martes, 29 de diciembre de 2009

ISABEL DE FRANCIA, La Loba

Isabel de Francia nació en 1292. Fue la tercera y última de las hijas del Rey Felipe IV de Francia y de la Reina Juana I de Navarra. Hermana de los reyes franceses: Luis X, Felipe V y Carlos IV. Su enlace por razones de estado con un hombre que nunca la amó como mujer, la llevó a vivir unos años de humillaciones y desprecios que culminó en una implacable y cruel venganza. La inicial pena que por ella sintieron sus súbditos, terminó transformándose en odio y rencor, llamándola la Loba de Francia .

Isabel de Francia


Su padre el Rey de Francia había preparado su boda con el heredero de la corona inglesa cuando ella tenía tan solo seis años, por lo que al cumplir los 16, los deseos de su padre se cumplieron e Isabel se casó con Eduardo II de Inglaterra, en la ciudad de Boulogne-sur-Mer, el 25 de enero de 1308. Desde su llegada a la corte inglesa, Isabel fue celebrada por su belleza. El cronista Geoffrey de Paris la describió como "la bella entre las bellas ... en el reino sino acaso en toda Europa". A pesar de ello, su hermosura no logró atraer lo suficiente a su marido, que prefería la compañía de su favorito de entonces, Piers Gaveston, casado con una sobrina de Eduardo, Margarita de Clare y había sido nombrado conde de Cornualles.


La conducta de Gaveston durante la coronación de Isabel como reina de Inglaterra escandalizó a los nobles, puesto que hizo su aparición vestido en púrpura real en lugar de la ropa de oro propia de un conde, acaparando completamente la atención del rey, quién ignoró a su familia y a su hermosa esposa. Después se descubrió que Eduardo II le había regalado todo el oro y las joyas que había recibido como regalos de boda.

La reina escribió poco después a su padre asegurándole ser “la más desgraciada de las mujeres” pues el esposo que le había tocado en suerte era “un completo extraño en mi cama”. Pese a todo, la pareja pudo engendrar cuatro hijos - se sabe que la reina sufrió, por lo menos, un aborto-, entre ellos el futuro Eduardo III. En una ocasión, Eduardo llegó a abandonarla a su suerte en la peligrosa localidad escocesa de Tynemouth. Milagrosamente, Isabel logró escapar de las huestes de Roberto Bruce y llegar a las costas inglesas.


Eduardo II

Piers Gaveston fue asesinado por dos soldados galeses que le atravesaron con sus espadas antes de decapitarlo. Eduardo II, al tener conocimiento de los hechos, reaccionó con furia en un primer momento, que terminó convirtiéndose en un frío odio y deseo de destruir a los asesinos de Gaveston. Diez años después, vengó su muerte al conseguir que el conde de Lancaster fuera ejecutado.

Después de la desaparición de Gaveston, Eduardo encontró un nuevo amante Hugo Despenser. Hugo se convirtió en su favorito, dominando la voluntad del rey y ganando un enorme poder en la corte, animado por su ambicioso padre y por su igualmente ambiciosa esposa Leonor de Clare, hermana de la viuda de Piers Gaveston. Hugo era tan vanidoso como Piers y más violento que él, ganándose el odio y el desprecio de la reina Isabel.


La situación en el país empeoró, puesto que la familia del nuevo amante del rey ejercían el poder de forma autoritaria. En 1321, embarazada de su hijo menor, Isabel le rogó dramáticamente a su esposo que desterrara para siempre del reino a Despenser. El rey exilió a Despenser pero en ese año lo reintegró a la corte. Esto, acabo por volver a la reina totalmente en su contra. Isabel ayudó a Roger Mortimer a escapar de la Torre de Londres, donde su marido lo había encarcelado por oponerse a los Despenser en 1323.

Los Despenser aprovecharon la creciente tensión diplomática con Francia, a la sazón gobernada por Carlos IV, hermano de Isabel, para acusar a la reina de espía. Parece ser que el propósito de Hugo Despenser, ya fuera por interés, por patriotismo o por amor, era conseguir la anulación papal del matrimonio de Eduardo.


En 1325, ansiosa por escapar de su marido y de la vigilancia a la que era sometida en la corte por parte del favorito Depenser, Isabel se ofreció a viajar hasta Francia para convencer a su hermano de devolver a Inglaterra las tierras que le había arrebatado y consiguió que dejaran salir del reino a su hijo, el príncipe Eduardo de Gales, con el pretexto de que era conveniente que rindiera homenaje al rey de Francia.

En Francia se reencontró con Roger Mortimer, convirtiéndose en su amante. Enterado de esto, el rey inglés exigió el retorno de su esposa. Pero el rey Carlos IV se negó a expulsar a su hermana de Francia. Isabel y Roger Mortimer abandonaron la corte francesa en el verano de 1326. Marcharon hacia la corte del conde Guillermo III de Hainault, cuya esposa era prima de Isabel. Hainault les dio la ayuda armada que necesitaban, a cambio del compromiso matrimonial de su hija Felipa con el futuro rey Eduardo III.



El 21 de septiembre de 1326, Isabel y Mortimer, al mando de su ejército mercenario, arribaron a las costas de Suffolk. Eduardo buscó apoyo tanto en los barones, como en las diferentes ciudades por las que el ejército invasor tendría que pasar, pero ahora la reina gozaba de gran popularidad al ser vista como la insatisfecha esposa de un desviado. Isabel fue capaz de saltar de ciudad en ciudad con un ejército extranjero totalmente equipado y conseguir nuevos adictos a su causa.

El rey había escapado poco antes hacia el oeste, buscando un apoyo que no encontraría en ninguna parte. Eduardo ofreció mil libras por la cabeza de Mortimer. Isabel respondió aumentando a dos mil la oferta pero por la cabeza de Hugo Despenser. El otro individuo más buscado por los sublevados, Despenser el Viejo, huyó a Bristol donde se topó con el ejército de Isabel. Murió asesinado.

Por Mark Satchwill



Eduardo y Hugo fueron finalmente capturados. Hugo trató de morir de hambre antes de su juicio, sin embargo no tuvo éxito y fue encontrado culpable de alta traición y fraude. Se le condenó a ser colgado, desollado y descuartizado. Además fueron vaciadas sus entrañas y cortados sus genitales, y éstos quemados por haber separado al rey de la reina. Su cabeza fue puesta en una pica en la Torre de Londres.

A Eduardo le obligaron a abdicar a favor de su hijo en 1327, pero como todavía era menor de edad, la reina quedó como regente. En la práctica, era el amante de la reina quien tenía el poder, nombrándose Guardián de Inglaterra”. El ex rey Eduardo fue trasladado a varias cárceles para acabar encerrado en el castillo de Berkeley a lo largo de seis meses y del cual consiguió escapar gracias a la ayuda de sus amigos. Capturado nuevamente, Eduardo II fue encerrado por segunda vez en Berkeley, sufrió toda clase de penurias y tormentos durante su reclusión. Finalmente fue asesinado por órdenes de la reina y Mortimer, de una forma extremadamente cruel y sádica. Según la leyenda fue empalado, penetrado por el recto con un hierro al rojo vivo para evitar dejar en su cuerpo cualquier huella violenta visible, lo que podría provocar la ira de los nobles. Su alarido de dolor fue tan grande que se oyó fuera de los muros de la prisión.

Eduardo III

Isabel y su amante cometieron los mismos errores que tanto habían criticado. Se rodearon de favoritos y cometieron todo tipo de arbitrariedades y excesos, Isabel solo hacía caso a su amor y su relación se hacía cada vez más evidente. Desde entonces Isabel pasó de ser una pobre reina maltratada por su marido, a ser odiada por el pueblo y por su propio hijo, cansado de su actitud impúdica. Mortimer mandó decapitar al conde Edmundo de Kent, tio del joven rey Eduardo III, desatándose la ira del monarca. Por ello un año más tarde, encabezando a un grupo de fieles, el rey entró en las estancias de su madre apresando a Mortimer. Pese a los ruegos y lágrimas de Isabel por la vida de su amante, Mortimer fue enjuiciado por traición y ejecutado en la horca, en 1330.

La reina fue confinada en el castillo de Herford, en Roseing. Una vez al año acudía a verla su hijo, pues seguía siendo su madre, pero no quedaba entre ambos ningún rastro de amor materno-filial. Isabel murió, después de tomar el hábito de clarisa, el 22 de agosto de 1358 a los 67 años de edad. Fue sepultada en la iglesia franciscana de Newgate. Su hijo desencadenó una guerra contra Francia por los derechos dinásticos que ella representaba, la llamada Guerra de los 100 años.



Fuentes:
http://revista-zoom.com.ar/articulo2394.html
http://www.elmundo.es/2002/10/21/mundo/1253817.html
http://www.formacionsinbarreras.com/cultura/index.php?seccion=265&contenido=573
http://es.wikipedia.org/wiki/Isabel_de_Francia_(1292-1358)
http://portalsolidario.net/ocio/biografias.php

lunes, 28 de diciembre de 2009

ROSALIA DE CASTRO, La Gran Poetisa

Rosalía de Castro es una figura central del Rexurdimento de la literatura gallega en el siglo XIX. Su obra, escrita en lengua gallega y en castellano, supuso junto con la de Bécquer, el inicio de la poesía española moderna. Los estudios sobre literatura femenina de épocas pasadas la incluyen entre las grandes escritoras junto a Concepción Arenal, Carolina Coronado, Gertrudis Gómez de Avellaneda y Emilia Pardo Bazán.

María Rosalía Rita nació en Santiago de Compostela el 24 de febrero de 1837. Hija de madre soltera, María Teresa de la Cruz de Castro y Abadía , perteneciente a una familia de la baja nobleza gallega. Tradicionalmente se ha venido sosteniendo que su padre fue el sacerdote José Martínez Viojo que no pudo reconocer, ni legitimar a su hija, aunque sí parece que se interesó por ella y encargó de su cuidado a sus hermanas. Fueron las tías paternas de Rosalía, doña Teresa y doña María Josefa, quienes se hicieron cargo de la chiquilla en los primeros tiempos, llevándola a vivir con ellas, primero en Ortoño en la casa familiar llamada «Casa do Castro», y después en Padrón. Parece, a la luz de los hechos conocidos, que la madre no se atrevió a afrontar sola el nacimiento de su hija en los primeros momentos, después se ocupó de ella cuando todavía era una niña. No sabemos si doña Teresa vio con frecuencia a su hija mientras ésta vivió con la familia paterna; quizá sí. Y el hecho de vivir con ella desde los cinco años explica el profundo cariño que llegó a inspirar a su hija. Rosalía se casa en el año 1858, interrumpiéndose la convivencia entre las dos mujeres. Doña Teresa muere repentinamente cuatro años más tarde, en 1862. Rosalía escribe entonces un tomito de poesías, A mi madre, donde da muestras de un gran dolor y sobre todo de un sentimiento de soledad que ya no la abandonará nunca. Nada pudo llenar el hueco que había dejado la madre en su vida.

Nada en concreto sabemos de la educación de Rosalía, que en la escuela primaria mostró ya aptitudes para verificar; Cultivaba estas dos actividades artísticas, el dibujo y la música. Era aficionada a la declamación, ya que en 1854 interpretó el papel principal del drama Rosmunda, de Gil y Zárate, en el Liceo de la Juventud; y en el 1860, ya casada, participó en una función dramática a beneficio de los heridos en la campaña de Africa, también en Santiago. En ambas ocasiones alcanzó éxito extraordinario.

Rosalía de Castro contrajo matrimonio con Manuel Martínez Murguía, erudito cronista de Galicia. Al año siguiente Rosalía da luz a su primera hija, Alejandra, a la que han de seguir seis hijos más. Su domicilio cambió varias veces, entre Madrid y Simancas. Rosalía nunca disfrutó de buena salud. Luchó siempre contra enfermedades y a menudo con la penuria. Vivió dedicada a su hogar, a sus hijos y a su marido, nunca aspiró a la fama. Su marido fue quien la convenció para que publicara sus obras. La muerte de su madre y la de uno de sus hijos fueron dos duros golpes para ella. Murió de cáncer a los cuarenta y ocho años en su casa de Padrón el 15 de julio de 1885, la cual hoy es un museo. A pesar de que pidió que sus restos descansaran en su cantado cementerio de Adina, en Iria Flavia, en 1891 su cuerpo fue exhumado y trasladado al Panteón de Galegos Ilustres en la Iglesia de Santo Domingo de Bonaval (Santiago de Compostela), donde actualmente se encuentra. Todos sus hijos murieron antes que ella, sin poder dejar herederos.

Su primer libro, La flor, se publicó en Madrid en 1857 y recibió elogiosas críticas de Manuel Martínez Murguía, con quien Rosalía de Castro se casaría al año siguiente. La muerte de su madre y la de uno de sus hijos fueron dos duros golpes para ella. A esta amarga experiencia se refiere su primera obra de madurez, el libro de poemas A mi madre (1863), al cual siguieron los Cantares gallegos (1863), canto a su Galicia rural, lleno de añoranza y denuncia ante la explotación de los campesinos gallegos. Con Cantares gallegos, escrito íntegramente en lengua gallega, dio comienzo el renacimiento poético en esa lengua. La fecha de aparición de esta obra se conmemora todos los años durante el Día de las Letras Gallegas. Este día se instituyó en 1963 en la celebración del centenario de la publicación de la obra de Rosalía. Desde entonces, todos los 17 de mayo se celebra en Galicia la efemérides de dicha aparición dedicando el día a un autor significativo para la arte gallega.


Regresó después a la novela con Ruinas (1866). Un año después se publicó su obra narrativa más conseguida, El caballero de las botas azules (1867), novela misteriosa y fantástica que conecta con lo mejor de su labor lírica. En 1880 apareció su segundo libro en gallego, las Follas novas, expresión angustiada e intimista sobre la muerte y la soledad del ser humano. Cierran su producción literaria la novela El primer loco (1881) y el poemario en lengua castellana En las orillas del Sar (1885); este último continúa la línea de meditación metafísica iniciada con Follas novas, si bien acentuando esta vez el sentimiento religioso.

La imagen de Rosalía de Castro aparecía en los antiguos billetes de 500 pesetas. En 2007, el Ministerio de Fomento bautizó al Sasemar 102, uno de sus aviones de patrulla marítima con su nombre, operado por la Sociedad de Salvamento y Seguridad Marítima. Esta gran poeta cuenta con numerosos monumentos dedicados a su memoria, dentro y fuera de Galicia, muchos de ellos levantados a iniciativa de emigrantes gallegos.


OBRA POETICA
La Flor (1857)
A mi madre (1863)
Cantares gallegos (1863) (gallego)
Follas novas (1880) (gallego)
En las orillas del Sar (1884) (castellano)

OBRA EN PROSA
La hija del mar (1859) (castellano)
Flavio (1861) (castellano)
El cadiceño (1863) (castellano)
Contos da miña terra I (posteriormente divulgado con el nombre de Conto gallego) (1864) (gallego)
Ruinas (1866) (castellano)
Las literatas (1866) (castellano)
El caballero de las botas azules (1867) (castellano)
El primer loco (1881) (castellano)
El domingo de Ramos (1881) (castellano)
Padrón y las inundaciones (1881) (castellano)
Adios rios adios fontes (se le atorgó "o dia das letras galegas") (gallego)



Orillas del Sar

I

A través del follaje perenne
que oír deja rumores extraños,
y entre un mar de ondulante verdura,
amorosa mansión de los pájaros,
desde mis ventanas veo
el templo que quise tanto.

El templo que tanto quise...
pues no sé decir ya si le quiero,
que en el rudo vaivén que sin tregua
se agitan mis pensamientos,
dudo si el rencor adusto
vive unido al amor en mi pecho.

II

Otra vez, tras la lucha que rinde
y la incertidumbre amarga
del viajero que errante no sabe
dónde dormirá mañana,
en sus lares primitivos
halla un breve descanso mi alma.

Algo tiene este blando reposo
de sombrío y de halagüeño,
cual lo tiene en la noche callada
de un ser amado el recuerdo,
que de negras traiciones y dichas
inmensas, nos habla a un tiempo.

Ya no lloro..., y no obstante, agobiado
y afligido mi espíritu, apenas
de su cárcel estrecha y sombría
osa dejar las tinieblas
para bañarse en las ondas
de luz que el espacio llenan.

Cual si en suelo extranjero me hallase,
tímida y hosca, contemplo
desde lejos los bosques y alturas
y los floridos senderos
donde en cada rincón me aguardaba
la esperanza sonriendo.

III

Oigo el toque sonoro que entonces
a mi lecho a llamarme venía
con sus ecos, que el alba anunciaban,
mientras, cual dulce caricia,
un rayo de sol dorado
alumbraba mi estancia tranquila.

Puro el aire, la luz sonrosada,
¡qué despertar tan dichoso!
Yo veía entre nubes de incienso
visiones con alas de oro
que llevaban la venda celeste
de la fe sobre sus ojos...

Ese sol es el mismo, mas ellas
no acuden a mi conjuro;
y a través del espacio y las nubes,
y del agua en los limbos confusos,
y del aire en la azul transparencia,
¡ay!, ya en vano las llamo y las busco.

Blanca y desierta la vía
entre los frondosos setos
y los bosques y arroyos que bordan
sus orillas, con grato misterio
atraerme parece y brindarme
a que siga su línea sin término.

Bajemos, pues, que el camino
antiguo nos saldrá al paso,
aunque triste, escabroso y desierto,
y cual nosotros cambiado,
lleno aún de las blancas fantasmas
que en otro tiempo adoramos.

IV

Tras de inútil fatiga, que mis fuerzas agota,
caigo en la senda amiga, donde una fuente brota
siempre serena y pura;
y con mirada incierta, busco por la llanura
no sé qué sombra vana o qué esperanza muerta,
no sé qué flor tardía de virginal frescura
que no crece en la vía arenosa y desierta.

De la oscura Trabanca tras la espesa arboleda,
gallardamente arranca al pie de la vereda
la Torre y sus contornos cubiertos de follaje,
prestando a la mirada descanso en su ramaje
cuando de la ancha vega, por vivo sol bañada
que las pupilas ciega,
atraviesa el espacio, gozosa y deslumbrada.

Como un eco perdido, como un amigo acento
que suena cariñoso,
el familiar chirrido del carro perezoso
corre en las alas del viento y llega hasta mi oído
cual en aquellos días hermosos y brillantes
en que las ansias mías eran quejas amantes,
eran dorados sueños y santas alegrías.

Ruge la Presa lejos..., y, de las aves nido,
Fondóns cerca descansa;
la cándida abubilla bebe en el agua mansa
donde un tiempo he creído de la esperanza hermosa
beber el néctar sano, y hoy bebiera anhelosa
las aguas del olvido, que es de la muerte hermano:
donde de los vencejos que vuelan en la altura
la sombra se refleja;
y en cuya linfa pura, blanca, el nenúfar brilla
por entre la verdura de la frondosa orilla.

V

¡Cuán hermosa es tu vega! ¡Oh, Padrón! ¡Oh, Iria Flavia!
Mas el calor, la vida juvenil y la savia
que extraje de tu seno,
como el sediento niño el dulce jugo extrae
del pecho blanco y lleno,
de mi existencia oscura en el torrente amargo
pasaron, cual barridas por la inconstancia ciega,
una visión de armiño, una ilusión querida,
un suspiro de amor.

De tus suaves rumores la acorde consonancia,
ya para el alma yerta, tornóse bronca y dura
a impulsos del dolor;
secáronse tus flores de virginal fragancia;
perdió su azul tu cielo, el campo su frescura,
el alba su candor.

La nieve de los años, de la tristeza el hielo
constante, al alma niegan toda ilusión amada,
todo dulce consuelo.
Sólo los desengaños preñados de temores,
y de la duda el frío,
avivan los dolores que siente el pecho mío,
y ahondando mi herida,
me destierran del cielo, donde las fuentes brotan
eternas de la vida.

VI

¡Oh, tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella!
Viendo cuán triste brilla nuestra fatal estrella,
del Sar cabe la orilla,
al acabarme, siento la sed devoradora
y jamás apagada que ahoga el sentimiento,
y el hambre de justicia, que abate y anonada
cuando nuestros clamores los arrebata el viento
de tempestad airada.

Ya en vano el tibio rayo de la naciente aurora
tras del Miranda altivo,
valles y cumbres dora con su resplandor vivo;
en vano llega mayo de sol y aromas lleno,
con su frente de niño de rosas coronada,
y con su luz serena:
en mi pecho ve juntos el odio y el cariño,
mezcla de gloria y pena,
mi sien por la corona del mártir agobiada
y para siempre frío y agotado mi seno.

VII

Ya que de la esperanza, para la vida mía,
triste y descolorido ha llegado el ocaso,
a mi morada oscura, desmantelada y fría
tornemos paso a paso,
porque con su alegría no aumente mi amargura
la blanca luz del día.

Contenta el negro nido busca el ave agorera,
bien reposa la fiera en el antro escondido,
en su sepulcro el muerto, el triste en el olvido,
y mi alma en su desierto.




Fuentes:
http://es.wikipedia.org/wiki/Rosal%C3%ADa_de_Castro
http://www.monografias.com/trabajos12/rosalia/rosalia.shtml
http://amediavoz.com/decastro.htm
http://www.biografiasyvidas.com/biografia/c/castro_rosalia.htm
http://www.cervantesvirtual.com/bib_autor/rosaliadecastro/

jueves, 24 de diciembre de 2009

¡¡¡ FELICES FIESTAS !!!!


Que en estas fiestas, la magia sea vuestro mejor traje, vuestra sonrisa el mejor regalo, vuestros ojos el mejor destino, vuestra felicidad mi mejor deseo y que todos vuestros sueños se hagan realidad.

¡¡¡¡ FELIZ NAVIDAD Y PRÓSPERO AÑO NUEVO 2010 !!!!

SALUD, PAZ Y AMOR PARA TODOS

miércoles, 23 de diciembre de 2009

ISABEL DE PORTUGAL, La Emperatriz del Clavel ( V )


El 21 de Abril de 1539 se le adelantó el parto a la emperatriz, naciendo un niño muerto. Las fuertes hemorragias que sufrió después del alumbramiento la dejaron débil, extenuada pero más tranquila. Muy pronto comenzaron las fiebres puerperales. El día 26 empeoró visiblemente y pasó la noche en unas condiciones lamentables, muy desasosegada e inquieta, con delirios febriles a causa de una fuerte infección. El día 27 aún aumentó su gravedad, desalentando a todos, en especial a sus médicos, que no veían la forma de que disminuyera su temperatura corporal. Isabel estaba muy débil y había adelgazado mucho, su situación era crítica.

La noticia de su grave estado se difundió rápidamente por todos los reinos de España. Desde todos los lugares se hicieron plegarias al cielo pidiendo su curación. El día 29, la fiebre cesó e Isabel pudo advertir con plena lucidez que su vida acababa. Se confesó con el cardenal Tavera, recibió el viático y la extremaunción con serenidad y fervor piadoso y después se despidió de su marido y de sus hijos.



Sus damas querían entrar en la habitación donde estaba para verla y mostrar así sus sentimientos. Y de dos en dos, de forma silenciosa y discreta, pasaron por su cámara y le besaban la mano. El rostro de Isabel aún se esforzaba por esbozar una sonrisa y mostrar un gesto de dignidad que era casi de ternura suprema. El emperador, que había comprendido que el fallecimiento de su esposa podía ocurrir en cualquier momento, no se separaba de su cama. Así lo confirma un religioso, fray Juan de Salinas, en un escrito que dirige a Pedro Girón. Algunos historiadores dicen que el emperador y su hijo Felipe se hallaban en Madrid y no pudieron llegar a tiempo para confortarla y verla viva.

El día 30 se presentaron de nuevo las fiebres y el 1 de mayo en el palacio de los condes de Fuensalida en Toledo, moría a la una de la tarde esta insigne y hermosa mujer. Mantuvo el sentido y el habla hasta el último momento. Se hallaban presentes el emperador, los cardenales de Toledo y Burgos y sus damas principales. Tenía sólo treinta y cinco años de edad. Después de producirse el óbito, Carlos, sin poderlo soportar se retiró a su cámara. Las muestras de dolor se sucedieron en el pueblo, la corte y su familia. Como años más tarde haría la guardia alemana de Carlos V, los alabarderos de la Emperatriz arrojaron sus armas al suelo y se desgarraron las libreas para dar a entender que nunca jamás servirán a otro señor.


El emperador permaneció muchas horas rezando junto al cadáver de su esposa, inmóvil a los pies y sin querer verle la cara para conservar siempre el recuerdo del rostro amable y bellisimo de su esposa viva. No tenía ánimo para presidir el duelo, ni podía emitir ninguna palabra que expresara su dolor.

Se instaló una capilla en el primer piso del palacio al día siguiente, donde se hallaba el cadáver expuesto. Carlos asistió a un solemne funeral oficiado por el entonces capellán mayor de la emperatriz, el obispo de León. Después delegó en el cardenal de Toledo su representación para cualquier otro acto y se retiró al monasterio de Santa María de la Sisla. Como enloquecido y sin querer ver a nadie, excepto a su confesor, el emperador permaneció bastantes dias apartado del mundo en el monasterio.


Carlos V de Alemania y I de España



La gran amiga de Isabel, la marquesa de Lombay, amortajó al cadáver con un hábito franciscano y siguiendo las disposiciones testamentarias de Isabel de Portugal se organizó una comitiva para enterrarla en Granada. La despedida que Toledo hizo a la emperatriz fue multitudinaria. El cardenal de Toledo acompañado del cabildo catedralicio y los representantes del ayuntamiento de la ciudad bajo mazas, se presentaron en el palacio de los condes de Fuensalida. El cardenal y su cabildo penetraron en la capilla ardiente, donde ya esperaba el clero del palacio, presidido por el capellán mayor de la Casa de la Emperatriz, que era quien iba a presidir una breve ceremonia con el rezo de las preces que señala la liturgia católica.

Finalizado el acto se procede al cierre del féretro, que es transportado a hombros de cortesanos hasta la puerta del palacio. Allí lo depositaron sobre una litera que estaba cubierta con un paño de brocado negro y tenía una gran cruz de terciopelo morado. Lo recibieron el corregidor y representantes del ayuntamiento, quienes la transportarían a hombros hasta el Puente de Alcántara.


El príncipe Felipe de doce años, con loba y capirote de luto sobre la cabeza, acompañó los restos de su madre pero sólo durante una parte del trayecto hasta llegar a una residencia del arzobispo de Toledo, donde se le pidió que se quedase pues su estado de angustia y sufrimiento le impedían proseguir. Otra versión dice que el príncipe llegó hasta Granada y no le vieron derramar ni una sola lágrima.

En el puente de Alcántara esperaban la marquesa de Lombay y de Aguilar, la condesa de Faro y muchas damas de la Casa de la Emperatriz, que recibieron su cuerpo con lloros y lamentos y lo despidieron del mismo modo. Sólo unas pocas acompañarían sus restos mortales a Granada. A continuación, después de rezar unas preces, fue depositado el cadáver en una litera que llevarían dos acémilas negras con sillas y guarniciones de tela de oro por los caminos hacia Granada.


Acompañarían al féretro hasta esa capital el cardenal de Burgos, los obispos de León y Coria, el marqués de Villena, Francisco de Borja, la condesa de Faro, doña Guiomar de Melo, doña Leonor de Castro y otros muchos cortesanos servidores de la emperatriz y del emperador, así como frailes, muchos criados de la emperatriz y más personas. La comitiva que acompañaba los restos de Isabel la formaban unas 300 personas en total.

A pesar del esfuerzo del viaje y del número de personas del cortejo fúnebre no se produjo ningún incidente y por los caminos salían gentes espontáneamente con carros que transportaban vituallas: pan, vino, agua y queso, para contribuir a sus necesidades. A su paso, las villas, aldeas y ciudades se vaciaron para ver pasar el ataúd de su Majestad Imperial. Las campanas tocaron a muerto en los cuatro rincones del reino. También en Francia el rey Francisco I mandó hacer solemnísimas honras fúnebres e igual ocurriría en Portugal donde su hermano Juan III ordenó varios días de luto.

El cortejo fúnebre llegó a Granada el 16 de mayo y entró por la puerta de Elvira hacia las dos de la tarde pero no alcanzó la iglesia mayor hasta las ocho, por la cantidad de actos, el canto de responsos y el rezo de otras oraciones que se habían previsto celebrar a lo largo del trayecto. El depósito de los restos de la emperatriz en la capilla real de Granada se hizo en presencia de buen número de clérigos y nobles. Pero antes de proceder a su enterramiento definitivo fue preciso abrir el ataúd para reconocer el cadáver. El féretro estaba vestido de terciopelo negro y guarnecido de raso carmesí.

Como parte del ceremonial, el Caballerizo Mayor de la Emperatriz, en este caso Francisco de Borja, era el encargado de cerrar el féretro al depositar en él el cadáver y a él le competía la misión de abrirlo al llegar al lugar del enterramiento, para dar fe de que el cuerpo depositado en el ataúd seguía siendo el mismo. En Granada, al abrir la caja y ver el rostro horriblemente descompuesto e irreconocible de su adorada emperatriz, tras tantos días calurosos de camino, no puede certificar que sea aquél el cadáver de doña Isabel: “ Jurar que es su Majestad no puedo, juro que su cadáver se puso aqui ”. Después pronunció su famosa frase: “ Nunca más servir a señor que se me pueda morir ”. El Duque de Gandía cambió la vida cortesana por la religiosa, ingresando a la muerte de su esposa en los jesuitas, llegando a ser su tercer general. Su nombre en el santoral es : San Francisco Borja.


Panteón de Los Reyes, a la derecha de la imagen en la parte superior está el nicho de la emperatriz en el lado de las reinas.


El 6 de febrero de 1574, los restos de la emperatriz fueron depositados en la capilla provisional del Monasterio de El Escorial, ya que el Panteón de los Reyes no estaba construido aún. Se ubicaron en la bóveda debajo del altar mayor, junto a los de su esposo traídos de Yuste. Los restos de Carlos e Isabel estaban otra vez próximos, muy cerca uno de otro. Este había sido el deseo de Carlos y así lo había expresado con ternura en su testamento: Quiero que cerca de mi cuerpo se coloque el de la Emperatriz, mi muy querida y amada esposa, que Dios tenga en la gloria.

En los tiempos de Felipe IV, los restos de Isabel se trasladaron al Panteón de los Reyes, depositándose en el nicho superior y contiguo al lado de la Epístola, simétrica a la urna que guarda los restos del emperador al lado del Evangelio y más inmediato al altar. En el centro hay una inscripción en bronce dorado a fuego con estas escuetas palabras:


ELISABETH
EMP.ET.REG.


La emperatriz Isabel, cuadro de Tiziano fechado en 1548


Carlos V no quiso volver a contraer matrimonio y a pesar de tener algún escarceo amoroso como aquél con una dama alemana llamada Bárbara Blomberg, que le dió a su hijo Juan de Austria en 1545, siempre tuvo presente el recuerdo de su esposa Isabel. Tiziano la retrató tres veces por encargo del emperador, sin haber llegado a verla nunca, pues cuando le hizo el primero de ellos ya hacía varios años que la emperatriz había muerto pero supo captar toda la belleza y vitalidad de sus ojos, inmortalizando la melancólica dulzura de su expresión.

Carlos entregó al pintor un pequeño retrato de Isabel que llevaba siempre consigo, y con esto y las apasionadas descripciones que escuchó de labios del enamorado esposo, hizo Tiziano el extraordinario retrato que hoy podemos admirar en el museo del Prado y que Carlos se llevó a Yuste para poderlo seguir contemplando en su retiro. Del óleo “ Carlos V y la Emperatriz Isabel” hizo una copia el pintor Rubens en 1628, comprado por el duque de Alba en 1935 a cuya casa ducal sigue perteneciendo en la actualidad, ya que el original de Tiziano se destruyó en un incendio en el Real Alcázar de Madrid.

Carlos falleció el 21 de septiembre de 1558 en el Monasterio de Yuste, tras un mes de agonía y fiebres. Murió agarrando con sus manos el crucifijo que también Isabel tuvo en su muerte y mirando el retrato de su esposa. La emperatriz hubiera pasado desapercibida a través de la Historia a no ser por el recuerdo que dejó en la pintura, la escultura, la literatura y la religión. Ya que su labor como gobernadora y sus aspectos más humanos no se valoraron hasta ya avanzado el siglo XX.


La emperatriz Isabel, de Leone y Pompeo Leoni. 1564. Bronce




Fuentes:
Antonio Villacorta, La emperatriz Isabel.2009 Editorial Actas S.L.
M.Isabel Piqueras Villaldea, Carlos V y la Emperatriz Isabel. 2000 Editorial Actas, S.L
Fernando Gonzalez-Doria, Las Reinas de España. 1989 Editorial Bitácora.S.A
http://elsiglodeoro.wordpress.com/2009/03/10/la-emperatriz-isabel-de-portugal-i/
http://www.editorial-na.com/articulos/articulo.asp?artic=31
http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:EscorialPanteo.jpg

http://www.altesses.eu/

martes, 22 de diciembre de 2009

ISABEL DE PORTUGAL, La Emperatriz del Clavel ( IV )


Ejerció con prudencia e inteligencia la tarea de gobernadora del reino durante las ausencias de Carlos, misión que hubo de desempeñar en cinco ocasiones. Con su dulzura y sus agradables maneras en el trato influyó en el reflexivo y duro carácter de su marido, haciéndole más humano y acercándolo a los intereses de los españoles. El emperador previendo que en más de una ocasión habría de dejar en manos de su esposa la gobernación del reino, desde el momento mismo de celebrar su boda comenzó a instruirla en el difícil ejercicio de gobernar del que Isabel nada conocía en el momento de venir a casarse.

La emperatriz con una corte ambulante se desplazaba de una ciudad a otra desempeñando su regencia, despachaba constantemente correos a su esposo, en los que además de darle cuenta de la marcha de los asuntos políticos, le encarecía cuidase mucho de su salud no exponiéndose a correr riesgo alguno innecesario y suplicándole que procurase el retorno a España lo antes posible vuestro pronto regreso causará la felicidad destos Reynos y sobre todo la mía. Y el enamorado marido, que al deseo de hallarse junto a Isabel anteponía los intereses del estado, contestaba que al recibir la misiva de su esposa besaba esta hoja de papel con la misma ternura con que besaría vuestros labios, si estuviera con vos. Isabel dirigió al emperador 114 cartas, las escribía su secretario en castellano pero ella siempre las terminaba con una frase autógrafa en portugués y su firma. Su gran corazón y su delicada sensibilidad no soportaban las salidas de su esposo, enfermando en cada una de sus despedidas.



Se perciben dos actitudes como regente: en los primeros años Isabel se preocupó más de los problemas españoles, llevando sus quejas directamente al emperador. Reclamó continuamente la presencia del rey en estas tierras, buscó que se recaudase lo necesario para la prosperidad de España y no para el exterior, lo que más deseaba era la paz y tranquilidad de la Península.

A partir de 1535, asumió e hizo suya la política imperial, especialmente le preocupó la amenaza de los turcos. Eficazmente supo atender las peticiones de envio de dinero para su esposo que sufragaran su campaña militar contra la invasión de Solimán el Magnífico, no sólo consiguió la ayuda económica de su rico hermano el rey de Portugal sino de las cortes de Segovia que ella misma presidió en persona.



Su buen corazón la llevó a cuidar de las personas más necesitadas: los pobres del reino, los peregrinos, los conventos y monasterios sin recursos, las novicias huérfanas que no dispusieran de dinero para constituir una dote y los pueblos americanos. Atendía sus problemas, les daba limosnas y a la hora de los repartos de sus testamentos les mencionaba en ellos. Se preocupó de organizar casamientos, otorgó mercedes, intervino en litigios entre conventos o entre ciudades, en diferencias entre personas nobles o eclesiásticas, litigios matrimoniales como el escándalo que suscitó el matrimonio secreto, sin el consentimiento del emperador, del sobrino de Garcilaso de la Vega que le costó la pena de destierro al ilustre poeta.

Se ocupó de las relaciones con Portugal, de asuntos con Francia y el problema del repudio de su tía la reina Catalina de Inglaterra. Afrontó el problema americano uniéndose a la preocupación general por el buen cuidado de sus pobladores autóctonos, pensando enviar religiosos con buenas costumbres y labradores que fuesen buenos conocedores de las técnicas de labranza, para que enseñaran a los pueblos americanos a cultivar la tierra. La emperatriz estampará su firma en el más importante decreto sobre emigración a América que se aprueba en este reinado, según el cual la corona propone ayuda económica, privilegios y favores a aquellas familias que marchen a colonizar de una forma honesta y estable las tierras del nuevo continente americano.



A Isabel le dolía la situación de los pequeños hijos de Francisco I de Francia: el Delfín, de ocho años, y el duque de Orleans, de siete, que se encontraban como rehenes en España consumiendo sus días en diferentes fortalezas. La emperatriz escribió al marqués de Berlanga para que cuidase con esmero de los príncipes franceses y le envió dinero para que dispusieran de buenos vestidos. La abuela de los niños, Luisa de Saboya, solicitó a la emperatriz su intervención para que mitigara la situación de sus nietos y dispuso Isabel que se les permitiese pasear y salir de la fortaleza durante el día, recibir todas las visitas que acudieran y que fueran retratados como pedían su padre y su abuela. También estuvo muy pendiente de la estancia de su cuñada Leonor en Francia tras su matrimonio con Francisco I, pidiendo a los embajadores que la mantuvieran informada de todo cuanto sucediera y de la situación de las fronteras.



La emperatriz sufrió otro duro golpe cuando su sobrino Luis Filiberto de Saboya, de once años e hijo de su hermana Beatriz de Portugal, falleció en España a causa de un accidente con la lanza en una justa de diversión. Pidió la ayuda de Portugal cuando los franceses atacaron Saboya y los duques fueron expulsados de su territorio. Le preocupó la situación de su tía Catalina de Aragón. Cuando Enrique VIII de Inglaterra expuso la solicitud de su nulidad matrimonial al papado, la emperatriz envió una circular a las universidades más prestigiosas solicitando que los más insignes letrados, canonistas y catedráticos del reino estudiasen este tema. Francisco de Vitoria, padre del derecho internacional moderno, leyó en Salamanca una lección magistral en defensa de la reina Catalina ante un nutrido público procedente de toda Europa. La muerte de su tía Catalina a principios de 1536, sumió en una gran tristeza a toda la familia real española. Carlos V estaba en Nápoles y decidió suspender por tres días las audiencias y vestir de riguroso luto, lo mismo que Isabel y sus hijos.



Fuentes:
M.Isabel Piqueras Villaldea, Carlos V y la Emperatriz Isabel . 2000 Editorial Actas, S.L
Fernando Gonzalez-Doria, Las Reinas de España. 1989 Editorial Bitácora.S.A
María José Rubio, Reinas de España Las Austrias. La Esfera de los Libros S.L. 2010
http://elsiglodeoro.wordpress.com/2009/03/10/la-emperatriz-isabel-de-portugal-i/

sábado, 19 de diciembre de 2009

MARGARITA DE ANJOU, La última Lancaster

Margarita de Anjou


Margarita de Anjou, la última reina consorte de Inglaterra de la Casa de Lancaster, es una figura destacada y activa en la Guerra de las Dos Rosas que enfrentó a dos ramas de una misma familia en una encarnizada lucha civil por el trono inglés. Y también pudo ser una víctima de la propaganda de sus enemigos que le atribuyeron varios amantes como el duque de Suffolk, William de la Pole; el duque de Somerset, Edmund Beaufort, y su hijo Henry; el conde de Wiltshire, James Butler, y el Senescal de Normandía, Pierre de Breze. Las malas lenguas dijeron que el heredero de Enrique VI, Eduardo de Westminster, era un bastardo de la reina y el duque de Somerset.
 
Nació en Pont-à-Mousson, Lorena, el 23 de marzo de 1429. Fue la tercera hija de Renato de Anjou, llamado "el Bueno", y de Isabel de Lorena. Para garantizar la alianza franco-inglesa tras la Guerra de los Cien Años, se la eligió como la futura esposa de Enrique VI de Inglaterra, con el que contrae matrimonio en abril de 1445 en la ciudad de Nancy, en un matrimonio por poderes, siendo representado el rey por el duque de Suffolk. El mismo día, en Tichfeld Hants, Enrique VI fue quien aceptaba contraer matrimonio de igual manera.
 



Mujer culta, hermosa y empapada del artificioso ceremonial caballeresco de la corte de su padre, desde su llegada a Inglaterra tuvo una influencia determinante en su esposo provocando las iras y celos de los nobles ingleses que la tacharon de intrusa en la corte inglesa. Entre dichos nobles se destacó notoriamente el duque Ricardo de York, primo del soberano. Asimismo, la debilidad de carácter del rey hizo que Margarita se convirtiera en la líder de la Casa de Lancaster convirtiéndose en la clara opositora de la Casa de York.
 
Su posición en la corte se reforzó considerablemente cuando dio a luz, tras ocho años de matrimonio, a su único hijo, Eduardo de Westminster, príncipe de Gales, con lo que los partidarios de los York veían frustrarse sus planes de un cambio dinástico; infortunadamente, este hecho coincidió con el primer ataque de locura del rey. La reina Margarita da claras muestras de querer detentar la regencia pero el duque de York ejerce su influencia y se erige como regente del reino con el título de Lord Protector.

 


El duque de York, ahora en la cima del poder, no iba a ceder el cargo con tanta facilidad: decidió apoyarse en las clases medias y en los llamados lolardos (secta de predicadores ambulantes) para conseguir apoderarse del trono. Pero en la Navidad de 1454, Enrique VI recupera la razón y York pierde su poder siendo derrotado en la batalla de Saint Albans. Este hecho desencadenaría la llamada Guerra de las Dos Rosas al dividirse el país entre ambos bandos: La Rosa Roja (Casa de Lancaster) y La Rosa Blanca (Casa de York).

No obstante, al año siguiente, Ricardo de York logra reponer sus fuerzas y derrota al rey tomándolo prisionero, a él y a su hijo, estableciendo un segundo Protectorado. Margarita, que había logrado huir, no depone su actitud y reagrupa las fuerzas de los Lancaster, logrando derrotar a York y liberar al rey en 1459, aprobando ella misma en el Parlamento de Coventry, el destierro del duque de York y la confiscación de sus bienes patrimoniales así como los de sus aliados.

 
Enrique VI


Al año siguiente, los yorkistas derrotan a las tropas reales en Northampton, Enrique VI es tomado prisionero nuevamente y Ricardo de York obtiene el poder nuevamente, obligando al rey a nombrarle heredero del trono. La reina Margarita huye a Escocia con el fin de negociar el apoyo de los escoceses. María de Güeldres, esposa de Jacobo II de Escocia, acepta proveer a Margarita de un ejército con la condición que Inglaterra le cediera la ciudad de Berwick y que su hija se casara con el príncipe Eduardo.

Nuevamente, la reina Margarita saca fuerzas del infortunio y reúne las fuerzas de los Lancaster, derrotando a los York en la batalla de Wakefield, donde el duque Ricardo de York pierde la vida. Sin embargo el hijo y heredero de Ricardo, Eduardo de York, toma la jefatura de la Casa de York y gracias al decisivo apoyo de Ricardo Neville, conde de Warwick -el llamado "Hacedor de Reyes"- logra una aplastante victoria en la batalla de Towton en 1461.


 
 
Poco después, Margarita de Anjou vuelve al ataque y derrota a los yorkistas en la segunda batalla de Saint Albans, liberando al rey. La victoria es efímera, y en Mortimer's Cross, Eduardo logra derrotar a los Lancaster, ocupa Londres y en marzo se proclama rey con el nombre de Eduardo IV. Los partidarios de los Lancaster son ajusticiados y perseguidos.

La reina Margarita y su hijo Eduardo se refugian en Francia, al amparo de los parientes de la reina, principalmente su primo Luis XI de Francia. Su esposo Enrique VI huye a Escocia y se enfrenta de nuevo a los yorkistas en la batalla de Hexham en 1465 pero sufre otra derrota y es capturado por Eduardo IV, que decide encarcelarlo en la Torre de Londres. Durante diez años, Margarita luchó aguerridamente por reunir fuerzas con las que poder rescatar a su esposo y recuperar el trono.


 



Eduardo IV



El conde de Warwick se había enemistado con Eduardo IV a causa del escándalo que supuso el matrimonio del rey con Elizabeth Woodville, echando por tierra los brillantes proyectos de Warwick de casar al rey con una princesa francesa, e incluso con alguna de sus propias hijas, y el descontento por los grandes favores que Eduardo IV concedía a los Woodville. El duque de Clarence y el conde de Warwick acabaron sublevándose contra el rey y después de una rebelión fallida en 1470, ambos se vieron obligados a huir a Francia.
 
El monarca francés Luis XI, se encontraba bajo una gran presión por parte de la exiliada reina Margarita de Anjou para que lo ayudara a invadir Inglaterra, reconquistar y liberar a su cautivo esposo. Fue el rey Luis quién sugirió la posibilidad de una alianza entre Warwick y Margarita, una idea que a ninguno de los antiguos enemigos le gustaba. Pese a sus reticencias, ambos llegaron a darse cuenta del potencial de tal alianza, pese a los fines que perseguían cada uno.

 


"Vox Populi" por Edmund Blair Leighton


Margarita quería reclamar su reino y asegurar la sucesión de su hijo, mientras que Warwick esperaba poder mantener como un títere al rey, fuera Enrique o su hijo. En cualquier caso se comprometieron por medio de una alianza matrimonial entre el Príncipe de Gales, Eduardo de Westminster, y la hija de Warwick, Ana Neville. Warwick ofreció su espada a la reina Margarita, a la que anteriormente había insultado y vilipendiado de todas las formas posibles. La poderosa alianza que ambos forjaron, y que reunió a la poderosa facción de los Neville con los leales partidarios de la casa de Lancaster, que eran todavía muchos, pronto logró imponerse a las debilitadas fuerzas de Eduardo IV, en 1470.
 
El conde de Warwick libera a Enrique VI y lo repone en el trono. Margarita y su hijo regresan a Inglaterra y empieza la persecución de los partidarios de los York. Eduardo IV, refugiado en los Países Bajos al amparo de Carlos el Temerario, duque de Borgoña, regresa al año siguiente y consigue, gracias al apoyo de los borgoñones y la Hansa, la derrota de Warwick en Barnet, en abril de 1471, donde éste pierde la vida.


 

Ahora, sin el apoyo de Warwick, Margarita y Enrique VI se juegan el todo por el todo en la decisiva batalla de Tewkesbury el 4 de mayo de 1471. El hijo de ambos, el príncipe Eduardo, decide apoyar a su padre en la batalla. Eduardo IV consigue la victoria y captura a Enrique VI y a su hijo y aunque Margarita vuelve a huir, es atrapada poco después, al tiempo que se enteraba que su hijo había sido ahorcado por los yorkistas en el campo de batalla y que su esposo era encarcelado y asesinado en la Torre de Londres. Margarita, a su vez, es también confinada en la Torre. Más adelante, la encarcelaron en el castillo de Wallingford.

El rey Luis XI de Francia, que de acuerdo a los cronistas era un hombre insensible y cruel, sale en defensa de su prima y exige su liberación, la cual no se produce hasta 1478, pagando por ella un rescate de 50.000 coronas. Margarita regresa a Francia encontrándose en la pobreza tras la muerte de su imprevisor padre. El avaricioso rey Luis se había quedado ya con casi todos los bienes de Margarita para recuperar el dinero del rescate. La última reina de los Lancaster falleció casi en la indigencia, el 25 de agosto de 1482, en el castillo de Dampierre, en Saumur, a los cincuenta y tres años de edad, siendo sepultada en la cripta familiar de los Anjou en Angers.



Fuentes:
http://es.wikipedia.org/wiki/Margarita_de_Anjou
http://retratosdelahistoria.lacoctelera.net/post/2009/03/26/warwick-hacedor-reyes
http://books.google.es/books?id=wBFFOyUBoV4C&pg=PA102&lpg=PA102&dq=la+reina++Margarita+de+Anjou&source=bl&ots=oCHp3U0Lem&sig=TyParfxXMSEBEARdp1VtvbEIC74&hl=es&ei=xUAuS5y6M8uL4Qa5otCWCQ&sa=X&oi=book_result&ct=result&resnum=5&ved=0CBoQ6AEwBDgK#v=onepage&q=la%20reina%20%20Margarita%20de%20Anjou&f=false
http://susandhigginbotham.blogspot.com.es/2010/06/margaret-of-anjous-supposed-lovers.html

viernes, 18 de diciembre de 2009

ISABEL DE PORTUGAL, La Emperatriz del Clavel ( III )

De entre todas las soberanas de su tiempo, la emperatriz Isabel era la que menos joyas poseía, eran escasas pero de gran calidad y no muy ostentosas, lo que concuerda con su elegancia, sencillez y sobriedad. En vez de coleccionar joyas, prefería las telas exquisitas que ella misma muchas veces cosía. Doña Isabel se sabía adorada no solamente por su esposo y sus cortesanos, sino por todos sus súbditos. Le gustaba mostrarse en público ricamente ataviada y alhajada aunque en la intimidad era mucho más sencilla.

Vistiendo era una mujer a quien le gustaban los tonos alegres, como el blanco, rojo o azul, tan lejanos de la moda del negro que se impuso entre nuestros monarcas en años posteriores. Se dice que la emperatriz tenía más de un centenar de trajes en sus aposentos. Su elegancia le hizo marcar tendencia en la época. Se convirtió en un icono de la moda en la corte española y todas las damas de la nobleza, y aun de la burguesía, la trataban de imitar. Consta igualmente que no vestía al príncipe Felipe ni a las infantas con telas de oro ni siquiera los domingos, sino sólo en las grandes fiestas.


Se encontraba Isabel en Valladolid, alojada en el palacio de Pimentel, cuando le sorprendieron los dolores de su primer parto a medianoche. Haciendo acopio de una gran entereza y compostura, hallándose ya en el lecho, ordenó que se apagasen los candelabros que prestaban iluminación a la estancia y se cubrió el rostro con un velo, esta costumbre la mantendrá en todos sus partos, para evitar que las personas allí presentes pudiesen contemplar su rostro desfigurado por el sufrimiento.
 
La ayudaban la comadrona Quirce de Toledo y su dama portuguesa Leonor de Mascarenhas, que viendo los esfuerzos que doña Isabel hacía para contener los gemidos, le insinuó que no tuviese reparo en gritar pues con ello facilitaría el parto, contestó la Emperatriz en portugués: " Naö me faleis tal, minha comadre, que eu morrerei mas naö gritarei ".

 


El parto se alargó unas dieciseis horas, naciendo el príncipe Felipe a las cuatro de la tarde del 21 de Mayo de 1527 y sin un solo quejido de la madre. La emperatriz tardaría bastantes días en poder recuperarse, pero aun así no consintió que se dilatara su bautizo, al que no pudo acudir. Carlos se mostró "alegre, regocijado y gozoso del nuevo hijo" organizando festejos para celebrar el nacimiento del primogénito. El bautizo del príncipe heredero tendría lugar en el vallisoletano convento de San Pablo; el pequeño Felipe recibió el agua bautismal del arzobispo de Toledo siendo sus padrinos el duque de Béjar, condestable de Castilla, y Leonor de Austria, reina de Francia.

La alegría colectiva pudo sufrir algún menoscabo al extenderse la noticia del triste saqueo de Roma por los ejércitos imperiales, que llega pocos días después del nacimiento o bautismo de Felipe. Carlos se vistió de luto y no falta quien afirma que los festejos quedaron paralizados por orden del emperador cuando conoció los hechos. Las noticias daban a conocer, también, el fallecimiento del duque de Borbón a consecuencia de graves heridas producidas por el tiro de un arcabuz, por lo que se ordenaron solemnes honras fúnebres. Isabel salió para participar en la "misa de parida" tras la cuarentena. Montaba una yegua blanca y la belleza y la majestuosidad de la emperatriz quedaban realzadas con el traje blanco de estilo portugués que llevaba. Pero rapidamente se declaró la peste y tuvieron que mudarse a la cercana ciudad de Palencia.

 


Carlos V quiso imponer más autoridad y respeto en la Casa de la Emperatriz y terminar con tanta libertad como se daba en los aposentos reales. Habian existido críticas muy negativas sobre el excesivo protagonismo de los servidores lusos que imponían sus usos y costumbres, alterando los de Castilla. La remodelación de su Casa posibilitó una mejor adecuación y distribución de funciones. Se crearon nuevos oficios y se suprimieron otros que ya no tenían utilidad.
 
El propio emperador cuidó mucho de seleccionar las damas que debían formar el servicio más íntimo de su esposa. Entre el séquito de damas se encontraban: Isabel de Freyre, una dama tan bella como honesta que la emperatriz se había traído de Lisboa y que inspiró el amor platónico del gran poeta Garcilaso de la Vega, su mejor amiga y confidente Leonor de Castro y Leonor de Mascarenhas que fue uno de los personajes femeninos de más influencia en la corte de la emperatriz y nombrada aya del príncipe. Nobles caballeros pasarían a su servicio, como Francisco de Borja o Ruy Gómez de Silva, compañero de juegos del príncipe Felipe.

Todos los miembros de su séquito se mostraron muy agradecidos y contentos con su señora. Isabel procuró buenos casamientos entre ellos y también los menciona en su testamento. En su Casa existía un Scriptorium Palatino que habría estado compuesto por un taller de copistas e iluminadores para el ornato de libros litúrgicos: libros de horas, misales y breviarios. Isabel favoreció estas funciones entre sirvientes y damas de su Casa, encargando la copia e iluminación de libros litúrgicos que habrían de ser exquisitamente caligrafiados y ornados. Con la actividad de un Scriptorium Palatino, la emperatriz siguió la tradición de otras reinas y de influyentes damas de la nobleza, algunas vinculadas familiarmente a ella misma, que favorecieron este ámbito artístico-cultural.

 


El pequeño Felipe será jurado como heredero de la corona el 10 de mayo de 1529 en el madrileño convento de San Jerónimo. Creció bajo la mirada atenta y amorosa de su madre que se preocupó de que tuviera una vida familiar normal y de suplir las ausencias de su padre en la infancia. Ella le hablaba portugués en la intimidad y sus ayas también eran portuguesas, como Leonor de Mascarenhas, creándose en torno al príncipe un ambiente lusitano. Movido, inquieto, a veces demasiado, sus travesuras le costaron algún cachete de una enojada emperatriz que no dudó en reprenderle y corregirle.
 
Al príncipe también se le asignaron ayos, el primero de los cuales sería don Pedro Gónzalez de Mendoza. En 1534 don Juan Martínez Siliceo será nombrado su tutor para que le enseñase a leer y escribir. Al año siguiente tenía casa propia y don Juan de Zúñiga era designado su ayo, para que le instruyese en las buenas costumbres. Siliceo y Zúñiga diseñarán la educación del muchacho.
 



En Valladolid volvería a dar a luz en 1528 a su segundo hijo, bautizado con el nombre de Juan. Murió a los cinco meses, su padre no llegó a conocerlo. Al año siguiente, el 21 de Junio, nacía la infanta María, bautizada asi en honor a su abuela la reina María de Portugal. Carlos no estuvo presente en el parto pero acudió a Madrid, en cuanto pudo, para poder ver a su mujer.
 
El estado de la emperatriz llegó a preocupar, pues salió muy debilitada del parto y sufrió fiebres tercianas durante algún tiempo. Además, coincidió con un empeoramiento de la salud del príncipe, percance que tenía en vilo a doña Isabel. A la postre, en buena medida por unas aguas que bebieron de la fuente de San Isidro, madre e hijo recobraron las fuerzas. En agradecimiento, ordenó edificar allí una capilla.

 


En octubre de 1528 nació el infante Fernando, que estaba destinado a educarse en la corte de Bruselas para heredar los Paises Bajos. En cuanto Margarita de Austria tuvo noticia de este nacimiento, escribió una carta a la emperatriz dándole la enhorabuena, recordándole la promesa que tenía de Carlos V de enviarle al infante y le promete que ella animaría al emperador a que volviese pronto a España y cumpliese de nuevo como marido.
 
Sin embargo, falleció el infante Fernando cuando aún no había cumplido un año. Poco después, le seguiría Margarita de Austria, sin duda harto afligida por la pérdida de aquél niño del que tanto esperaba. El dolor fue mayor en la corte de la emperatriz a quien la muerte de su hijo provocó tanta pena que la obligó a guardar cama.
 


En mayo de 1531, por consejo médico, abandona la corte imperial de Toledo para pasar el verano en Ávila, donde es recibida con tantas muestras de alegría, que doña Isabel se ve obligada a apearse de su litera y acercarse a la multitud de la mano de sus dos pequeños hijos, Felipe y María, que respondían sonrientes a las aclamaciones.
 
De nuevo, la Emperatriz dejó impresionados a sus súbditos, que no dejaron de agasajarla durante los cuatro meses que duró su estancia. Durante todo aquel tiempo, doña Isabel participó de manera activa en la vida religiosa de la ciudad, visitando conventos, compartiendo trabajos y amadrinando novicias.

 


Estando de nuevo ausente el emperador, doña Isabel traía al mundo a una nueva infanta, el 24 de Junio de 1535. Como homenaje a la madre de Carlos V, se la bautizó con el nombre de Juana. La emperatriz realizó visitas a su suegra acompañada de sus hijos. Doña Juana de Castilla se mostraba encantada con estas visitas y derrochaba cariño hacia sus nietos. El trato dulce de la emperatriz conseguía que la reina Juana se mudara de ropa y comiera mejor. Los emperadores y sus tres hijos pasaron en Tordesillas unas auténticas vacaciones navideñas y familiares, en las Navidades de 1536. Permaneciendo diez días junto a la desdichada reina Juana.

 


Isabel también ofició de celestina consiguiendo, utilizando su influencia sobre su marido, casar a su amiga doña Leonor de Castro con el apuesto don Francisco de Borja, futuro duque de Gandía y marqués de Lombay. Como regalo de bodas, la Emperatriz nombró a don Francisco Caballerizo Mayor suyo, puesto dotado con quince mil ducados de renta, y a doña Leonor camarera mayor, en sustitución de la condesa de Haro.

Pero la bella emperatriz Isabel inspiró una callada y firme pasión en don Francisco de Borja, quien hizo a su gran amigo Garcilaso la confidencia de que, cuando se hallaba en presencia de la Emperatriz temía mirarla no quedase en arrobamiento y como en éxtasis. En cualquier caso, ni el Duque osó jamás pronunciar una palabra que pudiera provocar el fulminante rechazo de la virtuosa soberana, ni adoptó una actitud que hubiera hecho imposible su permanencia en Toledo como integrante de la corte imperial.

 


Preocupada siempre del decoro y la honestidad en su corte vigilaba directamente a su camarista portuguesa doña Isabel de Freyre, sabiendo que era la musa del poeta Garcilaso de la Vega, y considerando que debía velar por la virtud de esta dama como de la felicidad conyugal de la esposa de aquél, y también dama de la corte, doña Elvira de Zúñiga.
 
Se cuenta la anécdota que en cierta ocasión se presentó en palacio el duque de Nájera haciendo gala de una gran ostentación y rodeado de criados vistiendo ricas libreas. La emperatriz al ver ese espectáculo de lujo, derroche y fastuosidad, comentó: " Creo que el duque más viene a que le veamos que a vernos ".



Fuentes:
Manuel Fernandez Alvarez, Felipe II y su tiempo. 2006 Editorial Espasa Calpe S.A.
M.Isabel Piqueras Villaldea, Carlos V y la Emperatriz Isabel . 2000 Editorial Actas, S.L
Fernando Gonzalez-Doria, Las Reinas de España. 1989 Editorial Bitácora.S.A
Antonio Villacorta, La emperatriz Isabel . 2009 Editorial Actas S.L.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

ISABEL DE PORTUGAL, La Emperatriz del Clavel ( II )


El 7 de Enero de 1526 tuvo lugar la ceremonia de entrega de la emperatriz Isabel por sus hermanos a los enviados de Carlos V que la esperaban en la frontera del rio Caya para escoltarla hasta Sevilla, lugar en el que se celebrarían sus bodas. Siete dias entretuvieron en Badajoz con agasajos los nobles a la nueva reina y hasta casi dos meses más tarde, el 3 de marzo, no llegaba la comitiva imperial a Sevilla, pues en todos los lugares por los que pasaba se disputaban el honor de festejarla e Isabel agradecía sonriente todas las muestras de simpatía y agasajos que le ofrecieron los españoles durante el recorrido.

Aún se hizo esperar el encuentro de los desposados una semana, ya que el emperador no llegó a la ciudad del Guadalquivir hasta el dia 10. Sevilla se vistió de gala para recibir a los Emperadores con todo el fasto que permitía su imaginación: con música, engalanamiento de calles, tapices colgando de ventanas y balcones, siete arcos triunfales, faraones, antorchas y otros emblemas.



La emperatriz, en el momento de entrar a la ciudad, mostraba un aspecto magnífico. Vestía de raso blanco, aforrado en muy rica tela de oro, y el raso acuchillado, con una gorra de raso blanco con muchas piedras y perlas de gran valor y una pluma blanca en ella. Al aproximarse a la cerca de San Lázaro, en su litera, fue recibida por representantes de la institución eclesiástica y la secular que le besaron la mano y la acompañaron hasta la puerta de la Macarena, en donde montó en una hacanea. La comitiva se dirigió a la catedral. Allí fue recibida nuevamente por los canónigos, presididos por el arzobispo Alonso Manrique.

La emperatriz bajo un rico palio hizo su entrada en el templo por la puerta del Perdón, donde se concentraron muchos eclesiásticos y los representantes de las parroquias de la ciudad con 25 cruces. Colocados en la parte superior de la puerta, sobre un gran arco, en un dispositivo especial que representaba un cielo, niños vestidos de ángel cantaban con suave melodía y tocaban diversos instrumentos musicales cuando Isabel y su séquito pasaron. En la capilla mayor se había colocado un sitial con ricas almohadas, donde se arrodilló. Concluido el acto de bienvenida y la acción de gracias, sería acompañada hasta la puerta de la lonja, donde volvió a montar sobre su hacanea, hasta entrar en el Alcázar. Allí se había preparado su aposento, quedó instalada en una de las torres que llaman la torre del Aceite.

Los Reales Alcázares de Sevilla


Al día siguiente, por la tarde, Isabel salió de sus habitaciones para poder contemplar el Alcázar. Al ser observada su presencia, a través de unos corredores que caían sobre el crucero, la gente se arremolinó corriendo para verla. Mostraba un aspecto radiante e iba elegantemente vestida de terciopelo negro. El color de sus ropas daban a su rostro un tono pálido, casi transparente. Le acompañaba el alcaide del Alcázar, el cual iba mostrándole todas las cosas. Cuentan las crónicas: Y como S.M. salió a unos corredores que caían sobre el crucero (…), el cual estaba tan lleno de gente que apenas cabían de pie, y como vieron asomar a S.M. todos se quitaron los bonetes, y S.M. se rió, porque pareció holgarse de ver tanta gente como allí estaba.

No menos solemne fue el recibimiento que la ciudad dispensó al Emperador cuando llegó siete días más tarde. Una vez cumplimentados los protocolos del recibimiento y realizados los actos religiosos del caso, Carlos entra en el Alcázar para conocer a su esposa. Quedó enamorado de Isabel al primer golpe de vista y lo mismo le sucedió a ella. Cuenta el cronista Gonzalo Hernández de Oviedo que: (...) y cuando entró en el Alcázar era ya dos horas de la noche, y entró con muchas hachas. Y cuando llegó al aposento de la emperatriz é se vieron, la emperatriz se hincó de rodillas é porfió mucho por le besar la mano. El Emperador se abajó mucho é la levantó abrazándola, é la besó, é la tomó por la mano é se entraron en otra cámara é se sentaron.



Carlos decide casarse inmediatamente y no esperar al día siguiente para la realización de la ceremonia nupcial. El emperador pasó a su aposento y se cambió de ropa. Ricamente engalanado volvió a donde estaba Isabel y se desposó con ella por palabras de presente, por manos del cardenal Salviati en el actual Salón de Embajadores. Realizada apresuradamente la ceremonia, los "grandes" que le acompañaban se retiraron a descansar a sus aposentos. Pero él pidió la realización de la misa de las velaciones que se celebraban antes de que se consumase el matrimonio y como era sábado de Pasión estaban cerradas.

Pasadas las doce de la noche, se improvisó un altar en la propia cámara de la emperatriz y el arzobispo de Toledo celebró la misa y los veló. Fueron los padrinos el duque de Calabria y la condesa de Odenura y Faro. Como se celebró de manera imprevista asistieron muy pocos nobles, si pudieron estar presentes Germana de Foix, la duquesa de Medina Sidonia y es seguro que algunas damas de la emperatriz. Después de la ceremonia sólo quedaba la consumación del matrimonio, como recoge el cronista: Acabada la misa, se pasó el emperador á su aposento, é serían ya las dos después de media noche. En tanto que el emperador estaba en su cámara, se acostó la emperatriz, é desque fue acostada pasó el emperador á consumar el matrimonio como católico príncipe.



Carlos e Isabel permanecerán varios días en los Reales Alcázares, en sus aposentos, en una gozosa vida íntima. Según el testimonio de un cronista presencial en la boda sevillana: " Entre los novios hay mucho contentamiento, a lo que parece ... y en cuanto están juntos, aunque todo el mundo esté presente, no ven a nadie; ambos hablan y rien ...". Finalizada la semana de pasión y el luto por el fallecimiento de la reina Isabel de Dinamarca, hermana del Emperador, ya en el mes de abril, darán comienzo las celebraciones de la boda. Hubo justas y torneos en la plaza de San Francisco, y también fiesta de toros y juegos de cañas en el mismo lugar. El día 13 de mayo salió la Corte de Sevilla con destino a Granada, en donde pasarían seis meses de feliz luna de miel.

Palacio de la Alhambra de Granada

Los emperadores se rodearon en la corte de Granada de grandes hombres de letras. Isabel dedicaba horas del día a prácticas piadosas y a hilar, tejer y confeccionar ropas, acompañada por sus damas, que enviaba a Jerusalén para que los encargados de los Santos Lugares las repartiesen entre los pobres peregrinos. Junto a su esposo daba paseos por el campo o por los jardines, escuchaba música y canto de su capilla, leía y participaba en tertulias con literatos ilustres, la emperatriz era una profunda aficionada de la poesía. Hacían dos horas de oración todos los días, participaban en las misas, daban siempre limosnas y se confesaban habitualmente. A veces asistían a rezos corales en algún convento próximo, con motivo de alguna conmemoración. Cuando el emperador salía a cazar con sus cortesanos, Isabel visitaba monasterios e iglesias de la capital, recibía en audiencia a las personas que lo solicitaban y practicaba sobre todo en su ropero con sus damas.



Sucedió una anécdota que supuso para la emperatriz su primer disgusto: cierto día, Carlos salió de caza perdiéndose en el bosque mientras perseguía a un jabalí. Isabel se impacientaba ante su tardanza y ver que era ya noche cerrada. Al ser informada por los afligidos acompañantes del emperador, una angustiada Isabel, temerosa de los moriscos o de que hubiese tenido algún accidente, dispuso inmediatamente que salieran a buscarlo con antorchas, que se encendiesen hogueras en las torres mas altas de la Alhambra y que las campanas tocasen a rebato. Finalmente, al amanecer, apareció Carlos y explicó a su esposa como se había perdido y aparecido en una aldea morisca. Por motivos de seguridad, ocultó su identidad haciéndose pasar por un viajero extraviado camino de Málaga y los moriscos le aconsejaron tomar el camino de Granada que era la ciudad más cercana.

Carlos mandó plantar en los jardines del Mirador de Lindaraja,
como obsequio y prueba de amor a su esposa, unas semillas persas hasta entonces desconocidas en España, que al florecer dieron los primeros claveles. El clavel, junto con la rosa, es una de las especies más conocidas y apreciadas por el público y uno de los símbolos peninsulares.






Fuentes:
Antonio Villacorta, La Emperatriz Isabel . 2009 Editorial Actas S.L
http://personal.us.es/alporu/histsevilla/boda_carlos5.htm

M.Isabel Piqueras Villaldea, Carlos V y la Emperatriz Isabel . 2000 Editorial Actas, S.L
Fernando Gonzalez-Doria, Las Reinas de España . 1989 Editorial Bitácora.S.A
http://elsiglodeoro.wordpress.com/2009/03/10/la-emperatriz-isabel-de-portugal-i/


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