miércoles, 23 de diciembre de 2009

ISABEL DE PORTUGAL, La Emperatriz del Clavel ( V )


El 21 de Abril de 1539 se le adelantó el parto a la emperatriz, naciendo un niño muerto. Las fuertes hemorragias que sufrió después del alumbramiento la dejaron débil, extenuada pero más tranquila. Muy pronto comenzaron las fiebres puerperales. El día 26 empeoró visiblemente y pasó la noche en unas condiciones lamentables, muy desasosegada e inquieta, con delirios febriles a causa de una fuerte infección. El día 27 aún aumentó su gravedad, desalentando a todos, en especial a sus médicos, que no veían la forma de que disminuyera su temperatura corporal. Isabel estaba muy débil y había adelgazado mucho, su situación era crítica.

La noticia de su grave estado se difundió rápidamente por todos los reinos de España. Desde todos los lugares se hicieron plegarias al cielo pidiendo su curación. El día 29, la fiebre cesó e Isabel pudo advertir con plena lucidez que su vida acababa. Se confesó con el cardenal Tavera, recibió el viático y la extremaunción con serenidad y fervor piadoso y después se despidió de su marido y de sus hijos.



Sus damas querían entrar en la habitación donde estaba para verla y mostrar así sus sentimientos. Y de dos en dos, de forma silenciosa y discreta, pasaron por su cámara y le besaban la mano. El rostro de Isabel aún se esforzaba por esbozar una sonrisa y mostrar un gesto de dignidad que era casi de ternura suprema. El emperador, que había comprendido que el fallecimiento de su esposa podía ocurrir en cualquier momento, no se separaba de su cama. Así lo confirma un religioso, fray Juan de Salinas, en un escrito que dirige a Pedro Girón. Algunos historiadores dicen que el emperador y su hijo Felipe se hallaban en Madrid y no pudieron llegar a tiempo para confortarla y verla viva.

El día 30 se presentaron de nuevo las fiebres y el 1 de mayo en el palacio de los condes de Fuensalida en Toledo, moría a la una de la tarde esta insigne y hermosa mujer. Mantuvo el sentido y el habla hasta el último momento. Se hallaban presentes el emperador, los cardenales de Toledo y Burgos y sus damas principales. Tenía sólo treinta y cinco años de edad. Después de producirse el óbito, Carlos, sin poderlo soportar se retiró a su cámara. Las muestras de dolor se sucedieron en el pueblo, la corte y su familia. Como años más tarde haría la guardia alemana de Carlos V, los alabarderos de la Emperatriz arrojaron sus armas al suelo y se desgarraron las libreas para dar a entender que nunca jamás servirán a otro señor.


El emperador permaneció muchas horas rezando junto al cadáver de su esposa, inmóvil a los pies y sin querer verle la cara para conservar siempre el recuerdo del rostro amable y bellisimo de su esposa viva. No tenía ánimo para presidir el duelo, ni podía emitir ninguna palabra que expresara su dolor.

Se instaló una capilla en el primer piso del palacio al día siguiente, donde se hallaba el cadáver expuesto. Carlos asistió a un solemne funeral oficiado por el entonces capellán mayor de la emperatriz, el obispo de León. Después delegó en el cardenal de Toledo su representación para cualquier otro acto y se retiró al monasterio de Santa María de la Sisla. Como enloquecido y sin querer ver a nadie, excepto a su confesor, el emperador permaneció bastantes dias apartado del mundo en el monasterio.


Carlos V de Alemania y I de España



La gran amiga de Isabel, la marquesa de Lombay, amortajó al cadáver con un hábito franciscano y siguiendo las disposiciones testamentarias de Isabel de Portugal se organizó una comitiva para enterrarla en Granada. La despedida que Toledo hizo a la emperatriz fue multitudinaria. El cardenal de Toledo acompañado del cabildo catedralicio y los representantes del ayuntamiento de la ciudad bajo mazas, se presentaron en el palacio de los condes de Fuensalida. El cardenal y su cabildo penetraron en la capilla ardiente, donde ya esperaba el clero del palacio, presidido por el capellán mayor de la Casa de la Emperatriz, que era quien iba a presidir una breve ceremonia con el rezo de las preces que señala la liturgia católica.

Finalizado el acto se procede al cierre del féretro, que es transportado a hombros de cortesanos hasta la puerta del palacio. Allí lo depositaron sobre una litera que estaba cubierta con un paño de brocado negro y tenía una gran cruz de terciopelo morado. Lo recibieron el corregidor y representantes del ayuntamiento, quienes la transportarían a hombros hasta el Puente de Alcántara.


El príncipe Felipe de doce años, con loba y capirote de luto sobre la cabeza, acompañó los restos de su madre pero sólo durante una parte del trayecto hasta llegar a una residencia del arzobispo de Toledo, donde se le pidió que se quedase pues su estado de angustia y sufrimiento le impedían proseguir. Otra versión dice que el príncipe llegó hasta Granada y no le vieron derramar ni una sola lágrima.

En el puente de Alcántara esperaban la marquesa de Lombay y de Aguilar, la condesa de Faro y muchas damas de la Casa de la Emperatriz, que recibieron su cuerpo con lloros y lamentos y lo despidieron del mismo modo. Sólo unas pocas acompañarían sus restos mortales a Granada. A continuación, después de rezar unas preces, fue depositado el cadáver en una litera que llevarían dos acémilas negras con sillas y guarniciones de tela de oro por los caminos hacia Granada.


Acompañarían al féretro hasta esa capital el cardenal de Burgos, los obispos de León y Coria, el marqués de Villena, Francisco de Borja, la condesa de Faro, doña Guiomar de Melo, doña Leonor de Castro y otros muchos cortesanos servidores de la emperatriz y del emperador, así como frailes, muchos criados de la emperatriz y más personas. La comitiva que acompañaba los restos de Isabel la formaban unas 300 personas en total.

A pesar del esfuerzo del viaje y del número de personas del cortejo fúnebre no se produjo ningún incidente y por los caminos salían gentes espontáneamente con carros que transportaban vituallas: pan, vino, agua y queso, para contribuir a sus necesidades. A su paso, las villas, aldeas y ciudades se vaciaron para ver pasar el ataúd de su Majestad Imperial. Las campanas tocaron a muerto en los cuatro rincones del reino. También en Francia el rey Francisco I mandó hacer solemnísimas honras fúnebres e igual ocurriría en Portugal donde su hermano Juan III ordenó varios días de luto.

El cortejo fúnebre llegó a Granada el 16 de mayo y entró por la puerta de Elvira hacia las dos de la tarde pero no alcanzó la iglesia mayor hasta las ocho, por la cantidad de actos, el canto de responsos y el rezo de otras oraciones que se habían previsto celebrar a lo largo del trayecto. El depósito de los restos de la emperatriz en la capilla real de Granada se hizo en presencia de buen número de clérigos y nobles. Pero antes de proceder a su enterramiento definitivo fue preciso abrir el ataúd para reconocer el cadáver. El féretro estaba vestido de terciopelo negro y guarnecido de raso carmesí.

Como parte del ceremonial, el Caballerizo Mayor de la Emperatriz, en este caso Francisco de Borja, era el encargado de cerrar el féretro al depositar en él el cadáver y a él le competía la misión de abrirlo al llegar al lugar del enterramiento, para dar fe de que el cuerpo depositado en el ataúd seguía siendo el mismo. En Granada, al abrir la caja y ver el rostro horriblemente descompuesto e irreconocible de su adorada emperatriz, tras tantos días calurosos de camino, no puede certificar que sea aquél el cadáver de doña Isabel: “ Jurar que es su Majestad no puedo, juro que su cadáver se puso aqui ”. Después pronunció su famosa frase: “ Nunca más servir a señor que se me pueda morir ”. El Duque de Gandía cambió la vida cortesana por la religiosa, ingresando a la muerte de su esposa en los jesuitas, llegando a ser su tercer general. Su nombre en el santoral es : San Francisco Borja.


Panteón de Los Reyes, a la derecha de la imagen en la parte superior está el nicho de la emperatriz en el lado de las reinas.


El 6 de febrero de 1574, los restos de la emperatriz fueron depositados en la capilla provisional del Monasterio de El Escorial, ya que el Panteón de los Reyes no estaba construido aún. Se ubicaron en la bóveda debajo del altar mayor, junto a los de su esposo traídos de Yuste. Los restos de Carlos e Isabel estaban otra vez próximos, muy cerca uno de otro. Este había sido el deseo de Carlos y así lo había expresado con ternura en su testamento: Quiero que cerca de mi cuerpo se coloque el de la Emperatriz, mi muy querida y amada esposa, que Dios tenga en la gloria.

En los tiempos de Felipe IV, los restos de Isabel se trasladaron al Panteón de los Reyes, depositándose en el nicho superior y contiguo al lado de la Epístola, simétrica a la urna que guarda los restos del emperador al lado del Evangelio y más inmediato al altar. En el centro hay una inscripción en bronce dorado a fuego con estas escuetas palabras:


ELISABETH
EMP.ET.REG.


La emperatriz Isabel, cuadro de Tiziano fechado en 1548


Carlos V no quiso volver a contraer matrimonio y a pesar de tener algún escarceo amoroso como aquél con una dama alemana llamada Bárbara Blomberg, que le dió a su hijo Juan de Austria en 1545, siempre tuvo presente el recuerdo de su esposa Isabel. Tiziano la retrató tres veces por encargo del emperador, sin haber llegado a verla nunca, pues cuando le hizo el primero de ellos ya hacía varios años que la emperatriz había muerto pero supo captar toda la belleza y vitalidad de sus ojos, inmortalizando la melancólica dulzura de su expresión.

Carlos entregó al pintor un pequeño retrato de Isabel que llevaba siempre consigo, y con esto y las apasionadas descripciones que escuchó de labios del enamorado esposo, hizo Tiziano el extraordinario retrato que hoy podemos admirar en el museo del Prado y que Carlos se llevó a Yuste para poderlo seguir contemplando en su retiro. Del óleo “ Carlos V y la Emperatriz Isabel” hizo una copia el pintor Rubens en 1628, comprado por el duque de Alba en 1935 a cuya casa ducal sigue perteneciendo en la actualidad, ya que el original de Tiziano se destruyó en un incendio en el Real Alcázar de Madrid.

Carlos falleció el 21 de septiembre de 1558 en el Monasterio de Yuste, tras un mes de agonía y fiebres. Murió agarrando con sus manos el crucifijo que también Isabel tuvo en su muerte y mirando el retrato de su esposa. La emperatriz hubiera pasado desapercibida a través de la Historia a no ser por el recuerdo que dejó en la pintura, la escultura, la literatura y la religión. Ya que su labor como gobernadora y sus aspectos más humanos no se valoraron hasta ya avanzado el siglo XX.


La emperatriz Isabel, de Leone y Pompeo Leoni. 1564. Bronce




Fuentes:
Antonio Villacorta, La emperatriz Isabel.2009 Editorial Actas S.L.
M.Isabel Piqueras Villaldea, Carlos V y la Emperatriz Isabel. 2000 Editorial Actas, S.L
Fernando Gonzalez-Doria, Las Reinas de España. 1989 Editorial Bitácora.S.A
http://elsiglodeoro.wordpress.com/2009/03/10/la-emperatriz-isabel-de-portugal-i/
http://www.editorial-na.com/articulos/articulo.asp?artic=31
http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:EscorialPanteo.jpg

http://www.altesses.eu/

4 comentarios:

La Dame Masquée dijo...

Un capitulo triste, pero precioso.
Y que romantico gesto el del duque de Gandía. Es algo que siempre me ha impresionado mucho, y que indica que debía de estar platonicamente enamorado de la emperatriz.
Que horrible momento tuvo que ser para el cuando abrio la caja, al ver asi a una mujer que habia sido tan bella.

Buenas noches, madame

Bisous

Magnolia dijo...

Amargo trance el que tuvo que pasar el pobre hombre, a pesar de que una de sus funciones como caballerizo mayor era la de cerrar y abrir el ataúd de su señora aqui se mezclaba un sentimiento más profundo.

Buenas noches también a usted.

Besos

Gema dijo...

Tienes un blog precioso =)

ME hago seguidora, por cierto muchisimas gracias por sacar a la luz la historia de unas mujeres muchas veces maltratadas por la historia.

Besos

Magnolia dijo...

Muchas gracias Gemma, es un placer ir llenando mi espacio con las historias de estas mujeres tan fascinantes y, a veces, olvidadas. Yo también soy seguidora del tuyo :-)

Abrazos

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