martes, 2 de febrero de 2010

ANA PAVLOVA

Había nacido prematuramente, diminuta y débil, un 31 de enero de 1882, en San Petersburgo en el seno de una familia campesina de bajos recursos. Ana Pavlova era una niña frágil, una fragilidad aparente debida a que desde su infancia fue muy enfermiza. Huérfana de padre, desde los dos años de edad, fue una niña mimada por su madre que, preocupada por la salud de su hija, decidió enviarla con su abuela, quien se encontraba en el campo en Ligovo. La vocación de Pavlova había nacido a partir del día en que su madre la había llevado a ver el ballet de "La Bella Durmiente". La niña tenía ocho años y desde entonces no tuvo mas que un anhelo: ingresar en la Escuela de Danza. A esa edad fue rechazada de la Escuela del Ballet Imperial por no tener suficiente edad.

Cuando Ana presenta el examen de ingreso tenía apenas diez años y estaba todavía muy enclenque, pero debió haber sido mucha su disposición para el baile, ya que tanto la salud como la robustez se consideraban esenciales para su aceptación. Pavlova estaría por espacio de siete años sometida a un régimen intenso en esta Escuela, donde no solamente resistiría a todos los ejercicios a pesar de su fragilidad, sino que adquiría la salud y el vigor que tanto necesitaba y conservaría hasta el fin. Sus primeros maestros fueron Oblakov, Ekaterina Vazen, Pavel Guerdt, el sueco Christian Johansen y el francés Marius Petipa. El ballet había nacido en Francia con la fundación de la Academie Nationale de la Danse en 1661 por Luis XIV, y cuando el zar Pedro el Grande impulsó este arte de la danza clásica en Rusia lo hizo llevando hasta su reino a maestros franceses.

Ana Pavlova había iniciado su carrera escénica en el Teatro Mariinsky (Opera Imperial) representando diversos papeles, sin pasar por lo que se llama «cuerpo de baile». Luego, más tarde, en el transcurso de los años, a Pavlova le tocaría interpretar un papel muy especial: el famoso cisne. En 1905 Pavlova había sido invitada a participar en una gran función benéfica y pidió a su amigo Michael Fokin que le aconsejara una pieza musical para bailar. Fokin propuso El cisne, de Saint-Saëns. En un momento compuso la danza y en seguida empezaron a ensayar. Así nacería el «solo» del ballet más famoso de todos los tiempos: "La muerte del cisne". Pavlova cambió para siempre el ideal de las bailarinas.

En los años 1890, se esperaba de las bailarinas del Teatro Mariinski que fueran técnicamente fuertes, y esto significaba, normalmente, tener un cuerpo poderoso, musculoso y compacto. Pavlova era delgada, de apariencia delicada y etérea, perfecta para los papeles románticos como Giselle. Sus pies eran extremadamente arqueados, tanto es así que reforzó sus zapatos pointe agregando un pedazo de cuero duro en las suelas para soportar y aplanar el cuerpo del zapato. En ese tiempo, muchos notaron este "engaño", así que Pavlova retocó todas sus fotos para ocultar la plataforma del boxy. Pero este se convertiría en el zapato pointe moderno.


A raíz del éxito obtenido, las autoridades del Mariinsky no vacilaron en dar a Pavlova el papel principal dentro de aquella obra de "El Lago de los Cisnes", ballet en cuatro actos con música de Tchaikovsky. Poco después se le daría el nombramiento de prima ballerina (primera bailarina). Pavlova fue también afortunada en el amor, ya que en ese mismo año, se casaría. Lo haría con el barón Víctor Emilovitch Dandré, quien en lo sucesivo organizaría todas sus giras y, después de su muerte, escribiese el libro que constituye la mejor biografía de Ana Pavlova. Más adelante, inspirada por sus triunfos y por lo que había leído de otros sitios, Pavlova decidió viajar. Su primera gira que hizo fue a Riga, en 1907, con Adolph Bohn como partenaire (como pareja). Después lo haría en Helsingfors, muy cerca de Estocolmo, Suecia, donde el rey Oscar le confiriera la Orden Sueca del Mérito en Arte. Los viajes continuaron y la Pavlova llegó hasta Copenhague, Dinamarca; Leipzig, en Alemania; Praga, en Checoslovaquia, Berlín, en Alemania; y Viena, Austria, donde el público colmaría de flores el escenario.

Años después sus viajes continuarían y Pavlova llegaría a conquistar el mundo entero. El éxito que acompañaron a estas giras convencieron a Sergei Diaghilev (uno de los máximos dirigentes de grupos de ballet) de llevarla a París, pero no duró mucho con él. Ciertos problemillas los distanciaron. Pavlova defendía el ballet clásico y hacía a un lado las tendencias modernas que, según ella, amenazaban al arte del ballet. Ella representaba la extrema derecha; él, la extrema izquierda. Diaghilev llevaría el ballet a un nivel de unidad artística, mientras que la Pavlova lo elevaría al pináculo de la perfección. Diaghilev sería reconocido por intelectuales y artistas, Pavlova sería admirada y querida por millones.


Pavlova formó su propia compañía. Más tarde, el 28 de febrero de 1910, aparecería por vez primera en el Metropolitan Opera House de Nueva York con el ballet Coppelia, llevando a Michael Mordkin como su partenaire. Su triunfo, ni qué dudar, fue avasallador. En abril de ese mismo año inició una temporada en el Palace Theatre de Londres, que duró hasta agosto. Durante los cinco años siguientes repitió una temporada anual de quince o veinte semanas en ese mismo teatro de la capital inglesa, temiendo una retribución de mil doscientas libras esterlinas como paga. Como era de esperarse, Ana Pavlova conquistó al público londinense desde la primera vez.

En 1912 ella y su marido compraron una vieja casa en la parte alta de la ciudad, con un jardín frondoso, un pequeño estanque y paredes recubiertas con hiedra. Ivy House era la casa. Esta se convertiría desde entonces en su hogar permanente, sin dejar de conservar, por otro lado, su departamento en San Petersburgo, pues Ana Pavlova iba todos los años a bailar en el Teatro Mariinsky. Más tarde, en 1913, hizo sus últimas apariciones en San Petersburgo, dejó el Mariinsky y el departamento. Le era demasiado difícil conservar esa doble vida estando una parte del tiempo en el extranjero y la otra en Rusia. Por otro lado, acababa de firmar un importante contrato para realizar una larga gira por Estados Unidos y Canadá. Terminando la gira por América del Norte, en mayo de 1914.




Durante el verano siguiente, Pavlova estuvo por última vez en Rusia. Al declararse la guerra, Ana se encontraba en Alemania, logrando luego volver a Inglaterra, vía Bélgica. En septiembre embarcaría de nuevo a Estados Unidos para llevar a cabo otra gira. Pavlova se burlaba de los convencionalismos, pues llegó a bailar en el Hippodrome de Nueva York, entre elefantes amaestrados y coloridos y alegres titiriteros. Su deseo era prodigar el arte, llevarlo a todos los rincones, de ninguna manera el de encontrar públicos fáciles de contentar; por el contrario, se lamentaba de la falta de exigencia en el público norteamericano, del que una vez dijo: El público de aquí es tan excesivamente generoso que, aunque me conmueve, no me ayuda. Sé que esta noche no he bailado La muerte del cisne tan bien como de costumbre, pero los aplausos han sido los mismos.


En Estados Unidos Pavlova tenía buenos amigos, entre ellos Mary Pickford, Douglas Fairbanks y Charlie Chaplin, las cuales la persuadieron a filmar sus danzas. En la película que se conserva, tomada en 1912, puede verse algo de su gran estilo y personalidad que transmitía. Una cinta donde se deja ver toda una gran artista. Vendrían, ahora sí, las giras. En América, no sólo se presentaría en Estados Unidos y Canadá, sino que también visitaría México, Río de Janeiro y Buenos Aires. Y no sólo estos sitios sino que también llegaría hasta los más remotos lugares del continente, a pesar de las dificultades e incomodidades que suelen acompañar este tipo de viajes a las compañías. Al terminar la guerra volvería a su casa en Londres, reanudando sus giras por toda Europa, extendiendo éstas al poco tiempo por todo el mundo. Visitaría la India, Malasia, Japón y otros países del Extremo Oriente. También lo haría por Egipto, Sudáfrica, Austria, Nueva Zelanda y muchos otros más.


Pavlova era una enamorada de la naturaleza. Amaba las aves, las flores, los insectos... En su jardín de Ivy House tenía cisnes, flamencos y pájaros. Por las noches, al regresar del teatro, se paseaba un rato por la paz y el silencio de su jardín. De ahí tomaría inspiración para interpretar papeles como el Cisne, la Libélula y la Amapola. Sus versiones estaban arrancadas de la naturaleza misma, de su identificación y armonía perfecta con cada una de estas creaturas. Así, para interpretar "La muerte del cisne" era necesario, además, de la identificación formal con la bella y efímera creatura, olvidarse de la propia personalidad de bailarina, absorber la tragedia y transmitir ésta con arte de actriz. Pavlova tenía y vivía ese sentimiento profundo y sólo ella sabía expresarlo.

México tuvo el privilegio de presenciar a Ana Pavlova en "La muerte del cisne" y, con ello, un hecho conmovedor, único, en la carrera de esta gran bailarina. Pablo Casals se hallaba en la capital de este país cuando se anunció la actuación de Ana. Casals convino con el empresario del ballet que cuando fuera a presentarse "La muerte del cisne" el primer cello de la orquesta permaneciera callado y el maestro, oculto entre bambalinas, tocaría la parte correspondiente.

«Cuando empecé (a tocar) -cuenta Casals-, la bailarina se volvió asombrada, buscando al cellista escondido. En cuanto concluyó su danza salió corriendo del escenario, me abrazó y me besó. Luego me llevó con ella a escena para recibir los aplausos del público».


En enero de 1930, Ana Pavlova realiza la última gira de su vida por Europa. Bailó en el sur de Francia, Suiza, Alemania, Dinamarca, Suecia, Noruega y, finalmente, en París. Tomaría luego unas vacaciones regresando inmediatamente a Londres donde terminaría en el Golders Green Hippodrome, donde el 13 de diciembre brindaría aquí su última actuación. Su siguiente gira continental debía comenzar el 19 de enero de 1913. Pavlova había decidido descansar unos cuantos días en Cannes (Francia) y a la vez recibir un tratamiento para la rodilla izquierda, en la que sentía cierta molestia. La rodilla se curó y, el 10 de enero, Pavlova se dirigió a París para dedicarse a ensayar ciertos números. Mientras tanto su esposo iría a Londres a resolver unos problemas antes de reunirse con ella en La Haya. El tren de Cannes a París se había detenido a causa de un accidente. Pavlova había salido del vagón para ver lo que sucedía. Se dice que fue aquí donde atrapó un fuerte resfriado que posteriormente le causaría la muerte. Ella le restó importancia al asunto. «Una gripe a cualquiera le da» -diría.

En París trabajó en un estudio sin calefacción. Su resfriado y malestar seguían, pero Pavlova nuevamente le restó importancia, pero dijo sentirse fatigada. Durante el viaje sintiose peor y al llegar a La Haya tuvo que acostarse. Así fue como la encontró su marido. Los médicos diagnosticaron pleuresía en el pulmón izquierdo. A pesar de todo esto, Ana no se resignó a quedarse en cama. Preocupada por la temporada que iba a empezar, daba instrucciones a todos sus ayudantes. Sin embargo, el malestar seguía. La infección había invadido el pulmón derecho y el corazón empezaba a debilitarse.


La noche del 23 de enero, Ana se sumió en la inconsciencia pero, al filo de la media noche, abrió los ojos, llamó a su camarera, quien se le acercó de inmediato inclinándose sobre ella. Entonces Pavlova le dijo: «Prepara mi vestido de cisne». Fueron estas sus últimas palabras. Media hora después, Ana Pavlova había muerto. Fue cremada, los servicios fúnebres se hicieron en la Iglesia Ortodoxa Rusa de Londres y fue enterrada en el cementerio Golders Green de esa misma ciudad. En 2001, sus restos fueron llevados al cementerio Novodevichy en Moscú, de acuerdo a su voluntad y después de una considerable controversia.

Dos días después de su muerte se celebró en Londres una función de ballet. Después del primer número, el maestro se volvió al público y anunció: «Y ahora la orquesta interpretará "La muerte del cisne" en memoria de Ana Pavlova». Levantose el telón y apareció en el escenario obscuro y vacío un solo reflector. Nadie estaba ahí, pero todos recordaban a esta gran bailarina rusa que había sido Ana Pavlova.


Fuentes:
http://www.danzaballet.com/modules.php?name=News&file=print&sid=123
http://es.wikipedia.org/wiki/Anna_P%C3%A1vlova

4 comentarios:

La Dame Masquée dijo...

Como apasionada que soy del ballet (de niña quise ser bailarina, ¡ay, pobre de mi!), hubiera dado cualquier cosa por ver bailar a esta mujer cuya fama es inextinguible. Realmente tuvo que ser unica.

Feliz tarde, madame

Bisous

Magnolia dijo...

Esta mujer es todo un mito, verla bailar sería como ver volar a un cisne ... elegante, delicada y etérea. Una vida fascinante la de esta inolvidable gran dama del ballet.

Muchos besos, madame.

Lina dijo...

hola oye por que no pones a sophie scholl, es una mujer importante...

Magnolia dijo...

Gracias Lina, tomo nota de tu sugerencia. La tendré presente para un futuro próximo. un abrazo

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