadernos de historia moderna
Emilio Calderón, Amores y desamores de Felipe II. 1991 Editorial Cirene
Fernando Gonzalez-Doria, Las Reinas de España. 1989 Editorial Bitacora S.A
Manuel Fernandez Alvarez, La princesa de Eboli. 2009 Editorial Espasa Calpe S.A
Antonio Villacorta, Las cuatro esposas de Felipe II. 2011 Ediciones Rialp, S.A.
Gracias a mi amiga Carmen Béjar por su ayuda


10 comentarios:
Madame, esta mujer debia de ser la mas normal de su familia. Suerte tuvo Felipe, aunque lamentablemente la perdiera tan pronto.
Que lastima que no pudiera darle el heredero varon.
Feliz tarde de sabado, madame
Bisous
Al principio debió de ser duro para la chiquilla que aún jugaba con muñecas verse en un pais extraño, alejada de su familia y con un esposo que le llevaba casi veinte años, hoy en dia tener treinta y dos años es ser joven todavía pero en aquella época lo considerarían maduro aunque por su aspecto físico era apuesto. Con el tiempo y el conocimiento nació el afecto entre ellos y no le dió el hijo varón pero si a la mujer que debió de haber reinado, Isabel Clara Eugenia.
Muchos besos, madame
Hola Magnolia:
Maravillosa entrada,sin duda era una mujer culta, bella y cariñosa.
No sabía que Isabel disfrutara tantas cosas, tenía la visión de mujer un tanto ápatica pero con tu exelente descripción me doy cuenta que no era así.
Por cierto, bastante ingeniosa la respuesta de Don Felipe a su esposa cuando notó su curiosidad. Creo que Felipe II llegó a amarla realmente pero la muerte los separó muy rápido.
Besos y abrazos...
Hola Lady Jane Grey, de las fuentes en las que me apoyo para hacer estas entradas me he encontrado con un autor que la describe apática, que le faltaba voluntad para hacer las cosas sin embargo era activa porque disfrutaba con el baile, las fiestas, las mascaradas, las representaciones teatrales, con las tertulias, la caza, las excursiones campestres, el juego y llegó a pintar. Ella fue como un soplo de aire fresco a la corte española.Quizá en el sector donde se puede hablar mejor de apatía es en el político, ella estaba en el medio de las difíciles relaciones que mantenian su madre y su esposo y ambos querían tirar de ella y llevársela a su lado. Si, el comentario del rey demostraría que estaba acomplejado por la diferencia de edad que existía entre ellos :-)
feliz fin de semana, muchos abrazos
Hola Magnolia!! Me encantó la entrada. Isabel fue un soplo de aire fresco para la corte. Las actividades que modernizaron las costumbres del reino parecen de una mujer alegre y feliz. Pensar que era ten pequeña para ser reina y sin embargo pudo desempeñarse muy bien.
Feliz domingo!!
Besosssss
Hola Gabriela, me queda la última entrada de esta mujer que en cuanto pueda la preparo, ahora viene la parte dramática.
Muchos besos guapa, feliz domingo
Parece una joven deliciosa. Y al serio Felipe II seguro que le vendría muy bien tener una esposa menos rígida que su corte. Una entrada estupenda. Besos.
Gracias Isabel, la francesita era una inyección de juventud y aires modernos en una corte española que estaba de luto desde la desaparición de aquella gran mujer que fue la emperatriz Isabel.
Un fuerte abrazo, feliz semana
Enhorabuena, Magnolia, por esta tan bien narrada y acertadamente documentada entrada sobre Isabel de Valois.
A parte de todo lo que nos comentas, sobre todo los gustos refinados y suntuosos de la reina, lejos de esa visión tétrica que se tiene frecuentemente de la corte de Felipe II (quizás sin su muerte tan temprana esa corte enlutada nunca hubiera surgido), es reseñable la importancia que le han dado algunos historiadores y médicos al asunto de la extraña enfermedad que aquejó a Isabel en los primeros meses de matrimonio. Algunos vierten en el rey la culpa (cómo no), pero el caso es que algunos achacan a las secuelas de esta enfermedad la posible "debilidad" que llevó a la joven reina a la muerte.
Por otro lado, ¿alguien cree realmente que Isabel se pudo ver atraída por el príncipe don Carlos dada su inestable situación psicológica?
Un personaje que aparece por aquí, y que me resulta muy interesante, es la reina viuda de Portugal, Juana de Austria, que tan importante papel jugó en la corte de la reina como co-partícipe de las alegrías cortesanas.
Un besito y denada (para eso estamos, jeje)
Carmen, de nuevo te agradezco tu asesoramiento en esta materia. Este mes estoy algo ocupada con otras cosas y tardo un poco más en preparar entradas nuevas pero entre hoy y mañana termino la última parte de esta reina. Francamente, viendo los retratos del padre y del hijo en aquella época, yo como mujer me quedaba con el rey :-). Vende más la historia de los amores imposibles y clandestinos entre la madrastra y el hijastro y el cruel y tirano rey que descubre estos amorios a sus espaldas y planea deshacerse de ellos. Pero esto entra en la siguiente parte.
Un besito corazón
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