Otra de las desventuradas reinas medievales es la dama a la que dedico mi entrada de hoy, Blanca de Borbón, reina consorte de Castilla y León. Su destino, como el de tantas y tantas princesas a lo largo de la Historia, fue servir como peón político a su país de origen. Ella sería utilizada para sellar una alianza hispano-francesa que la conduciría a un matrimonio muy desgraciado. Fue rechazada, abandonada, encarcelada, y según autores, asesinada por su esposo, sin que a día de hoy esté claro el motivo de tanto ensañamiento hacia la reina Blanca.
Nacida en la ciudad de Vincennes en 1339, fue hija del duque Pedro I de Borbón y de Isabel de Valois. Su hermano mayor y único varón, Luis, era el heredero de su padre. Después de él, nacieron siete hijas, las mayores de las cuales fueron Juana, que se casó en 1350 con el futuro rey Carlos V de Francia, y Blanca, un año menor que ella.
Nacida en la ciudad de Vincennes en 1339, fue hija del duque Pedro I de Borbón y de Isabel de Valois. Su hermano mayor y único varón, Luis, era el heredero de su padre. Después de él, nacieron siete hijas, las mayores de las cuales fueron Juana, que se casó en 1350 con el futuro rey Carlos V de Francia, y Blanca, un año menor que ella.
UNA ESPOSA PARA PEDRO DE CASTILLA

Antes de la subida al trono de Pedro I ya se hicieron los primeros intentos por casar al joven futuro rey. La primera vez fue en 1335, cuando el infante Pedro no había cumplido el año de edad. Eduardo III de Inglaterra envió una embajada para renovar las alianzas entre Castilla e Inglaterra y a la vez proponer el matrimonio del heredero de Castilla con su hija Isabel. Este primer compromiso matrimonial fue rechazado por Alfonso XI, ya que consideraba este enlace muy prematuro. En 1342 Inglaterra volvió a proponer una nueva alianza matrimonial con otra de sus hijas, y se eligió a Juana. El tratado fue firmado en 1345.
Un mes antes, Francia y Castilla habían firmado un acuerdo de alianza que contemplaba además la boda con Blanca de Navarra. No obstante, dichas tentativas con Francia no dieron fruto y el compromiso entre Pedro y Juana Plantagenet se formalizó. Pero un grave contratiempo impedirá que esta unión se realice, ya que la joven princesa inglesa murió dos años después, víctima de la peste durante su viaje a Castilla. Este hecho propició la ruptura del esperado enlace dinástico entre Castilla e Inglaterra y, aunque Eduardo III tenía más hijas en edad casadera, no se sugirió un nuevo compromiso nupcial.
El Papa Clemente VI, en connivencia con el rey Juan II de Francia, dirigió a la reina madre María de Portugal diversas misivas desde Aviñón aconsejándole reforzar la alianza con Francia mediante un enlace matrimonial. La reina y el valido Juan Alfonso de Albuquerque presionaron al joven soberano para que aceptase el enlace con Francia. La guerra con sus hermanos ilegítimos hizo que el rey Pedro finalmente aceptara los consejos de su madre y Albuquerque. En un primer momento, se trataba de que la novia francesa fuera la reina viuda de Francia, Blanca de Navarra, pero ella se opuso a dicho enlace, aduciendo su viudez.

LA NOVIA FRANCESA
Durante las cortes de Valladolid de 1351, se presenta una embajada francesa para acordar el matrimonio de don Pedro. Se organiza una legación que viajará hasta París con un poder especial para negociar el matrimonio del rey con una de las hijas del duque de Borbón, pariente del monarca francés. La joven Blanca es la elegida. Un hecho curioso es que, a pesar de ir a solicitar la mano de Blanca de Borbón, la delegación castellana, una vez en Francia, volvió a reiterar la petición que ya se hiciera a Blanca de Navarra, pero ella volvió a rechazarla por los mismos motivos. Se desconoce la explicación a este suceso, pero algún reparo pusieron los miembros de dicha delegación a Blanca de Borbón. Pese a las dudas, la petición matrimonial se lleva a cabo.
El Papa Clemente VI interviene personalmente en las negociaciones para el acuerdo, que se extendieron a lo largo de 1352. El contrato matrimonial final disponía una dote de 300.000 florines que serían pagados por el rey de Francia al de Castilla y León, los cuales seria entregados a plazos de la siguiente manera: 25.000 florines cuando Blanca de Borbón saliera de Francia camino de Castilla, otros 25.000 en la primera Navidad después de la boda y 50.000 más cada Navidad siguiente hasta saldar el total de la deuda.
El Papa Clemente VI interviene personalmente en las negociaciones para el acuerdo, que se extendieron a lo largo de 1352. El contrato matrimonial final disponía una dote de 300.000 florines que serían pagados por el rey de Francia al de Castilla y León, los cuales seria entregados a plazos de la siguiente manera: 25.000 florines cuando Blanca de Borbón saliera de Francia camino de Castilla, otros 25.000 en la primera Navidad después de la boda y 50.000 más cada Navidad siguiente hasta saldar el total de la deuda.
El rey castellano se comprometía a otorgar las villas de Arévalo, Sepúlveda, Coca y Mayorga, así como sus rentas, a su futura esposa en calidad de usufructo. Si dichas rentas no alcanzaban para igualar a las de la reina madre María, debían serle entregadas otras hasta emparejarlas. Si Blanca moría sin hijos, el rey Pedro debería devolver el total de la dote a Francia.
EL VIAJE A CASTILLA
Pero los franceses tenían sus arcas tan exangües que hicieron todo lo posible por demorar los pagos. Primero retrasaron la salida de París de Blanca de Borbón con la disculpa de que su ajuar no estaba completo, hasta que el 12 de noviembre le entregaron una valiosa diadema. Después la pasearon lentamente por media Francia -incluida una visita en Avinón al nuevo Papa Inocencio VI- para que no saliera de suelo galo antes de la Navidad, de modo que el primer pago fuera posterior a lo previsto y el segundo y los siguientes se retrasaran un año. Más tarde pidieron a Castilla negociaciones para relajar aún más el calendario de pagos. Blanca nunca deseó el matrimonio y hasta en tres oportunidades renegó de éste, pero obligada por Juan II, su padre, su cuñado y hasta por su propia hermana Juana, acepta su destino.
Blanca de Borbón entró finalmente en la Península Ibérica por los territorios de la Corona de Aragón, pasó por Barcelona y Valencia, y llegó a finales de febrero de 1353 a Valladolid, donde estaba prevista la boda. Sin embargo, al ver que el soberano francés actuaba con total deshonestidad - los 25.000 florines acordados para la Navidad no habían llegado, enviándole solamente los 25.000 florines acordados por la salida de Francia-, el rey Pedro decide retrasar el matrimonio.
Blanca de Borbón entró finalmente en la Península Ibérica por los territorios de la Corona de Aragón, pasó por Barcelona y Valencia, y llegó a finales de febrero de 1353 a Valladolid, donde estaba prevista la boda. Sin embargo, al ver que el soberano francés actuaba con total deshonestidad - los 25.000 florines acordados para la Navidad no habían llegado, enviándole solamente los 25.000 florines acordados por la salida de Francia-, el rey Pedro decide retrasar el matrimonio.
El matrimonio de Pedro I y Blanca de Borbón fue un completo desastre, incluso desde sus vísperas. El rey tuvo muchas semanas a la joven princesa, a toda la Corte y a los embajadores franceses esperando en Valladolid, donde al fin acudió presionado por la reina madre y de Alburquerque. La boda tuvo lugar el 3 de junio de 1353. Se celebró con el lujo y aparato que correspondía en aquella época a un matrimonio real. Pedro y Blanca cabalgaban sobre sendos caballos bayos y vestían paños de oro blancos forrados de armiños. Los hermanos del rey, Enrique y Tello, llevaron las riendas del caballo de la novia. Hubo grandes festejos con profusión de justas y torneos, y alegría general que no hallaba eco en el corazón del regio consorte, según se vio muy pronto.
A los dos días de celebrado el enlace, el rey abandona bruscamente a su esposa, negándose a convivir con ella nunca más. Las reinas viudas María de Portugal y Leonor de Aragón, tía del rey, se presentaron llorando ante el monarca para rogarle que no abandonara a la joven desposada. Pero Pedro se fue en busca de su amada María de Padilla, con la que había tenido una hija.
EL ABANDONO DE BLANCA
Aunque se han esgrimido numerosas teorías y leyendas ante el extraño comportamiento del soberano, algunos aseguran el abandono a la reputación de Blanca, la cual habría tenido amores con el hermano ilegítimo del rey, Fadrique, durante su viaje a Castilla. Otros alegan el amor del rey hacia María de Padilla o que la joven esposa confesó a Pedro, una vez casados, que el rey de Francia no disponía del capital suficiente para pagar la dote acordada, y a eso se debía el retraso intencionado de su salida y las continuas escalas en el viaje hasta Valladolid. Y corrobora esta creencia el hecho de que el rey Pedro nunca entregara a la reina Blanca las villas y las rentas que se habían pactado y que Juan II nunca reclamara la devolución de los bienes de ella, que acudió a Castilla con un rico ajuar pagado por el monarca francés.
La explicación puede estar en la correspondencia que mantuvo el Papa Inocencio VI, que se erigió como único defensor de doña Blanca, con el rey Pedro. El Papa exhortaba al rey a que volviera con su esposa y éste alegaba en sus misivas que la reina le había hecho ciertas confesiones por las que no podía continuar con el matrimonio al sentirse engañado. En estas cartas, el Papa considera sus razones como frívolas y que la confesión de la reina había sido obtenida a la fuerza, por lo que no lo consideraba suficiente.
El abandono de la reina desataría una encarnizada guerra civil en el reino de Castilla. Por un lado el bando del rey apoyado nada menos que por sus hermanos bastardos Enrique y Tello, que le traicionarían pasando al bando contrario, y los infantes de Aragón, bajo la promesa de grandes favores, y por otro lado el bando de la reina madre y Alburquerque, al que se unieron numerosos nobles castellanos.

LA REINA CAUTIVA
No sólo a la población castellana movía a piedad la suerte de la reina Blanca, abandonada y presa. El vizconde de Narbona y los demás caballeros franceses que vinieron acompañando a la reina, llevaron al otro lado de las fronteras las quejas contra el rey y el Papa quiso acabar con el escándalo. Ya en 1353 dirigió sus primeras advertencias al monarca pero fueron desoídas y burladas. En vista de la conducta del rey castellano, el pontífice apeló a medios más eficaces para apartarle de la amistad de María de Padilla y unirle a Blanca, amenazándole con la excomunión. Se consiguió que Pedro regresase a Valladolid junto a su esposa, pero fue imposible retenerle allí más de dos días. Enseguida volvió con su amada María.
Inmediatamente después de ser abandonada por el rey, Blanca pasa algún tiempo en Medina Sidonia junto a la reina madre pero cuando estalla la guerra civil en Castilla, el rey ordena que sea enviada al castillo de Arévalo y luego al Alcázar de Toledo, desde donde ella envía cartas al Papa Inocencio VI en las que decía que el rey Pedro la sometía a grandes privaciones. Algunos historiadores dudan de la veracidad de estas alegaciones. Gracias a dichas cartas - que rápida y convenientemente se hicieron públicas -, el pueblo toledano se subleva contra el rey y se pone del bando de Blanca, al que se unen también numerosos nobles.
Blanca abandona el Alcázar desobedeciendo a su esposo y se refugia en la Catedral, desde donde organiza a sus adeptos e inclusive llega a darles ayuda económica para su causa. El rey llegó inclusive a caer prisionero en Toro, pero consigue huir gracias a la ayuda de su tía Leonor y sus primos los infantes de Aragón, a los que promete grandes beneficios.
Entre 1355 y 1359 Blanca es confinada en el Castillo Episcopal de Sigüenza, donde estuvo confinada bajo la vigilancia de los caballeros Íñigo Ortiz de la Cueva y Ruy Pérez de Soto, rodeada de una pequeña corte formada por su confesor y secretario Juan Oruel, su secretario y tesorero Otabón de Oliva, que a principios de 1356 le había mandado el mismo Papa, y por su dama Leonor de Saldaña. Estos caballeros trataron siempre de comportarse más como parte integrante de su séquito que como fieles guardianes, y su mismo Maistre d`ostal, Otabón, marchaba a la Corte del papado en Aviñón cuando lo consideraba necesario, portador de confidencias y recabando ayuda económica. Posteriormente, la reina Blanca es trasladada a Jerez de la Frontera, probablemente al ahora conocido como Castillo de Doña Blanca, para mantenerla lo más alejada posible de los enfrentamientos entre Pedro I y los aragoneses.
OSCURA MUERTE
En 1361, Blanca es enviada al Alcázar de Medina Sidonia. Aunque el Papa Inocencio VI no cejó en su empeño de liberarla, la reina murió poco después de llegar allí, a la temprana edad de veintidós años. Unos dicen que murió asaeteada a manos del ballestero Juan Pérez de Rebolledo por orden del rey Pedro y otros por unas hierbas que su médico le hizo tomar.
Es probable que fuera de muerte natural, ya que poco tiempo antes había solicitado a los monjes del Monasterio de San Francisco en Jerez de la Frontera un sitio para ser enterrada. Debía estar muy enferma para preocuparse por estos detalles, sobre todo si tenemos en cuenta que desde que llegara a Castilla había sido continuamente trasladada y esta falta de estabilidad le impediría pensar en un lugar determinado para ser enterrada, sobre todo estando tan alejada de su familia.
Blanca fue un mero peón en el tablero de Castilla donde señores poderosos se resistían a perder su antiguo poder y el rey ansiaba gobernar con autoridad absoluta. Vivió en un reino en el que las intrigas, los asesinatos, los cambios de bando y la guerra eran asuntos cotidianos. Tuvo que aprender rápido y sacar partido de su desfavorable situación. Durante un corto periodo de tiempo consiguió poner de su parte a los grandes señores que más tarde la abandonaron a su suerte.
Sólo el Papa le prestó su apoyo en todo momento y hasta el final pidió auxilio para la desafortunada reina. Pero el mundo occidental estaba sumido en la guerra, el hambre y las epidemias de peste. Ni el rey Juan II de Francia ni su padre se acordaron de ella. Sólo su hermano, cinco años después de su muerte, quiso vengarla en lo que se convirtió en una campaña más de la Guerra de los Cien Años, que en aquel momento se desarrollaba en Castilla.

En la noche del 22 al 23 marzo de 1369, el rey Pedro fue asesinado por su hermano ilegítimo Enrique de Trastámara con la ayuda de un militar francés, Beltrán Duguesclin, que hizo célebre la frase: " Yo ni quito ni pongo rey pero ayudo a mi señor". El sepulcro de la desgraciada Doña Blanca, descrita como blanca y rubia y de buen donaire y de buen seso, se encuentra en la parroquia de San Francisco en Jerez de la Frontera. Los Reyes Católicos mandaron hacer una lápida en su honor, en donde se puede leer: “fue grandemente hermosa de cuerpo y costumbres, más prevaleciendo la manceba fue muerta por mandato del rey D. Pedro I El Cruel, su marido“.
Fuentes:
http://es.wikipedia.org/wiki/Blanca_de_Borb%C3%B3n
http://www.blancaweb.org/blancafadrique.html
Paulino García Toraño, El rey Don Pedro I el Cruel y su mundo. 1996 Marcial Pons,Ediciones Jurídicas y Sociales, S.A.
Arsenio Escolar e Ignacio Escolar. El Justiciero Cruel. Ediciones Península 2012
http://www.ciudadsegontia.com/curiosidades/donablanca/donablanca.html




2 comentarios:
Madame, cómo me gusta que haya escrito usted sobre esta reina, yo creo que tan poco conocida y con una historia tan tragica que merece la pena sacar a la luz.
En realidad habia entrado a leer a María de Padilla, porque aun no aparecia actualizado su blog en mi blogroll, y me he encontrado con que ademas habia un texto sobre Blanca de Borbón. Doble placer, pues.
Buenas noches, madame
Bisous
Merci, madame. Me reconozco fascinada por todo lo que rodea la vida de este rey Pedro tan controvertido, esa época tumultuosa de luchas fratricidas, intrigas, rebeliones, pasiones, desengaños, ambiciones y a esta pobre doña Blanca la veo como una víctima de la ira del rey. No entiendo como no la devolvió a Francia si no recibía el dinero de la dote pactada, he leido que ni siquiera llegó a consumar el matrimonio con ella, era tal el aborrecimiento que le tenía y no es porque fuese un adefesio, era tan bella como Maria de Padilla y si contamos que era un rey muy seductor y lujurioso que iba saltando de flor en flor, menos se comprende. Este Pedro me desconcierta totalmente. Merece una serie de televisión esta fascinante historia.
Gracias por pasarte :-)
Publicar un comentario en la entrada